Llevar a tu perro a todas partes

Igual no es buena idea

 

Lo de querer llevarse al perro a todos lados empieza a volverse extrañamente popular.

Hay perros que se portan regular cuando los llevas a según qué sitios.

Y me consultan a menudo cómo resolverlo.

La respuesta corta a eso: no lo lleves.

Igual no te ha gustado, ¿no?

Pues me temo que la larga tampoco te va a gustar.

Pero si quieres leerla, ahí va.

El llevar a tu perro contigo a todas partes es un modo de integrarlo en tu vida y en tu familia.

Tiene sentido, y es muy loable.

El problema es que lo mismo, con algunos perros, no estamos teniendo en cuenta lo que le gusta a él.

O lo que le incomoda o aburre soberanamente.

Piensa en un deporte que detestes.

O en una actividad que no realizarías ni que te pagaran el sueldo de un mes.

Ahora imagina que tu pareja decide llevarte a rastras a las gradas de un campo donde se celebra un interminable y aburridísimo partido de ese deporte que no soportas.

O no entiendes.

O te aburre.

O incluso te pone nerviosa.

(¿Qué tal unos combates de boxeo a KO?)

Y a los diez minutos empiezas a protestar y quieres irte.

Y tu pareja te sujeta del brazo, te dice que pares quieta y te calles, y que le dejes disfrutar del espectáculo.

¿Qué tal sienta eso?

Yo creo que fatal.

Diez minutos más, y empiezas a pensar en dejarle plantado y buscarte a alguien más comprensivo.

A ti te hubiese valido que se fuera por su cuenta mientras tú veías una película, dabas un paseo, quedabas con amigos o leías un libro.

Por ejemplo.

Pero quiere que estéis todo el tiempo juntos, y le parece que ésta es la manera.

Lógicamente sí, es una manera.

Pero no es necesario estar toooodo el tiempo juntos.

Yo llevaba a mis huskies conmigo a todos lados.

A-to-dos.

Les metí en trenes.

En taxis.

En escaleras mecánicas.

En sitios de donde me echaban porque los perros estaban prohibidos.

Por descontado, en bares, restaurantes y hoteles.

Incluso algunas veces les colé en la facultad (también estaba prohibido y también me echaban)

En el supermercado.

En el banco (me cambié una vez de entidad porque me echaron)

Era porque me gustaba compartir esos momentos con ellos.

Aunque no fueran especialmente interesantes y estimulantes.

Pero también era porque esos perros se apuntaban a un bombardeo.

Se encontraban a gusto en cualquier entorno, cualquier ambiente les parecía bien.

Estaban cómodos con ruidos, movimientos, vehículos de todo tipo, gente invadiéndoles el espacio, tocando sin miramientos, otros perros, incluso si les ladraban o gruñían.

Todo les iba bien.

Y yo me daba cuenta, así que cero problemas.

Ahora es diferente.

Willow sí puede ir a muchos sitios a aburrirse a mi lado.

Pero Jimena y Brianna, no.

A ver, que su comportamiento es ejemplar.

Impecable.

Se congelan.

Y no hay nada en este mundo que se porte mejor que un perro congelado.

Quedas super bien con los demás, parecen los perros mejor educados del mundo.

Dos horas de pie, inmóviles, mirando al infinito sin pestañear, pegadas a mis piernas, mientras yo ceno con mi familia en un restaurante.

(Y entre tanto Willow ronca bajo la mesa)

Pues podría mirar para otro lado.

Pero no soy capaz.

Tras comprobar que lo pasan mal, me da igual cómo lo manifiesten.

Simplemente ya no las llevo a según qué sitios.

Y a veces, yo tampoco voy a según qué sitios porque no están bien conmigo allí, y no me apetece dejarles.

Esa es mi elección, claro.

Así que llevar a tu perro a todos lados, sí.

Si se siente cómodo en todos lados.

Si ladra, se lanza, intenta morder, gruñe o no para quieto.

No es que esté mal educado.

Y haya que corregirlo.

Es que no quiere estar allí.

Tu perro no puede buscarse otra pareja cuando le haces esto.

Así que mejor no se lo hagas.

Este es un ejemplo de problemas que NO ayudo a resolver.

(Salvo que aceptes un “no lo lleves” como solución)

Pero hay otros muchos en los que sí puedo ayudar.

Siempre pensando en proporcionar el máximo bienestar y calidad de vida a tu perro.

Lo que a su vez te dará a ti la mayor calidad de vida posible en vuestra relación.

Si te sirve, aunque no puedas llevar a tu perro de terrazas, 

Ruinas romanas para controlar a tu perro

Que otros hagan lo que quieres no es respeto

 

Mira.

En el mundo del perro hay una gran confusión sobre lo que es realmente cada cosa.

Y se mezclan conceptos técnicos con palabras de uso cotidiano en plan ensalada de frutas.

Y al final nadie tiene claro de qué se está hablando.

Así, es habitual que te vendan cómo tienes que hacer para ganarte el respeto de tu perro.

Y que te haga caso.

Que te obedezca.

Que esté bajo tu control.

Y….. ahí es donde derrapa el argumento.

Si hay respeto, cada cual debe controlarse a sí mismo.

Si controlas a otro en todo momento, posiblemente no le estés respetando.

Esto se ve también en personas, y es más fácil de visualizar.

Ya verás.

Cuando tenía 16 años, un profesor nos quiso llevar de excursión a un yacimiento romano.

Ya sabes, un montón de piedras y mosaicos de hace dos mil años, con más cosas rotas que en pie, y que a un adolescente de 16 años le apasiona tanto como mirar fijamente un código QR.

El profesor se siente muy inseguro sobre su capacidad para manejar a una jauría de 40 adolescentes irritables y coléricos.

Y tiene razón.

Así que para ganar votos, nos promete algo.

Algo que nos interesa.

Resulta que el dueño de la discoteca X, una muy tocha que hay en un pueblo cercano al yacimiento, es colega suyo.

Así que si nos comportamos como seres humanos en lugar de como bestias salvajes.

Cuando acabe la visita, la abrirán solo para nosotros y tendremos un par de horas de juerga en el lugar.

Bien jugado.

Esto, ya lo he comentado alguna vez, es aplicar el principio de acceso indirecto de Premark.

Y suele funcionar.

Así que sí, nos comportamos bastante civilizadamente.

Ahora bien.

Esto es muy útil para situaciones concretas que queramos manejar sin salir mal parados.

Pero para la convivencia, pues no sirve.

¿Por qué?

Porque con esa promesa, puede que el profesor nos controle.

Momentáneamente.

Puede que nos portemos como él espera y desea.

Que seamos “buenos” durante un rato.

Pero lo que no ha conseguido ni de lejos.

Es ganarse nuestro respeto, nuestro aprecio, ni despertar el más mínimo interés por lo que está contando o haciendo.

De hecho, el efecto es justo el contrario.

De un modo más o menos inconsciente, nos damos cuenta de que nos manipula.

Y no nos gusta que nos manipulen.

Que nos mangoneen.

Que intenten controlarnos.

Los perros también se dan cuenta.

Y tampoco les gusta.

Así que los intentos de controlarles o de mangonearles funcionan a veces.

Un rato.

Pero para el día a día, para la convivencia, estas tácticas “educativas” no son útiles.

No llegan.

No te aclaran de verdad cómo ganarte el respeto de tu perro.

Para que te aprecie y te encuentre interesante.

Sin que tengas que prometerle que si es bueno cuando lleguéis a casa le darás un hueso enorme y apetitoso.

A lo mejor te interesa más el respeto de tu perro que el control.

Entonces

Si es al revés, entonces casi en cualquier otro sitio.

Cómo conseguir que tu perro te respete

Y no tiene nada que ver con lo que te han contado

 

Hay que fastidiarse.

Veo el juego de trileros que muchos “profesionales” están montando a la hora de usar conceptos.

Y la verdad es que me enciende un poco.

Como comerciales, un 10.

Entienden lo que mucha gente busca y espera.

Y se lo ofrecen.

Pero solo ofrecen el barniz.

Cuando rascas un poco, lo que sale ya da bastante miedo.

Pero si te dejaran ver el interior desde el principio, pues no querrías saber nada más.

Ahora toca el tema respeto.

Qué hay que hacer para que tu perro te respete.

Que si demostrarle quién manda.

Que si asegurarte de que vea que tú provees.

Que si controlar toda su vida para que tenga claro que depende de ti.

(Claro que sí, guapi, tomemos a los perros por perfectos hinveciles que no se han dado cuenta de ese detalle)

Que si gestionar sus recursos para que sepa que si no te obedece, bueno, pues no los tendrá.

Y así una larga argumentación con razonamientos cada vez más delirantes y absurdos.

Lo que me queda claro es que las personas que afirman esto:

A- Tienen más cara que un oso hormiguero.

B- No tienen ni la más mínima idea de lo que significa e implica el concepto respeto.

Porque básicamente todo.

Todo.

Absolutamente todo lo que proponen.

De modo más evidente o más solapado.

Sirve para producir miedo.

Miedo con dolor.

Miedo con dependencia.

Miedo con emociones desbocadas.

Miedo por la supervivencia.

Miedo, con sus cinco letras.

No hay más.

El respeto, ni se le ve ni se le espera.

Porque el respeto te lo ganas con acciones y estando ahí cuando te necesitan.

No hay más misterio.

Un rollo.

Lento.

Algo azaroso.

Precisa de temple y coherencia.

Pero es así como funciona.

Un ejemplo.

Leí hace años sobre un tipo que pilotaba helicópteros.

Al parecer, decía que adoraba su trabajo.

Y que encima le pagaban por hacerlo.

Ole por él.

Su principal tarea consistía en acosar y perseguir las fuera bordas que llevaban fardos de droga en las aguas próximas a Gibraltar.

De día y de noche.

Sobre todo, de noche.

Parece que pegaba los patines del helicóptero a la embarcación.

Rozando casi el agua con la panza del aparato.

Siguiendo los quiebros y virajes de la embarcación.

Como lebrel hábil se pega a la liebre.

Hasta que distraídos y confusos, deslumbrados por la luz del helicóptero, simplemente eran atrapados por la guardia costera.

Que acudía en lanchas a rematar la faena.

Este hombre visitaba los mismos bares que aquellos a quienes perseguía.

Y como no bebía alcohol, pedía un vaso de leche, sin pestañear.

Nadie se burlaba.

Nadie le acosaba ni le molestaba.

Le abrían paso cuando llegaba al bar.

Algunos murmuraban por lo bajo sobre alguna persecución que habían sufrido.

Otros le saludaban como si fueran buenos amigos.

Aunque estaban en bandos contrarios.

Todos, absolutamente todos, le respetaban.

Se lo ganó.

Con sus acciones y su constancia.

Aunque les estuviese haciendo la puñeta y jodiendo el negocio.

Y de eso va el respeto.

De admirar a otro que se ha ganado esa admiración.

No de meter miedo.

No de dominar a nadie.

No de demostrar que tienes al otro en tu puño.

No de generar dependencia.

No va de nada de eso.

¿Y sabes otra cosa?

Cuando te ganas el respeto de tu perro.

(Y eso puede llevar un tiempo, lo cual no mola en la era de “lo quiero para ayer”)

El resto viene solo.

La obediencia.

El que ciertas conductas que te amargan la vida desaparezcan.

Lo mismo el problema de quedarse solo no era tal, y desaparece cuando aparece el respeto.

Igual lo de ladrar a los desconocidos no se debe a que los desconocidos sean un problema, y deja de pasar cuando aparece el respeto.

Quizá lo de destrozar todo lo que pilla deja de ocurrir cuando aparece el respeto.

Eso sí, algo que es imprescindible en este proceso es la reciprocidad.

Tu perro nunca podrá respetarte si no cumples esto.

Debes respetarle tú primero.

¿Qué cómo se aplica todo esto?

No es tan fácil como lo de chistar, tirar de la correa, apretar un botón, dejarle 3 días sin comer o meterle en una jaula.

No lo es.

Así que igual necesitas ayuda.

Las 2 cosas que debes saber (y aplicar) para que tu perro te haga caso

Dos pilares para la convivencia con perros

 

Recuerdo un cuento que me leía de pequeña.

De muy pequeña.

De hecho, el cuento tenía muchos dibujos enormes y poca letra.

Quizá por eso lo recuerdo, no sé.

Iba de dos tortugas que estaban casadas.

El señor Tortugo quería mucho a la señora Tortuga.

Y la señora Tortuga, pues también quería mucho al señor Tortugo.

Una vez casados y metidos en sus rutinas habituales, el señor Tortugo se iba a diario a trabajar.

Y la señora tortura pues se quedaba aburrida esperando a que el señor Tortugo volviese del trabajo.

Supongo que no tiene sentido hacer de ama de casa cuando la casa la llevas puesta.

El caso es que el señor Tortugo se preocupaba por la señora Tortuga.

O quizá era porque pasaban poco tiempo juntos, no sé.

Y decidió llevarle un regalo.

Un collar de perlas.

La señora Tortuga se puso muy contenta.

Y se colocó el collar.

El señor Tortugo pensó que era una buena manera de tener entretenida a su señora.

Y de compensar el tiempo que la dejaba sola.

Así que empezó a cubrirla de regalos.

Que si un reloj.

Que si un libro muy gordo.

Que si calzado deportivo.

Que si un aparador.

Que si un trasto tras otro.

Pero como no tenían casa, y el señor Tortugo opinaba que la señora Tortuga era muy despistada.

Pues iba amarrando cada regalo al caparazón.

Es para que no lo pierdas todo, mi amor

La señora Tortuga al principio estaba contenta con los regalos.

Pero en cuanto empezó a ver que se convertían en costumbre.

Y que su caparazón estaba cada vez más cubierto de trastos.

Dejó de estar tan contenta.

Llegó un momento en que apenas podía moverse.

Y el señor Tortugo seguía con sus regalos.

Era surrealista, el aspecto de la señora Tortuga con docenas de cacharros, a cada cual más absurdo, formando una inmensa pila sobre su concha.

Un día el señor Tortugo llegaba de trabajar todo contento con el enésimo regalo.

Y se encontró un caparazón vacío.

Con todos los chismes atados sobre él.

La señora Tortuga había tomado una decisión.

Y se había marchado.

Ella sola.

Sin trastos.

Sin caparazón.

Sin el señor Tortugo.

Libre al fin.

Bueno.

Hay personas que intentan comprar a sus perros, sin darse cuenta.

Que les colman de regalos o de premios a todas horas.

Si conseguir que una relación funcione fuese una cuestión de premios.

Los que tengan más pasta o más creatividad serían los mejores, y a los demás nos podrían ir dando, que nos quedaremos solos.

Pero eso no es así.

Lo sabemos todos.

Piensa.

Está claro que todos agradedemos un buen regalo.

Pero no queremos más a una persona porque nos haya hecho un buen regalo.

Es más, si alguien te cubre de regalos, empiezas a sospechar que ha hecho algo horrible a tus espaldas.

O que quiere algo (muy gordo) de ti.

No es una base sólida para una buena relación.

Los perros saben mucho de eso.

De regalos, no.

De relaciones.

Y la base que ellos ponen tiene dos pilares: 

1- Estar ahí, apoyando al otro.
2- Evitar conflictos, a toda costa.

Y ya.

Mira que es sencillo, eh?

Pues a las personas no nos suele salir bien.

Igual a ti te ocurre.

No te sale.

Piensas que a tu perro te lo ganas con chuches, y como se le ve contento y apegado a ti, es que está funcionando.

Y el día que se te olvidan las chuches en casa, te da un ataque de ansiedad.

Pensando que ese día tu perro ya no te querrá.

No querrá estar a tu lado.

No te mirará dos veces siquiera.

Perderás el (poco) control que tenías sobre él.

Y eso le hunde el mundo a cualquiera.

Pues igual es hora de replantearse este asunto.

Y dejar las chuches en casa.

A propósito y para siempre.

Y enfocarse en los dos pilares.

A ver qué pasa.

Puede que te sorprendas.

 

Resulta que vivo con 3 pilas

Igual eso de la «energía del perro» es una chorrada

 Hablemos sobre la energía de los perros.

Y el uso “comodín” que se le está dando a ese concepto para no tener que pensar mucho.

El otro día en la playa nos cruzamos con unos cuantos perros.

Lo habitual.

Mis peros saludaron.

Los otros perros saludaron.

A veces en la distancia.

A veces más cerca.

Con sus riguales, sus preferencias, sus tiempos.

En un momento dado nos cruzamos con un mestizo de galgo.

El perrito tiene miedo, se esconde (o lo intenta, en la playa no hay donde meterse), lleva el rabo entre las patas.

Mis tres perros van a saludar al tiempo.

Todos quieren ser el primero, y ninguno parece darse cuenta de que al otro perro el saludo le viene grande.

Tras unos pocos quiebros por parte del cruce de galgo, mis perros se dan por aludidos, se alejan y siguen paseando.

Detrás de nosotros viene una pareja con un weimaraner.

Parece un adolescente, y también tiene miedo.

En cuanto establece contacto visual con mis perros, baja el rabo, su mirada se vuelve huidiza, y busca el refugio de sus cuidadores.

Por si acaso mis perros le invanden el espacio.

Mis perros no quieren saber nada del tema, lo de los cachorros grandes no les mola mucho.

Así que le ignoran.

La pareja nos adelanta, y terminan por alcanzar al mestizo de galgo.

Los dos perros empiezan un baile.

O una competición: a ver quién de los dos tiene más miedo del otro.

Y quién de los dos se atreve a establecer contacto primero.

Finalmente superan el escollo, y corren y juegan por la playa, que casi se les queda pequeña.

Oigo a los cuidadores charlar sobre sus respectivos perros.

Al parecer, los del galgo opinan que el weimaraner tiene “mejor energía” y por eso juega su perro con él.

Y que en cambio “la energía de esos perros de ahí no es tan buena, y a su perro no le ha gustado”.

Oh.

Vaya.

Resulta que yo creía vivir con perros.

Y en realidad vivo con pilas.

O algo así.

El detalle del miedo no figura por ninguna parte en la conversación.

El otro detalle de que tal vez el galgo no se ve capaz de gestionar un triple encuentro con perros adultos, pues tampoco.

Simplemente sus energías se atraen o se repelen.

O algo así.

Curiosamente, cuando Willow vuelve a aproximarse al galgo, pero ya él solo.

La actitud del galgo cambia por completo.

Mi perro es el mismo.

Su ¿energía? es igual que hace quince minutos.

Supongo que el galgo sigue siendo el mismo.

Y su carga energética, pues igual.

Y sin embargo el encuentro se desarrolla de un modo diferente.

Más pausado, más tranquilo, más maduro.

Y sin juego.

(Willow empieza ya a sumar años y no suele jugar).

Bueno.

Parece que “la energía” lo explica todo cuando se trata de encuentros entre perros.

Ese intangible invisible que hace que las situaciones sociales se desarrollen de un modo u otro.

Es una explicación cómoda, claro.

Queda bien, aunque esté vacía de contenido.

Y es útil.

Porque ahorra a las personas tener que observar.

Que aprender.

Que pensar por sí mismas.

Eso es cansado y lleva mucho tiempo.

Pensar que los perros son pilas es más sencillo y rápido.

Lo malo es que a menudo, como explicación, se queda muy corta en muchas de las situaciones (desagradables) que vives con tu perro.

Y además, y esto es lo más importante, no te permite actuar.

No creo que haya nada que puedas hacer para “cambiar energías” a los perros.

Propios o ajenos.

En cambio, aprender, comprender y aplicar lo que aprendes, sí te permite actuar.

Anticipar.

Prevenir.

Cambiar la convivencia.

Mejorar.

Y evolucionar junto con tu perro.

Cuesta más, es cierto.

Pero qué demonios, el resultado es mucho más interesante.

Los perros son demasiado interesantes como para reducirlos a ser baterías ambulantes.

Si te sientes cómoda con el planteamiento de las energías, pues nada que objetar.

Puedes quedarte con eso.

Si te parece que se quedan demasiado en la superficie y que en el fondo ni explican nada ni te permiten avanzar o mejorar en la relación con tu perro.

Lo mismo lo que ofrezco te da acceso justo a eso.

A conocer y comprender.

A aprender y aplicar.

Y a mejorar junto a tu perro.

Da más trabajo.

Pero también más divertido.

Tú eliges.

Si quieres un perro de peluche, tienes que hacer esto

El perro Disney no es real

 

He leído una crítica que me han hecho en Facebook.

Bueno, me habrán hecho muchas, pero voy a destacar ésta en particular.

Alguien a quien no conozco (y presumo no me conoce) afirma que mis perros son de peluche y que seguro que no los llevo a ninguna parte.

Y por eso afirmo lo de la educación amable, etc.

Entre líneas leo que si tuviese “perros de verdad”, “perros conflictivos”, no iría de buenista por la vida y me apearía de los mundos de yupi.

Bueno.

Está bien.

Lo confieso.

Tengo perros de peluche.

Y aun así, no los llevo a ninguna parte, no los saco a la calle, por si acaso.

Mis perros no van por ahí tirando de la correa.

(Bueno, a veces sí, y cuando dos huskies se ponen, se ponen)

No ladran a otros perros.

(Espera, que igual sí que lo hacen)

Jamás gruñen.

(Salvo algunas veces, claro)

No persiguen corredores o bicicletas.

(Eeeehhhh, bueno, corramos un tupido velo sobre esto)

Nunca se han peleado con otros perros.

(El ratonero del otro día no cuenta. No empezó él ni nada, pero da igual. Y la reciente discusión con sangre de Willow con su mejor amigo, bueno, un accidente lo tiene cualquiera)

No rompen objetos valiosos.

(Willow, aun estoy esperando que me pagues el lector Kindle que te cargaste)

No comen basura del suelo.

(Las magdalenas en su envase y los bocadillos bien envueltos no cuentan como basura aunque estén por ahí tirados, no?)

No saltan sobre la gente.

(Pero eso es más por pereza que otra cosa)

Y por descontado, nunca, jamás, bajo ningún concepto, han mordido a nadie.

(Oh…… vaya, bueno, sí que han hecho eso también)

A esto hay que sumarle (lo comento porque esa persona lo citaba), por si no fuera suficiente, que comen excrementos, se revuelcan en bichos muertos, a veces abusan de su fuerza en los juegos, alguna vez me han robado la cena, cazan todo lo que se mueve (o lo intentan) y unas cuantas cosas más que me dejo.

Así que de acuerdo, es cierto, tengo perros de peluche.

Y aunque casi siempre están a mi lado.

No los llevo a ninguna parte ni los saco a la calle, por si acaso.

Por si acaso se portan mal.

Por si me dejan en evidencia.

Por si hacen algo impropio de perros bien educados.

Ahora bien.

¿Y si resulta que es al revés?

No es que tenga perros de peluche y por eso promuevo (y aplico) la educación amable.

Para todos los perros.

Promuevo (y aplico) la educación amable, y por eso tengo perros de peluche.

Pero vivos.

Y que hacen cosas de perro.

Que 15 años dan para muchas conductas.

Y no todas van a ser de mi agrado.

Te dejo que pienses en ello.
 

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