Yoko es un perro mestizo de cuatro años que vive en un piso con sus dueños, una pareja joven que recientemente ha tenido un niño.

Desde hace unas semanas, los propietarios le ven muy excitado en torno al bebé, y ladra y da vueltas en torno a la cuna, al carrito, o cuando lo toman en brazos, según ellos como si estuviese celoso.

Tienen miedo de que en el futuro pueda llegar a hacerle daño al niño.

Nos cuentan que Yoko ha estado con ellos desde cachorro, y siempre ha hecho vida a su lado, pero poco antes de la llegada del niño, decidieron trasladar su zona de dormir a la terraza, donde ahora pasa la mayor parte del tiempo, solo.

En la calle, es un perro reactivo con algunos perros, y algo receloso de los desconocidos.

Al conocerle, nos encontramos con un perro muy miedoso con tendencia a la reactividad, nos recibe con ladridos y huidas y nuevos ladridos, lo que según los dueños es habitual con las visitas.

En general, han intentado educarle a base de regañar cuando mostraba conductas inadecuadas.

Su socialización ha sido bastante escasa, y no sabe relacionarse con niños, a los que ladra con insistencia.

Es por eso por lo que le relegaron a la terraza, y por lo que se le regaña ante cualquier acercamiento que realiza a la cuna o al niño.

Pero entienden que la situación así no es sostenible, y que el niño empezará a andar y podrá salir a la terraza, por lo que quieren que Yoko acepte al bebé antes de que eso ocurra.

Les planteamos primero un cambio en el manejo rutinario de Yoko que implique la retirada de manejos amenazadores, de correcciones o regaños que solo sirven para aumentar la inseguridad y el miedo, y no consiguen realmente educarle como desean, ya que las conductas que les molestan se siguen presentando.

Ofreciendo opciones de comportamiento válidas para que Yoko pueda realizar en lugar de aquello que no debe hacer evitamos regañar y corregir, y anticipándose a todo lo que sea posible para que simplemente le resulte imposible realizar ciertas conductas inapropiadas se evitan muchos conflictos cotidianos.

En la calle, se recomienda un cambio temporal de hábitos para no exponerlo a más miedo (desconocidos y otros perros), así como algunas pautas para que los paseos sean más agradables y provechosos.

En cuanto al bebé, se indica a los dueños de Yoko la necesidad de reintegrar al perro a su lugar en la familia, ya que no es un problema de celos sino de soledad, aislamiento, rechazo por parte del grupo y miedo.

Han separado a Yoko de su vida sin percatarse de que el perro reaccionaría en consecuencia.

Permitir el olfateo del bebé, sus objetos personales, sus ropas y sus zonas de estancia le da al perro la oportunidad de clasificar todo eso en su cabeza, de explorar del modo que necesita todas esas novedades, y de perderles miedo.

Con unas mínimas precauciones Yoko puede estar en torno al niño sin poner en riesgo su seguridad.

Damos opciones para manejar a Yoko en los momentos en los que pueda excitarse o ladrar al bebé, y cosas que hacer que deberá realizar en presencia del niño, que puede estar en su cuna, en el carrito o en brazos.

La idea es proponerle a Yoko actividades agradables, con juguetes rellenables o juegos de olfateo, que le relajen y le ayuden a mejorar la gestión del miedo, siempre con el bebé presente, para que el niño forme parte de esos momentos en los que puede hacer algo que le gusta, realizando así una asociación positiva ante la presencia del niño.

Además, estas actividades son incompatibles con ladrar o estar excitado, ya que requieren concentración y poca movilidad, por lo que le enseñan a Yoko el modo correcto de comportarse en presencia del bebé sin necesidad de corregir o regañar.

Recomendamos también dar paseos conjuntos, sacando a Yoko al tiempo que el carrito del niño, para afianzar también en la calle la asociación positiva con la presencia del bebé, teniendo mucho cuidado de no atropellar o asustar a Yoko.

Pasadas un par de semanas, los dueños comentan que Yoko está mucho mejor, y se pone contento cuando ve al bebé.

En general le ven más tranquilo y alegre, ladra mucho menos y se le ve menos excitado.

Explicamos entonces a los propietarios la opción de mejorar la socialización de Yoko y su relación con extraños y otros perros, pero rechazan el trabajo alegando que les falta tiempo.

Les damos entonces algunas instrucciones para manejar a Yoko cuando el niño empiece a andar, y así anticiparnos a cosas que podrían ocurrir.

La llegada de un bebé a la familia es una situación muy habitual en personas que ya tienen un perro, y el modo en que se enfoque este cambio tan importante determina cuál será la conducta del animal.

Aislarlo, regañar cualquier acercamiento o muestra de interés o modificar todas sus rutinas seguramente desencadene un rechazo del perro hacia el niño, ya que de modo involuntario se le está castigando por el mero hecho de que el bebé exista.

A menudo, como en este caso, el bebé es el estímulo que supera un umbral de miedo en un animal que ya tiene problemas de relación con su entorno cotidiano, la gota que colma el vaso y donde volcar toda el estrés que el perro sufre en su día a día, por lo que hay que realizar cambios a nivel global, y no solo en lo que se refiere al niño.

En cualquier caso, y por muy buena que sea la relación perro/niño, es deber de los padres el vigilar y regular los contactos, no dejando a ambos solos bajo ningún concepto, pues los perros no se comportan siempre igual ante los mismos estímulos, pueden tener días mejores y peores, y cambios de conducta asociados al envejecimiento, y los niños tampoco se manejan siempre del mismo modo, llegando en ocasiones y por desconocimiento a amedrentar o a hacer daño físico al perro, el cual puede defenderse.

Igual que le indicamos al perro la manera correcta de comportarse en torno al niño, se debe educar al niño sobre el modo correcto de tratar al perro y de jugar con él, para que puedan ser buenos amigos y prevenir así accidentes.

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