Torito bravo lleva botines y no va descalzo

Con miedo se puede huir…. o atacar

 

Voy a hablarte de toros.

Y de por qué a veces los perros se tiran a lo loco a por aquello que les da miedo.

Como si fueran toros.

No sé si te gustan los toros.

Como animal de compañía, no.

Como…. como…. ¿espectáculo?

Bueno, no importa.

A mí no, pero mi opinión sobre ese asunto es mía y por escrito igual queda fea.

Te la puedes imaginar, supongo.

Al grano.

Al toro de lidia se le selecciona para que embista.

Para que ataque.

Para que sea bravo.

(Aunque luego se le califique de noble, hay muchas contradicciones en ese mundillo, me parece)

Y eso puede hacerse, porque es un rasgo genético.

¿Ir por la vida con los cuernos por delante?

No.

Atacar cuando te sientes amenazado.

En principio es lo que se supone que haría cualquiera si se siente en grave peligro y está arrinconado y no puede huir.

Pero resulta que muchos en realidad se quedan congelados.

No hacen nada.

No saben qué hacer.

No pueden pensar ni actuar ni nada.

Nada.

Pero unos pocos atacan.

Y unos pocos menos atacan, aunque puedan huir.

Aunque no estén arrinconados.

Simplemente embisten.

Como un toro de lidia.

Esa actitud, rasgo o como prefieras llamarlo, se hereda.

Y es lo que se busca principalmente en un toro bravo.

Que cuando le amenazas, cuando cree que su vida corre peligro.

Te empitone.

Y va bien, la mayoría lo hacen.

Aunque queda un pequeño remanente genético que opta por la huida.

Esos son los que saltan a las gradas y corren de un lado a otro pisoteando al público.

(Que ya no parece encontrar tan divertido el espectáculo, curiosamente)

O que se lían a pelearse con la puerta que se ha cerrado tras ellos y les bloquea la vía de escape.

Pero no atacan.

Para nada.

Pues que sepas que esto pasa también con los perros.

No empitonan, claro.

Pero sí atacan.

Ladran.

Gruñen.

Enseñan los dientes.

Muerden.

Saltan y tiran de la correa avanzando desesperados hacia la fuente de su miedo.

Pensando (sintiendo) que si la destruyen destruirán también ese malestar que les agobia y les corta la respiración.

Y si tu perro hace eso, tú igual te vuelves medio loca intentando entender cómo es tan tonto de lanzarse hacia un perro de 40 kilos.

Cuando solo pesa cinco.

Y además, tú lo quieres sacar de allí.

Y él, erre que erre, ladra que ladra.

Tirando de la correa y echando espumarajos por la boca.

Bien.

Pues ya lo sabes.

Le viene en los genes.

Y no puede evitarlo.

Intentar cambiar eso es frustrante.

Porque se puede, claro.

Pero chocamos de lleno contra la naturaleza de ese individuo concreto.

Así que es más sencillo abordar el problema por otro camino.

Evitar los estímulos que le hacen sentirse amenazado.

Y cambiar su percepción de amenaza.

Puedes hacer solo lo primero.

O solo lo segundo.

Pero las dos cosas juntas va mejor.

Si tu perro siente que lo que le da miedo le da menos miedo.

O incluso casi no le da miedo.

Sencillamente no atacará.

Si no lo ve todos los días.

O lo ve desde más lejos.

Seguramente no tendrá tanta necesidad de “atacar”.

Él se sentirá mejor.

Y tú, pues seguro que también.

Si necesitas ayuda para aplicar esto

Como buena adolescente

No hacer lo que todos te dicen puede ser buena idea

 

Sobre hacer lo que los demás dicen, o lo que te dice el instinto.

Por tonto que suene.

Aunque a veces te puedas equivocar.

Mira.

A mí de bebé no me pusieron pendientes.

Ahora no sé cómo esta el tema, pero hace 50 años las niñas llevaban pendientes casi desde antes de bautizarse.

Los niños, pues no.

Y así, de un vistazo al capazo o carrito o lo que fuese que usaban para sacarte de paseo, se podía saber el género del bebé.

Fichada ya desde la cuna.

Porque los pendientes eran de chica.

Y para los niños, pues no.

Pero mi madre era mas bien tirando a feminista.

Y eso de los roles socio culturales no le molaba nada.

Así que aparte de no vestirme jamás de rosa.

Tampoco me puso pendientes.

Si quiere llevar pendientes cuando crezca, se los puede poner. Prefiero que ella elija si desea tener las orejas agujereadas o no”.

Esto me lo dijo un montón de veces.

Elige tú”.

Pues a los 12 años estaba muy cabreada.

Porque yo quería llevar pendientes.

Pero le tenía pánico al dolor.

Pendientes.

Dolor.

Y le echaba en cara a mi madre que si me hubiese hecho los agujeros de bebé, ahora no me acordaría de nada.

Pero podría llevar pendientes.

Sin dolor.

Y si no hubiese querido llevarlos, pues con no ponerme nada, listos.

Los agujeros vacíos apenas se notan.

Así que la odié por eso.

(Como buena adolescente)

Sin embargo, creo que tenía razón.

Pero no se puede razonar con un adolescente.

Así que me fui a una farmacia a que me perforaran las orejas.

Tenían unas grapadoras especiales, y de la que hacían el agujero, te colocaban el pendiente.

Un precioso pendiente de oro de ley de no sé cuántos quilates, hipoalergénico, con su pequeña y brillante circonita.

De color a elegir.

Precioso todo.

Así que me tragué mi miedo al dolor, me puse los preciosos pendientes de oro de ley, y me volví a casa con mi mosqueo.

Las instrucciones para que quedase un agujero después de aquello eran girar el pendiente cada día.

Y en una semana estaría curado.

Pero la naturaleza se empeñaba en cicatrizar el estropicio.

Así que cada día sufría más dolor, porque una costra se agarraba con fuerza al pendiente y me impedía girarlo.

Y por las noches, solo podía dormir boca arriba.

Porque de cualquiera de los dos lados, las orejas me recordaban que aquello dolía.

Y yo, como buena adolescente, ya odiaba a toda la humanidad.

Solo porque yo me encontraba fatal.

Y pensaba que me podía haber ahorrado todo aquello.

Tres semanas después, el panorama era exactamente el mismo.

Como si me acabara de hacer los agujeros.

Y yo ya solo pensaba en dejarme caer por las esquinas llorando mi desgracia y mi dolor.

Como buena adolescente.

Finalmente decidí mandarlo todo a la mierda.

Los adultos no tenían ni idea de nada.

Así que lo haría a mi modo.

Me quité los preciosos pendientes de oro con circonita.

Y me coloque unos ganchos de latón de unos pendientes comprados en un puesto de artesanía callejera.

Y una semana después, aquello había cicatrizado perfectamente.

Y ya podía llevar pendientes de todo tipo.

Espera, no.

De todo tipo siempre que no fueran de oro.

Si me los ponía de oro, la zona se inflamaba y empezaba a supurar.

Curioso.

Así que lo mismo deberías repasar lo que haces cada día con tu perro.

Y lo que no haces.

Y pensar que los que te dicen cada día en el parque o desde la tele como debes educar a tu perro no tienen ni idea de perros.

Aunque parezca que sí.

Tú igual tampoco, pero los demás, pues la mayoría casi seguro no sabe nada.

Así que lo mismo tirar de instinto puede serte útil.

A veces te equivocarás.

Y otras acertarás de lleno.

Pero si observas a tu perro, tiras de empatía y vas viendo qué opina él de lo que haces.

Seguramente no lo harás mal.

E iras encontrando un camino para que podáis recorrerlo juntos.

Saliéndote de lo que está establecido.

Pero juntos.

No tú contra tu perro.

Que es lo que te propone la mayoría.

Si esto te da demasiada inseguridad, o quieres evitar la mayoría de los errores, puedes contratarme.

Aunque lo mismo yo tampoco tengo mucha idea de perros.

Pero puedo garantizarte que nada de lo que te diga irá contra tu perro.

Nos enfocamos en mejorar su bienestar, su calidad de vida y su percepción de seguridad.

Y le dejamos ser perro.

Y con eso a menudo se solucionan muchas cosas.

Eres tu peor enemiga

Y quizá a tu perro le pase lo mismo

 

Resulta que estar sola no es fácil.

Por sola me refiero a sola, de verdad, contigo misma como única compañía.

Verás.

Al parecer nuestro cerebro tiene algún problemita con eso de estar ocioso.

Lo de aburrirse es poco menos que una mirada al abismo existencial, y tenemos una capacidad infinita para distraernos con toda clase de tonterías.

Lo que sea con tal de no mirar en nuestro interior.

De no estar solos con nuestras emociones y nuestros pensamientos.

Venga, haz la prueba.

Siéntate a solas en una habitación.

Sin distracciones.

Sin teléfono, música, libros, televisión, internet.

Sin videojuegos, revistas, tabletas, podcast.

No cantes.

No bailes.

No pruebes a hacer estiramientos.

No sigas con la vista esa grieta que apareció en el techo.

Solo siéntate y no hagas nada durante 20 minutos.

Tú y tu mente, por fin a solas.

Si no eres aficionada a meditar, vas a sentirte realmente incómoda.

Posiblemente no lo soportes.

Hay diversos estudios psicológicos donde han hecho esta misma prueba.

Y ¡sorpresa!

En algunos casos, el 50 % de los sujetos de estudio prefirieron recibir una descarga eléctrica por abandonar la habitación.

Que quedarse a solas consigo mismos.

Vaya.

Puede haber diversas explicaciones para esto.

A lo mejor podrías sentarte a solas en una habitación a buscar la tuya, jajajaja.

Podría deberse a que ciertos pensamientos y emociones que tenemos no nos gustan demasiado.

Y al estar ocupados, al mantenernos distraídos, los ocultamos.

Evitamos que salten cuál Pepito Grillo a chirriarnos en la oreja.

Nos distraemos de nosotros mismas, en realidad.

Y resulta que cuánto más negamos o rechazamos ese mundo interior, más nos enredamos en distracciones para ocupar nuestra atención.

(El fundador de Facebook lo sabe y es millonario gracias a ello)

Puede incluso que algunas personas estén tan desbordadas por sí mismas que prefieren el dolor externo de una descarga eléctrica al dolor interno de la reflexión y el autoconocimiento.

Y tras esta profunda reflexión filosófica, hablemos de perros.

De perros que no pueden quedarse solos.

Quizá en su caso no sea tan complicado.

Lo mismo ellos no tienen problemas con sus emociones y pensamientos.

O igual sí, quién sabe.

Pero es habitual que un perro tenga problemas para estar solo.

Para aburrirse.

Para no hacer nada durante unas cuantas horas.

Y en consecuencia, llena ese vacío existencial con actividades algo desmedidas.

Como destrozar muebles.

O ladrar y aullar durante horas.

Y si tu perro se comporta así, lo mismo te cuesta comprender sus razones.

Prueba.

Siéntate a solas, contigo misma, en una habitación sin hacer nada de nada.

Quizás entonces estés un poco más cerca de tu perro.

Aunque él tenga otras razones, eso da igual.

Y ahora, si tu perro no se queda a gusto cuando está solo, tengo un curso que te explica posibles razones.

Y te da ideas para posibles soluciones.

Lo mismo te hace falta.

«Líder de la manada» por un día

O igual no. Pero da lo mismo

 

¿Te llama la atención lo de ser “el líder de la manada”?

Pues te cuento algo para que pienses en ello.

Una amiga me ha hecho una foto durante un paseo.

Es una foto muy graciosa, creo yo.

Al menos nos reímos cuando la hizo.

Soy yo haciendo de encantadora de perros.

Se ve mi colección de perros subyugados.

Sometidos.

Dominados.

Bien educados.

Caminan mansamente detrás de mí.

Como debe ser.

Me siguen.

Como debe ser.

Ninguno me chista ni se me sube a las barbas.

Como debe ser.

Y la que va justo detrás de mí es Jimena.

La peor de todos.

La que nunca me hace ni caso.

La que no viene cuando la llamo.

Y eso que la llamo poco.

La que me mira como si no me conociese de nada.

(Igual le doy vergüenza ajena, jajajajaja)

La que estaba en un estado de indefensión aprendida y era como un títere sin vida.

Y ahora tiene tanta que sabe que puede hacer lo que quiera, que no habrá consecuencias (negativas) ni represalias.

Detrás va un husky.

Luego dos galgos.

Y cierra otro husky.

Todos bien colocaditos.

Creo que usaré esa imagen como foto de perfil en redes sociales.

Para venderme mejor o algo.

Jajajajaja.

Pero espera.

Si me fijo bien, algo no encaja en esta foto.

Los perros miran a la cámara.

Y sonríen.

Igual es algún chiste que tienen entre ellos.

Vamos a seguir a la humana todos juntos para que la pobre gane un poco de autoestima

O igual es que la foto no es lo que parece.

Los perros que veo en fotos o vídeos donde se demuestra que están bajo control.

O que son sumisos.

O cualquier otro discurso que lleve implícita la abolición de la voluntad del perro.

Y la inhibición de sus conductas para que demuestren que están bien educado.

No tienen este aspecto.

No miran a la cámara.

No sonríen.

Solo ponen una pata delante de otra.

Con la mirada vacía.

Los ojos vidriosos.

El cuerpo sin expresión.

No prestan atención a lo que ocurre a su alrededor.

Y por eso no responden ante ningún estímulo.

Ni bien ni mal.

No responden.

Porque están muertos en vida.

Porque están rotos por dentro.

Y tú no sé.

Pero yo no quiero eso para mis amigos.

No lo quiero para ningún perro de este mundo.

Jimena era así cuando llegó a mi vida.

Y mis esfuerzos se dirigieron justo en sentido contrario.

A despertarla.

A recomponer sus pedazos.

A que fuera ella misma.

Con todas las consecuencias.

Incluida la de mirarme con condescendencia cuando la llamo.

Y eso que la llamo poco.

Así que si lo que más deseas con todas tus fuerzas es un “perro bueno”.

Uno que no dé problemas.

Uno que apenas se note que está ahí.

Que tengas que mirarlo dos veces para saber si aún respira.

Uno que, simplemente, “no hace nada”.

Entonces es mejor que, de corazón, te des de baja y no recibas más estos correos.

Pero si te gustaría conocer a tu amigo, al de verdad.

Al perro que puede llegar a ser ese perro con el que compartes la vida.

Si quieres entenderle.

Respetarle.

Reírte con sus gamberradas.

Asombrarte con algunas de sus brillantes ideas.

Deleitarte con sus juegos tontos.

O no tan tontos.

Descubrir sus habilidades y sus gustos.

Y sí, a veces enfadarte por alguna de sus desagradables costumbres

(Por otra parte, casi seguro normales en la especie).

Entonces sí puedes contar conmigo para conseguirlo.

Eres un mal amigo. Pero te quiero igual

Esto es normal. Aunque te dé asco

 

Sobre ser amigos, pero cada uno a lo suyo.

Que es un modo como cualquier otro de ser amigos.

En un paseo reciente quedé con una amiga.

Fuimos a un puerto de montaña que está cerca de mi casa, así que mis perros lo conocen muy bien.

Buenas vistas.

Pistas largas y desiertas.

Un buen sitio para disfrutar perros y personas.

Así que allí estamos, con un número lo bastante grande de perros como para que haya que pasar lista de vez en cuando.

Porque algunos se nos van descolgando a ratos.

No pasa nada.

Esperamos.

No hay prisa.

Es su paseo, no el nuestro.

El caso es que en cierto punto, los perros de mi amiga salen de estampida monte abajo.

Menos un galgo, que les mira como las vacas al tren.

Perro listo.

Mis perros miran pero no se deciden.

Conocen ese monte.

Y saben que todo lo que se baja, luego hay que subirlo.

Y por allí iban sus amigos, corriendo ladera abajo, casi rodando, en dirección al río que había al fondo y a un bosquecillo cercano.

Donde desaparecen de nuestra vista.

Bueno, no pasa nada.

Es seguro.

Seguimos andando, pero ya más despacio, para tener la ladera siempre a la vista.

Cuando suban tenemos que estar cerca.

O se perderán intentando buscarnos.

Al cabo de un buen rato aparecen.

Van subiendo, poco a poco.

Perro a perro.

El último en aparecer es uno de los huskies.

El lento y torpe.

EL hermano “gemelo” de Willow.

Parece desorientado, aunque nos tiene a la vista.

Creo que le falta oxígeno al cerebro, jajajajaja.

El caso es que le llamamos para que nos ubique.

Nos mira algo desconcertado, mira la pendiente que tiene que salvar, y no parece muy contento.

No haber bajado, amigo.

La pendiente es tal que alguien hizo terrazas en su día.

Por si lo sabes lo que son: se mete pala excavadora, y se hacen enormes escalones en la ladera del monte.

Por lo que quedan un montón de espacios llanos horizontales.

Y un escalón gigante entre cada espacio.

Así que no tiene que subir una ladera.

Tiene que subir un número inabarcable de enormes escalones.

Puuufff.

Busca hacia un lado y hacia otro el modo más cómodo de salvar esos escalones.

Y sigue pareciendo desorientado.

Entonces Willow, que hasta ahora solo había mirado con mucha atención, empieza a bajar.

Va en su dirección.

Como conoce el sitio, sabe por dónde moverse.

Y yo me emociono toda.

Mi perrito va a ayudar a su pobre amigo.

Le enseñará el camino más fácil para subir.

Y me derrito por dentro de la emoción.

Willow llega hasta su amigo, se saludan, y le sobrepasa.

¿???????

Avanza un poco más, y luego da la vuelta y empieza a subir.

Su amigo le sigue, lentamente, cojeando de una pata.

Con aire desvalido y abatido.

Muy siberiano no se te ve, no.

Llegan los dos a la pista.

Y entonces lo veo.

(Aquí va un ruido de aguja de tocadiscos rayando el disco, ya sabes)

Willow trae en la boca una pata de algo.

Cabra, corzo o yo qué sé.

No había ido a ayudar a su amigo.

Había ido a pillar el desayuno.

Dando una lección magistral a sus colegas.

OS habéis tirado media hora corriendo a lo loco por un monte tras algún gamusino.

(O algún bicho listo y rápido al que ni habéis visto)

Para no conseguir más que agotamiento, cansancio, cojera, y unas bonitas agujetas para mañana.

Y yo he llegado, me he movido doscientos metros, y mira, ya tengo plan.

¿Quién se lo ha montado mejor?

Jajajajaja.

Ahora le queda el trauma de proteger su tesoro, que por supuesto todos los demás quieren poseer.

Pero esa es otra historia.

Y esto seguro que, en diferentes versiones, es lo que hace tu perro a menudo.

Si no puedo (o no sé) cazar, carroñeo.

Basurilleo.

Hurgo en los desperdicios.

Y ya tengo plan para desayunar.

Me apuesto algo a que esa conducta te saca de quicio.

Y es un conflicto habitual en los paseos.

Bueno.

Te entiendo, claro.

Soy humana y yo tampoco lo veo claro.

Pero sé que es una conducta normal en perros.

Y que biológicamente tiene todo el sentido del mundo.

Aunque tu perro no pase hambre.

El mío no la pasa, aunque disimule a veces.

Este dato es importante.

Conducta normal.

Totalmente.

Encaminada a la supervivencia.

Así que cualquier solución o arreglo que se haga al respecto, debe tener esto en cuenta.

Si solo tiene en cuenta lo que nos preocupa o molesta la conducta, el resultado puede ser de malo a terrible.

Y además pasará factura en otros momentos de vuestra relación.

Así que este tema lo trato con muchos de mis clientes.

Entre otros muchos.

Si te trae de cabeza y quieres que tu perro deje de hacerlo para siempre, lo mismo no puedo ayudarte.

Porque (sí, ya es la tercera vez) es una conducta normal en el perro.

Pero si te sirve que negociemos el asunto con tu amigo, eso sí puedo hacerlo.

Manera tonta de ganar una apuesta

El castigo es solo un obstáculo a superar

 

Soy pesadita con el tema del castigo, sí.

Pero es que cuesta tanto desligarlo de nuestro modo de actuar.

Lo llevamos casi en el ADN, parece.

Pero tal y como está planteado, simplemente no funciona.

No como crees, al menos.

Verás.

A mí me encanta el limón.

Como fruta, quiero decir.

Yo me como un limón como otros se zampan una mandarina.

Es una habilidad muy útil para ganar apuestas.

Te explico cómo.

Grupo de colegas en una terraza, con tapita de calamares.

Eh, apuesto 10 euros a que me puedo comer el limón que traen los calamares sin arrugar la cara”.

“Anda ya…. Pero comérselo, eh?, no chupetearlo”

“Le quito la piel y me lo zampo entero”

“Hecho”.

Apuesta ganada.

Pero aparte de para eso, creo que lo de comer limones no sirve para nada más.

Espera, sí que sirve.

Sirve para que el esmalte dental se desintegre y se te queden los dientes translúcidos.

Así que mi dentista, al que aprecio mucho, me prohibió comer limones.

Yo dejé de tomarlos así, enteros.

Pero a veces me tomo un zumo a pelo.

Sin azúcar ni agua ni nada.

Otras veces hago un poco de trampas y riego trozos de fruta con zumo de limón, de modo generoso.

Fresas.

Manzana.

Plátano.

Y luego me bebo lo que sobra.

Pero no cuela.

Porque estoy recibiendo mi justo castigo por desobedecer (a medias) a mi dentista.

Ayer tomé unas fresas con limón.

Y luego no pude ni cepillarme los dientes.

Me dolía un montón.

Y hoy me sigue doliendo.

Aunque menos.

¿Sabes lo peor?

Que me da igual.

Seguiré tomando limón.

Y es que cuando una conducta tiene una fuerte motivación interna, los castigos no la detienen.

Se convierten en meros obstáculos a superar para poder hacer aquello que queremos.

Que deseamos.

Aquello que necesitamos hacer.

He visto perros aguantar un buen calambrazo al traspasar una valla electrificada para poder disfrutar de libertad.

He visto perros soportar una descarga de un collar eléctrico mientras perseguían un bicho por el bosque (y seguir corriendo).

Porque cazar (o intentarlo) les entusiasma demasiado.

Veo a menudo perros literalmente asfixiándose con una cadena estranguladora porque necesitan desesperadamente desplazarse más deprisa de lo que la persona se mueve.

Y podría seguir.

El castigo no detiene las conductas bien motivadas.

Y solo inhibe temporalmente las de motivación moderada.

Para las que solo eran una prueba a ver qué pasaba, para esas seguramente sí valga.

Pero para qué.

Hay otras maneras más amables de gestionar esas situaciones.

Y la convivencia en general.

No digo que con manejo amable vayas a conseguir que tu perro haga todo lo que tú quieres.

No digo eso para nada.

Solo que hay otros modos de convivir.

Y de que ambos salgáis ganando.

A veces tu perro tendrá que ceder.

Y otras veces te tocará a ti.

Eso es una convivencia equilibrada.

Con más entendimiento y confianza.

Y menos malos rollos.

A lo mejor te gustaría disfrutar algo así.