¿De verdad quieres cambiar a tu perro?

De pequeña soñaba con ser bailarina

Me encantaba el mallot rosa, y el tul vaporoso.

Las zapatillas con sus cintas de raso que te envolvían las piernas.

Me fascinaba lo alta que llevaban la cabeza las bailarinas, parecía que todas tuviesen cuello de cisne.

Y las manos, esos dedos largos y finos que ondulaban.

Yo quería hacer eso a todas horas, y verme dando  saltos y haciendo piruetas frente al espejo al ritmo de la música.

Pero no pudo ser.

Por distintas razones, da igual cuáles.

Así que ahora llevo a mi hija a ballet.

Vamos tres tardes por semana, y me dan escalofríos de la emoción cuando la veo con su tutú y sus zapatillas de punta.

Me siento como si la vida me diera otra oportunidad.

Pero a ella no le gusta.

Dice que prefiere mil veces jugar al ajedrez.

Ajedrez.

Ese ¿deporte? donde se pierde el tiempo sentado en una silla durante horas mirando un montón de figuritas sobre un tablero.

Sin hacer nada y sin moverse apenas.

No lo entiendo.

Esto lo escuché el otro día de una amiga.

Solo hice eso, escuchar.

Porque ni tengo hijos, ni sé nada de criarlos, ni, siendo francos, me había pedido opinión alguna.

Solo expresaba su frustración y decepción porque su hija no sería lo que ella no pudo ser aunque tiene la oportunidad en bandeja.

Y quizá buscaba  mi apoyo, no lo sé.

Hubo un tiempo en que cuando un nuevo perro entraba en mi vida yo veía en él un gran lienzo en blanco.

Y me emocionaba pensando la gran obra maestra que iba a dibujar en él.

Cada nuevo perro era una nueva oportunidad de “dibujar” un gran perro.

Y esa sensación me emocionaba y me motivaba.

Pero hace tiempo que me di cuenta de que esa forma de verlo es un error.

Y mi visión actual es diferente.

Ahora veo en cada perro un potencial.

No un lienzo en blanco, sino un ser individual, único, diferente a todos los demás, que solo necesita un poco de apoyo para desarrollar y mostrar al mundo su mejor versión.

La suya.

No la que yo decida o prefiera o me guste más.

No lo que yo sueño que debería ser mi perro.

Sino lo que ese perro puede llegar a ser.

Que además será igualmente un gran perro.

Pero no el que yo diseñe a mi medida.

Por eso entiendo a las personas que se quejan a menudo de sus perros.

“Me gustaría que fuese más cariñoso”

“Yo quiero que se lleve bien con otros perros, que sea sociable”

“Es muy bueno, pero no le gustan nada los niños, y yo quiero que le gusten”

“Tiene que saludar a todos los perros que se encuentra, me gustaría que fuese algo más indiferente con los demás”

Y así puedo seguir y seguir.

Los entiendo porque alguna vez pensé como ellos.

Y pretender que el otro sea como nosotros queremos en lugar de cómo  puede llegar a ser es un gran lastre para la convivencia.

El intento de cambiar al otro, de “dibujar” sobre él para que sea como a nosotros nos gusta, suele generar resistencia y rechazo.

Y de ahí muchos de los roces que hay entre personas y perros.

Enseño a mis clientes a ver el potencial de sus perros, y a apoyarlo y favorecerlo en lugar de centrarse en lo que a ellos les gustaría que fuese.

Al principio no están muy contentos.

Pero cuando ven lo felices que son sus perros entonces, y las mejoras en su comportamiento en general (sin tener que trabajar sobre ese comportamiento), cambian de idea.

Si a ti también te ilusiona ayudar a sacar el mejor perro que tu perro lleva dentro, 

Lógicamente no le sirve de nada a quienes prefieran moldear a sus perros como si fueran plastilina hasta conseguir que sean como ellos quieren.

Los macarrones te dejan un pelo precioso

Hace muchos años, cuando estaba iniciándome en esto de los perros, me apuntaba a todo lo que tuviese que ver con perros.

Así aprendía mucho, un poco de cada campo.

Y entre las muchas cosas a las que me apuntaba estaban las exposiciones caninas.

Son sitios curiosos, las exposiciones caninas.

El caso es que una vez pillas la mecánica, es todo bastante sencillo.

Yo iba con mis huskies, bien arregladitos y educados para….. para…. bueno, para no hacer nada y dejarse toquetear por un desconocido

Les daban una puntuación, y a veces hasta les daban el primer premio.

Eso a mi ego le iba de maravilla.

Aunque creo que a mis perros les daba bastante igual.

Bueno, cuando ya había aprendido unas cuantas cosas, dejé de ir.

El caso es que hay gente a la que solo ves en esos sitios, y haces un poco de colegueo, colocas tu mesa al lado de la suya, sacamos unas sillas, algunas cositas de comer, y montamos un picnic y tal.

Y en una ocasión ahí estábamos, con nuestro picnic rodeado de pelo de perro, cuando uno de  los chicos que conocía se me acerca todo emocionado:

Irene, jo, acabo de hablar con R.P.”

Ese era un tipo muy popular que se dedicaba a exhibir perros de modo profesional.

Sí, hay gente que se gana la vida haciendo eso.

Otros le contratan, y esa persona entrena al perro para…. para… bueno, para no hacer nada, y le saca al ring a que luzca lo más espectacular posible.

Y luego cobran un dinero.

Pero antes de sacarle al ring, le acicalan, le peinan, le empolvan, le recortan los bigotes, esas cosas que hay que hacerle a un perro para que esté guapo.

(Yo los veo guapos al natural, pero mi opinión no cuenta).

Y claro, ves a esos perros es-pec-ta-cul-la-res, con un pelo que parece un abrigo de visón,  y miras a tu “trapo viejo” que te recuerda a un teleñeco, y te preguntas cómo lo hacen.

Porque tú quieres hacer lo mismo.

Y ahí venía el colega.

Acabo de hablar con R.P. que estaba arreglando a Rainbow in the sky for you de Pocahontas (los nombres de los perros de exposición son así de elegantes) y le he preguntado, ¿cómo haces para que tenga el pelo así de brillante y sedoso?

“Aha. ¿Y qué te ha dicho?”

Pues me ha contestado: le doy de comer macarrones. ¿¿A que es genial?? Ya sé lo que tengo qué hacer para que mi perro tenga el pelo sedoso y brillante”

“…………..JUAJUAJUAJUAJUAJUAJUAJUAJJUA”

“Vamos a ver, pardillo, ¿no te das cuenta de que se está riendo de ti? Seguro que esa pregunta se la hacen 14 veces al día, y se ha pensado la respuesta más idiota que se le ha ocurrido para ver cuántos pican y le hacen caso. Y ahora está tomando un café con otros colegas expositores, y se están partiendo de la risa. Macarrones, dice.”

“¿Tu crees? Me lo ha dicho muy serio”

“Pues más a mi favor. Piensa, hombre. Los huskies toleran fatal los hidratos de carbono. Les dan una diarrea de grifo. ¿Y qué son los macarrones? ¡Hidratos de carbono!”

Mi colega se siente muy decepcionado, pero oye, le he ahorrado un mal trago a él y a su perro.

Y sobre todo, le he ahorrado el no entender lo que ocurre y la sensación de engaño cuando se diera cuenta de que se burlaban de él.

Porque para que un husky tenga ese manto tan espectacular, hay que hacer unas cuantas cosas.

Muchas cosas, en realidad.

Y ninguna de ellas es darle macarrones.

Seguro.

Hay gente que solo  busca que le cuenten el “truco mágico” para obtener el resultado que les gusta, sin tener que pasar por el proceso de trabajárselo.

Y esos se encontrarán con que les cuentan muchas tonterías y unos cuantas historias de hadas y unicornios.

Puede que tú prefieras ayuda real para resolver los problemas con tu perro en lugar de unos inútiles consejos de parque.

Si ese es el caso, aquí la tienes:

El ventilador es un monstruo

Willow es un perro con algunos miedos.

Por si no le conoces, es el husky con el que comparto mi vida ahora.

Según los he ido detectando, le he ayudado a gestionarlos mejor.

A que desaparezcan, no.

A gestionarlos.

Los miedos a menudo están siempre ahí.

Sirven para sobrevivir.

Pero cuando toman el control, sirven para amargarte la vida.

Y eso no es plan.

El caso es que los grandes miedos los tiene bajo control.

Pero de vez en cuando aparece alguno pequeño.

Un día fue hacia un calefactor de aire.

Estaba conectado.

Es un chisme de 3000 vatios con un ventilador.

No es muy grande ni hace mucho ruido, pero le intimidaba un poco.

Lo resolvía rodeándolo cuando estaba encendido.

Apagado no le preocupaba.

Un día estaba yo comiendo, y le di un currusco de pan.

Le gusta el pan, pero como buen husky, no le sienta muy bien, así que solo puede comer un poco de vez en cuando.

Pues resulta que le lanzo el currusco, y mira tú que cae debajo del calefactor.

Que estaba encendido.

Vaya.

No lo hice a propósito.

Es que tengo bastante mala puntería.

Willow fue a por el currusco, y al verlo bajo el calefactor, frenó en seco.

Me miró.

Miró el currusco.

Me volvió a mirar.

Sus ojos lo decían todo.

Ayúdame”.

Va a ser que no.

Los grandes miedos, los que te superan, requieren de ayuda y apoyo para poder dominarlos.

Con los miedos pequeños, puedes tu solo.

En serio.

Yo te acompaño.

Pero tú solo.

Todo eso se lo transmití con ondas telepáticas.

Es lo que hay.

No soy de darle conversación a los perros, prefiero hablarles por telepatía.

Juajuajuajuajua.

No, en serio.

No le dije casi nada, pero si me concentré en esa idea.

Porque así mi cara transmite esa idea.

Solo le dije “puedes tu solo. En serio, prueba. Puedes con ello”.

En voz bajita y con cara de amor.

Eso ayuda.

Y le miré mientras sonreía y me concentraba en esa idea, “puedes hacerlo”.

Él hizo varios intentos.

Fue bastante cómico.

Se acercaba por un lado.

Por el otro.

Daba con la pata en el suelo, pero a 50 cm de distancia, como si así el currusco fuera a salir de debajo del calentador.

Se tumbaba y lo miraba fijamente.

Supongo que intentaba lo de la telepatía.

Pero tampoco funcionó.

Aulló un poco.

Me miró unas cuantas veces.

En una creo que me dijo (telepáticamente) que era una cabrona con pintas.

No estoy segura.

Tengo que mejorar esto de la telepatía.

Finalmente, tras 20 minutos de lucha interior, se acercó despacito al calefactor y “cazó“ el trozo de pan.

Pero lo mejor vino después.

¡¡¡Fieeeeestaaaa!!

Empezó a lanzarlo por los aires, a dar gemiditos de emoción, y a mover mucho el rabo y dar saltitos.

También sonreía mucho.

Igual que yo.

Lo de sonreír, todo lo demás no, que estaba con el postre.

Ahora mis ondas telepáticas decían “estoy muy pero que muy orgullosa de ti”.

No sé si las oyó.

Se comió su currusco de pan.

Y él y su aumentada autoestima se fueron a dormir.

Solo era un trozo de pan.

No se pone tan contento por un trozo de pan.

Fue por otra cosa.

Lo entiendes, no?

Estos pequeños detalles cotidianos marca la diferencia.

Yo podría haber sacado ese trozo de pan y habérselo puesto en la boca.

Lanzando un claro mensaje: eres un tonto inútil, tú no puedes hacerlo, ya lo hago yo.

Y todo esto no habría ocurrido.

Y tampoco habrían ocurrido un montón de cosas en su día a día.

No habría mejorado la gestión de sus miedos.

Ni aumentado su seguridad en sí mismo

Ni su autoconfianza.

Ni su iniciativa.

El calefactor seguiría siendo un monstruo extraño e inmóvil.

Pero un monstruo al fin y al cabo.

Y el mundo seguiría girando.

Pero al dejarle hacer, darle tiempo y estar a su lado, ocurrió la magia.

Parece poca cosa, pero no lo es.

Y eso se refleja en su personalidad y en su comportamiento cotidiano en otros ámbitos.

Así funciona la gestión de emociones.

Y así te lo puedo explicar si decides contratarme.

Aunque si lo tuyo es hacer de “apisonadora” para que tu perro no tenga que resolver nada y tampoco tenga autoestima, entonces igual no.

Solo si deseas ver crecer a tu perro.

Y quieres sentirte orgullosa de sus pequeños grandes logros.

«Te informo de que no»

Recibo a menudo correos de personas que me cuentan lo que han hecho con sus perros para intentar resolver algún problema.

No les ha ido bien, o no les gusta lo que hacen, y me piden opinión.

En uno de esos correos, una chica me explicaba recientemente que para manejar ciertas conductas de su cachorro, el adiestrador (en positivo) le había dicho que tenía que utilizar el “no informativo”.

“No informativo”.

Suena genial, ¿qué porras querrá decir eso?

Yo me pongo a pensar en ello, y me imagino la escena tal que así:

Toby, rumiando el sofá con entusiasmo.

Persona: TOBY, NO, NO, NO

Toby: ¿Y eso a qué viene?

Persona: Es un “no informativo”

Toby: Aaaahh, bueno, pues bien, me doy por informado.

Y sigue rumiando el sofá.

¿Y ahora qué?

Pues ahora pueden ocurrir dos cosas:

A) Toby sigue con lo suyo y la persona se frustra un montón. Muy positivo.

B) La persona prosigue aplicando consejos de adiestrador y le da a Toby un buen toque, una rociada con un espray de agua, un calambrazo, un tirón con alguna correa larga unida a un collar de ahorque o cualquier otra idea de bombero que se le haya ocurrido al listo de turno.

Lo que viene siendo la colleja de toda la vida.

Mucho más positivo aun.

Con eso Toby aprende que cuando oiga un “no informativo”, le están informando de que después viene la hostia.

Y allá él con lo que hace con esa información.

Eso en mi pueblo se ha llamado de toda la vida “amenaza”.

La sueltas, y luego la cumples.

Y así la siguiente vez solo tienes que soltarla, y te harán caso.

Pero aprender, no se aprende mucho.

Lo que en realidad aprende Toby en ese contexto es que rumiar el sofá con una persona delante es peligroso.

Así que dejará de hacerlo si hay público.

Si los “noes informativos” se extienden a otras situaciones cotidianas, Toby aprenderá que esa persona es peligrosa.

Que es una amenaza.

Así que mejor alejarse de ella o defenderse de ella si se acerca demasiado.

Y luego la persona se quejará de que su perro le hace menos caso que a una maratón de documentales de la 2.

O que le gruñe o le muerde.

Yo soy más partidaria de proponer una conversación con el perro y aparcar la “positividad” camuflada.

La cosa quedaría entonces así:

Toby, rumiando alegremente el sofá.

Persona: Toby, perdona, escucha un momento, somos amigos, verdad?

Toby: Sí, claro.

Persona: Bien, somos amigos desde hace 3 años, y vivimos juntos, no?

Toby: Pues sí.

Persona: Vale. Pues el caso es que lo de que te comas el sofá me resulta bastante desagradable. No sé, es una manía mía, ya sabes, las personas tenemos nuestras manías, pero te agradecería que dejaras de hacerlo.

Toby: Aahhh. Ya. Vale, lo entiendo. Pero verás, es que tengo esta muela rota de aquí, ¿recuerdas?, la que me partí hace dos meses jugando con una piedra (vaaaale, lo reconozco, no fue una buena idea). Y es que me duele una jartá, y resulta que si rumio madera el dolor baja mucho y me siento mejor. Y claro, esto me lleva un tiempo, no es cuestión de un minuto, y para estar un buen rato rumiando, el sofá es el sitio más cómodo que tengo. Lo hago por eso. No es nada personal, no me estoy vengando de ti por nada ni te intento fastidiar de ninguna manera, eh? Que somos colegas.

Y ahora es cuando la persona deja de pensar en el sofá y empieza a pensar en su perro.

Y pide cita con un veterinario odontólogo.

Toby va de mala gana, pero tampoco le dejan mucha opción, y dos días después deja de rumiar sofás y se encuentra de mucho mejor humor.

O también puede que le duela la cadera, y la persona busca a un veterinario traumatólogo que le ayude.

O la vida le supera y no se le ha ocurrido otro modo de relajarse que ese.

Y la persona busca a otra persona que le facilite una ayuda con eso.

Como por ejemplo ésta:

Perros con miedo a cohetes

Todas las situaciones tienen su lado bueno y su lado malo.

El que al final una situación resulte positiva o no dependerá de hacia qué lado se incline la balanza.

En la situación en la que estamos ahora, aun está por ver hacia qué lado irá la balanza.

Posiblemente para muchos terminará siendo algo bueno, para otros tantos será malo, y para unos pocos regular, supongo.

Lo iremos viendo.

Pero de momento quienes han sacado algo en claro (por ahora) son los perros de Valencia.

Contra todo pronóstico y seguro que con mucha oposición, suspendieron las Fallas.

He leído que en realidad las han “postpuesto”, pero para mí que no.

Más que nada porque ya se han difundido fotos donde queman algunos de los principales monumentos en calles vacías.

Bueno.

El caso es que los perros de por esa zona este año libran.

Y es que el pánico a los cohetes es un problema muy frecuente entre los perros.

En otras especies también, incluida la humana (yo, por ejemplo, no los soporto).

Pero en este correo me referiré a los perros, nada más.

Si es tu caso, o sea, si tu amigo tiene este problemón, seguramente hayas buscado información o ideas en Internet para solucionarlo.

Y seguramente lo que has visto hasta en los anuncios de Facebook es que le pones una Mascletá en un reproductor de música, a volumen bajito, mientras lo cebas a salchichas, y luego vas subiendo el volumen gradualmente, y en unas semanas, asunto resuelto.

Qué fácil, no?

Pues no.

Ojalá.

Si profundizas más, puede incluso que hayas encontrado sitios donde te acusan directamente de provocar ese miedo en tu perro.

Vamos, que los perros no nacen con miedo a los cohetes, jajajaa, qué tontería y la culpa es tuya por malcriarlo.

O algo así.

Vale.

Esa es una opinión (en teoría profesional) y se supone que hay que respetarla.

Pero la verdad es que no la comparto en absoluto.

Por experiencia propia y porque mis conocimientos y lo que veo a mi alrededor me dice algo totalmente diferente.

Los perros sí pueden nacer con miedo a los cohetes.

Basta con que la madre les tenga pánico y se exponga a ellos en la gestación.

Me apuesto algo (no tengo pruebas, todo hay que decirlo) a que con eso basta para sensibilizar a los cachorros a ese ruido.

O durante la lactancia, si es el caso.

(Eso sí está comprobado en perros de caza cuyas madres tienen miedo a los disparos).

Lo que sí tienen los perros de serie (nosotros también) es miedo a los ruidos intensos y repentinos.

Como por ejemplo…..

Sí.

Los cohetes.

Y de paso, algunos perros, seguramente más de los que imaginamos, tienen un oído extremadamente sensible.

Tan sensible, que cuando un cohete suena lo bastante fuerte, sienten dolor.

Y al dolor, mira tú por dónde, si que le tenemos miedo todos.

Por otro lado, la técnica descrita para abordar el problema de modo estándar es de las llamadas “técnicas conductistas”.

¿Y eso qué quiere decir?

Sin extenderme mucho: si el perro presenta cierta conducta, es porque ha APRENDIDO a presentar esa conducta ante ciertos estímulos, y por lo tanto hay que reeducar la conducta y enseñarle otra diferente.

Y ya.

Hay situaciones en las que esto es totalmente cierto y reeducar amablemente es muy eficaz.

El pánico a los cohetes rara vez es una de esas conductas.

Si bien hay un componente de aprendizaje debido a las exposiciones repetidas (se llama experiencia), hay también un componente emocional en la base (del que puede que sepamos la causa, o puede que no) y en unos cuantos casos, además, hay dolor.

Y eso no lo solucionamos echando salchichas al perro mientras escucha una Mascletá.

No te voy a mentir, este problema es difícil de abordar con éxito.

De hecho a menudo solo puedes conseguir ciertas mejorías, y el resto del tiempo tendrás que apoyar a tu perro para tratar de protegerle lo mejor posible de las exposiciones intensas (como Fallas o Navidad o San Juan o lo que sea).

Se puede lograr un avance razonable trabajando sobre el resto de los miedos del perro.

Los otros.

Los que también tiene en su día a día y que son más accesibles a la hora de gestionarlos.

Y así “liberarle” para que se pueda concentrar en el miedo a los cohetes en exclusiva.

No resuelve el problema, pero tu perro lo pasa menos mal.

Y seguramente tú también.

Y dicho esto, ya dejo claro que si tu perro tiene este problema, lo más probable es que no pueda ayudarte a resolverlo.

Pero sí es posible que mi ayuda te permita mejorar su sufrimiento.

Tengo un perro con miedo a los cohetes, y me enteré de ello a la semana de que entrara en mi vida, creo que no me dio tiempo a enseñárselo, ehem.

Y su miedo a los cohetes (y tormentas, por cierto) ha mejorado mucho gracias a la gestión que hemos hecho de sus otros miedos.

Que los tenía.

Puede que eso te sirva.

Si es el caso, es 

 

Cómo la presión social boicotea la relación con tu perro

Una de las situaciones que vives a diario y que nadie te cuenta antes de tener perro es el efecto de la presión social.

 A menos que seas un poco extraterrestre y vivas en un lugar aislado donde nadie te mira ni te juzga, te toca compartir espacio durante más o menos tiempo todos los días con otros seres humanos.

 Y aunque no nos guste, los seres humanos traemos un mecanismo automático de “juzga a los demás” que nos hace ser cotillas y criticones.

 Y además, traemos también de serie otro mecanismo que nos hace ser muy sensibles a las críticas y juicios de los demás.

 De modo que cuando tienes perro, te da la impresión de que todo el mundo te juzga, evalúa y critica en función de cómo se comporta tu perro.

 (Por lo que me han comentado, ocurre exactamente lo mismo cuando tienes niño, qué curioso).

 Y tú haces cosas que ni te gustan ni tienes muy claro para qué sirven (o por desgracia te das cuenta de que solo valen para empeorar la relación con tu perro) solo para encajar en el molde que los demás han fabricado (o que tu cabeza dice que los demás han fabricado), para así evitar que te juzguen y te critiquen.

 De modo que regañas a tu perro, le castigas, le tironeas de la correa, le arrastras de un lado a otro, a menudo sin darte ni cuenta, para evitar el “qué dirán”.

 El resultado es que en lugar de centrarte en lo verdaderamente importante (tu perro) te centras en un montón de desconocidos (o de conocidos que ni siquiera te caen bien).

 Y actúas y reaccionas sin pensar ante cualquier conducta de tu perro que PODRÍA ofender o molestar o ser juzgada por otras personas.

 Sí.

 Es así de idiota y de cruel: ni siquiera hace falta que nadie diga nada.

 Tú supones lo que piensan y en función de eso, actúas y limitas a tu perro y le haces la vida imposible.

 No vaya a ser que te digan algo.

 Eso se llama “creencia limitante” o “barrera mental”.

 Y nos las ponemos nosotras mismas (y no solo en lo que a nuestro perro se refiere).

 Nos hacemos zancadillas a nosotras mismas para intentar agradar a todo el mundo.

 Menos a nuestro perro.

 Que curiosamente es el único importante en esta ecuación.

 Y al único al que deberíamos prestar atención.

 Porque esos desconocidos (o esos conocidos que ni siquiera te caen bien) no estarán a tu lado cuando estés triste.

 Ni cuando te sientas sola.

 Ni cuando hayas tenido un mal día y necesites un par de lametones y un cuerpo suave y calentito a tu lado.

 Tampoco estarán ahí cuando tengas una gripe monumental o cuando ocurran cosas verdaderamente importantes en tu vida.

 Y lo que es mejor, tu perro, el que siempre estará ahí, nunca juzgará nada de lo que hagas ni te criticará.

 Así que, ¿en quién debes centrarte?

 En tu perro.

 ¿Y a quién debes ignorar?

 Al resto del mundo.

 Y te voy a dar una buena razón para ello.

 No es una razón agradable, pero a menudo las verdades importantes no suelen serlo.

 El resto del mundo pasa bastante de ti.

 En serio.

 Aunque parezca que te miran mal.

 Incluso si alguno llega a “decirte algo”.

 En realidad no les importas nada.

 Ni tú ni tu perro.

 Está todo en tu cabeza.

 Es una manera (un tanto triste) de sentirnos importantes.

 Pensamos que nuestra vida y nuestra presencia les importa a los otros.

 Pero en general, a los otros solo les importa una cosa: ellos mismos.

 Puede que en algún momento dado alguien se te quede mirando con mala cara.

 Pues es posible que en realidad no te mire a ti, sino en tu dirección.

 Y que su mala cara se deba a algo que le preocupa y en lo que está pensando en ese momento.

 El resto te lo imaginas tú (eso te hace sentir importante, aunque sea a malas: ey, mira, alguien se interesa por mí, soy importante).

 Pero no.

 Y si estás pensando en ese señor o señora que sí te dijo algo desagradable una vez, puede ser que simplemente odie a los perros (y por extensión, a cualquiera que tenga perro).

 Y por lo tanto no le molestas tú, le molesta la cuarta parte de la humanidad (y justo pasaste por delante de él).

 Pero lo suyo no es nada personal contigo.

 Es un amargado y descarga contigo.

 Luego descargará con algún niño que corretee por la calle, y luego contra una bicicleta que invade la acera.

 De ti se olvidó en cuanto se cruzó con el niño.

 Es decir, incluso la persona que se tomó unos segundos para recriminarte que tu perro hace o deja de hacer algo, se olvidó de ti un minuto después.

 Así de importantes somos para los desconocidos que nos cruzamos cada día.

 Y así de importantes deberían ser para ti.

 De modo que esa barrera mental que impide que actúes con tu perro como realmente él necesita debe ser derribada ya.

 Empieza a pensar que en realidad a los demás no les interesas ni tú ni tu perro.

 Que tienen sus propios problemas, y que por otro lado ni siquiera es asunto suyo.

 Y cuando tu perro se comporte de un modo “inadecuado” (según un patrón de conducta basado en los perros Disney, que te recuerdo que no existen), céntrate en pensar y en evaluar porqué lo hace y cómo puedes ayudarle.

 Si es que su conducta es realmente un problema.

 Si simplemente está actuando como un perro pero no hay problema ninguno (más allá de que tu perro no está siendo “políticamente correcto” según los parámetros humanos), entonces déjalo estar.

 O disfruta de sus conductas de perro.

 Te pongo un ejemplo de algo que me pasó una vez en una calle céntrica.

 Iba con mis tres perros (un husky y dos galgos).

 Al llegar a un semáforo, íbamos a cruzar la calle.

 Esperando para cruzar estaba una señora con su perro, un mestizo de caniche de unos 6 kilos.

 Yo pensaba que conocíamos al perro (aunque no a la señora), así que dejé que mis perras se acercarán sin más.

 Y no me percaté de que el caniche estaba abstraído, y no nos había visto llegar.

 Y la señora tampoco, a todo esto, pero no suelo fijarme en la gente.

 Así que mis perras le olieron el trasero a la otra, mientras la caniche se daba la vuelta sobresaltada y se llevaba un susto de muerte.

 Empezó a gritar, y mis perras, asustadas también por su reacción, saltaron sobre ella.

 Dos perras de veintitantos kilos sobre una perra de seis.

 Y todo por un error mío.

 Así que en lugar de fijarme en el qué dirán, en pensar “qué van a decir todos de mí. Me están mirando” y gritar y regañar y tironear de la correa a mis perras, hice lo que me pareció mejor para los perros implicados, sin preocuparme en ningún momento de las persona que nos rodeaban.

 Solté las correas, me eché literalmente sobre la caniche, e hice una “bola” con mi cuerpo sobre ella, cubriéndola por todos los ángulos posibles.

 De ese modo me interponía entre esa perra y las mías, pero ningún perro sufría en el proceso: ni tirones ni gritos ni golpes ni arrastres.

 Pedía calma a mis perras mientras protegía del susto a la pequeña caniche.

 Tenía muy claro que no le harían daño físico, pero sí pueden causar un daño emocional importante a otros perros, y eso también hay que evitarlo.

 Y así me quedé, de espaldas a mis perras, de cuclillas en el suelo, con la caniche casi en mi regazo y esperando.

 Mientras el mundo se paraba a mi alrededor.

 Y seguramente TODOS me miraban.

 Pero a mí me daba igual.

 Porque estaba poniendo el foco en lo importante: había metido la pata hasta el fondo, mis perras no conocían de nada a esa otra perra, y todas se habían asustado mutuamente en un lugar y en un momento en que no podían moverse con libertad para resolver aquello sin mayor complicación.

 Y los tres perros implicados eran mi prioridad en ese momento.

 Todo esto que relato sucedió  en apenas unos segundos, 🙂

 Al poco de cubrir a la perrita, mis perras captaron el mensaje y se calmaron, quedándose quietas tras de mí.

 Y al levantar la cabeza, me fijé que efectivamente el mundo sí se había detenido un poco en ese momento: un amigo había visto el jaleo, y dado que estaba conduciendo, había parado su coche en el sitio, y se había bajado a echar una mano.

 Deteniendo todo el tráfico con su acción.

 Otro al que tampoco le importa nada el qué dirán, le importan los perros.

 Cuando llegó a mi lado y le vi, aparte de saludarle con total naturalidad, le di las gracias y le indiqué que ya lo tenía todo resuelto.

 Y fue cuando me percaté de que su coche estaba con el motor en marcha y la puerta abierta bloqueando la calle, 🙂

 En fin.

 Si eso no es dar la nota y que todo el mundo te mire (te juzgue y te critique), nada lo es, jajajaja.

 Pero estoy totalmente segura de que ninguno de los que estaban allí en ese momento se acuerdan de nada de todo esto.

 Salvo quizá mi amigo, 😉

 Y yo sí me acuerdo.

 No porque me avergonzara.

 Al contrario.

 Lo recuerdo porque supe resolver en unos segundos una situación muy delicada que yo misma había provocado.

 Y los perros implicados pudieron salir airosos de la situación sin que supusiera un conflicto importante para ellos.

 Pero sobre todo, me acuerdo porque me importa mucho lo que mis perros piensan de mí, y en aquel momento conseguí que pensaran bien.

 Porque les puse como prioridad.

 La dueña del caniche, a todo esto, permanecía en silencio y en segundo plano.

 Eso también fue una gran ayuda.

 Aun no sé si lo que me dijo es verdad, o simplemente estaba tan asustada que no fue capaz de reaccionar.

 Cuando le pedí disculpas y le expliqué que me había equivocado y que todos  los perros se habían asustado por el error, y de ahí todo el enredo, me dijo: “bueno, sé quién eres, y cómo en seguida actuaste, preferí dejarte hacer a ti, porque pensé que sabías lo que hacías”.

 Después de aquello nos cruzamos varias veces más.

 La caniche se hacía un poco la sueca, y mis perras simplemente la ignoraban.

 Y la señora me saludaba con una sonrisa.

 Como verás, monté un buen espectáculo en plena calle, y en ningún momento me preocupé ni actué movida por lo que los demás pudieran pensar de mí.

 Porque algo que tengo muy claro desde hace tiempo es que hay que delimitar problemas.

 Yo me hago cargo de los míos, y los demás deben ocuparse de los suyos.

 Y lo que los demás puedan pensar de mí, si es que realmente están pensando algo que dure más de 10 segundos, es problema de ellos, no mío.

 Yo no puedo dirigir los pensamientos de los demás.

 Así que no debo preocuparme por ellos.

 Solo debo centrarme en mis perros.

 Y sí, en los perros de los demás, si acabo de meterlos en un conflicto, 🙂

 ¿Cuáles son tus barreras limitantes cuando sales a la calle con tu perro?

 ¿Eres consciente de las cosas que no le dejas hacer o que le obligas a hacer a tu perro condicionada por el “qué pensarán de mí”?

 Te animo a que empieces a focalizarte en tu perro y en lo que siente y necesita, y dejes a los demás que se ocupen ellos mismos de lo que sienten y piensan.

 Porque ese es su problema, no el tuyo.

 Es un cambio que parece no tener nada que ver con perros, pero va a mejorar mucho la relación con tu amigo.

 Ni te puedes imaginar cuánto.

 Y aquí tienes una de las CLAVES para convivir con tu perro.

 Que la presión social te resbale y que te preocupes más por lo que tu perro piensa de ti que por lo que piensa en vecino del quinto.

No es fácil, es cierto.

Y no lo es porque está en nuestrao naturaleza sentirnos así.

Pero eso no quiere decir que no se pueda cambiar.

¿Y sabes lo mejor?

Cuando lo consigas, te vas a quitar un gran peso de encima.

Y tu perro te va a mirar con otros ojos.

En serio.

Si no sabes ni por dónde empezar, a lo mejor puedo orientarte.

 

 

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