perro tumbado

Quieres educar bien a tu perro, y te desorienta que haya 184 tipos distintos y escuelas y métodos y filosofías para educar perros.

El exceso de información te paraliza, te impide actuar y hacer planes, porque tu cabeza está congelada como un conejo pillado por los faros de un coche.

Normal.  Pues ahí va algunas ideas ya pasadas por filtro.

Educación canina, hay dos clases.

Y dentro de esas dos clases, habrá matices, pero son dos, y solo dos.

Una, la tradicional.

Ahí entra la de castigar, corregir, regañar, exponer “para que se acostumbre”, premiar y montar una fiesta de graduación cuando hace lo que se espera de él.

Con collares especiales, correas especiales, arneses especiales, cabezadas especiales, camisas especiales, máscaras especiales.

Con ayunos de tres días, “noes” informativos, enseñando autocontrol, enseñando calma, enseñando a saludar a otros perros, a jugar con otros perros, a construir la torre Eiffel con palillos (con otros perros o en solitario, da igual)

Y otra es la educación amable y empática.

En esa, curiosamente, no se busca educar al perro.

Se persigue mejorar su calidad de vida, darle confianza y seguridad, cubrir sus necesidades como perro y que se integre en un grupo familiar.

Y ya.

Que se podrán poner todas las etiquetas que cada cual quiera, pero la diferencia es muy clara.

En la primera clase, se trata de cambiar las conductas del perro, de modificar al perro, para que se comporte como nosotros queremos.

En la segunda, no.

Y claro, de ahí que cueste tanto.

Quiero decir, sobre el papel mucha gente elige la segunda clase. Pero luego, en la realidad, no es nada sencillo.

No solo los perros llevan pesados equipajes que les limitan.

Así que cambiar el chip es lo complicado. Luego, aplicar los fundamentos de la educación amable es muy sencillo, y da mucha autonomía.

Porque una vez que los integras y los usas, no tienes que preguntarte “qué hago para que mi perro deje de” o “cómo corrijo tal comportamiento”.

Simplemente tienes que observar, revisar, y ver qué falla o qué se puede mejorar.

Pero a tu perro, no a sus comportamientos. Los comportamientos se convierten en indicadores, en mensajes que hay que interpretar.

No en ruido que hay que suprimir o convertir en música que nos agrade.

Verás cómo va lo del cambio de chip, de un modo rápido:

Tu perro hace barrabasadas en la casa, y si haces introspección sincera, descubres que estás pensando que lo hace por fastidiarte o vengarse por algo.

Se come tus zapatos, mastica tus muebles, ladra a los ruidos de la escalera y los vecinos se mosquean, se mea en las cortinas, destripa la basura y la esparce por el salón.

Todo para fastidiarte a ti, es su único objetivo en esta vida. Porque es un animal rencoroso y vengativo.

Y si en la calle parece que estás paseando un hipopótamo rabioso, haces introspección y te das cuenta de que lo que te preocupa es que te mete en situaciones socialmente incómodas.

Ladra a otros perros, los embiste en el parque, come basura del suelo, te arrastra de la correa, trata de atrapar al vuelo a patinetes y bicicletas.

Todo muy incómodo, desde luego.

Con la educación tradicional, usando cualquier etiqueta, cualquier método, cualquier filosofía y cualquier herramienta (o una bonita mezcla de todo), suprimes y cambias esas conductas. Esa es la finalidad.

Con la educación amable y empática, te sales de la ecuación, y miras a tu perro.

Porque cuando tu perro se “malporta” en casa o en la calle, tú no estás en su ecuación.

Está solo él.

Así que, si te empeñas en meterte también en esa ecuación, las cuentas no cuadran, no pueden cuadrar.

Así que sales, miras como un espectador objetivo y desapasionado, y empiezas a observar y tomar nota de lo que ocurre.

Luego hay que emparejar lo que ocurre con los conocimientos que te dicen qué significan las conductas que desarrollan los perros.

Y cómo influye el entorno, la genética, la salud, la comida y hasta la discusión que tuvo ayer con ese caniche que intentó morderle los huevos a traición.

Y ya sabes lo que tienes que hacer.

Sin preguntarle a nadie, sin consultar al oráculo canino de turno, sin entrenar órdenes, sin dar premios, sin corregir ni castigar ni modificar al perro.

Y entonces las cuentas cuadran y la relación fluye, y tu perro empieza a portarse de otro modo.

No porque le enseñes nada, no porque le eduques, adiestres, informes o expliques.

Porque te has salido de la ecuación, y le has puesto a él en el centro.

Puedes probar, y verás lo que ocurre.

Y puedes empezar a probar con el libro que recibirás dejando tu email en el formulario. Lo lees, aplicas lo que te cuento, y observas lo que ocurre. 

Spoiler: te va a gustar.

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