Y ahora que tengo tu atención….

 

Mira.

Hoy estoy de resaca de curso intensivo de formación, así que no respondo mucho de mí misma.

Estoy viendo a mis perros tirados en posturas inverosímiles, roncando tan a gusto, y me da tanta envidia que lo mismo les imito en cualquier momento.

Así que igual hoy escribo poco.

Sobre conductismo, por ejemplo.

Que igual te crees que el tema va de perros, y de adiestramiento y tal, que es lo que has oído o te han contado.

Pues resulta que no.

Estoy leyendo un interesantísimo libro sobre el nacimiento y desarrollo de la publicidad.

Sí, esa que te sale interrumpiendo tus lecturas en el teléfono.

Y es, eehhhh, ¿cómo decirlo?

Perturbador.

En cierto modo lo sabemos, pero verlo por escrito causa bastante desasosiego.

Parte de la base de que cualquier cosa, aunque sea totalmente inútil, se venderá de maravilla si sabemos tocar las teclas adecuadas.

Y pone como ejemplo el Listerine.

El enjuague bucal, sí.

Ya existía hace cien años.

Claro que se usaba como limpiador de suelos.

En serio, era para eso para lo que se vendía.

Pues alguien decidió que era perfecto para combatir esa halitosis que to-dos tenemos.

Todos.

Hala, a vender.

En un momento del desarrollo histórico de todo este asunto, una gran agencia publicitaria se percata que en realidad todo va de controlar conductas.

¿Y quién mejor que el señor Watson para ocuparse de eso?

Igual no te suena.

(El de S. Holmes, no, este es otro Watson)

El señor que escribió el Manifiesto conductista.

(Ojo, en 1913, muy moderno todo)

Su afán era demostrar que las conductas humanas son modificables, controlables y predecibles solo sabiendo qué normas lo rigen.

Y en ese concepto, los estados mentales y de ánimo eran irrelevantes.

Realizó un bonito experimento (después de haberse despachado a gusto con bichos de laboratorio) con un bebé.

Se toma un bebé de un año.

Se le pone delante una rata grande y blanca y se observa.

El bebé se quiere acercar, da palmas, está contento.

Bien.

Ahora golpeamos a sus espaldas un tubo metálico con un martillo, y le damos un susto de muerte.

(Evidenciado porque al niño le cambia la cara y se pone a llorar)

Repetimos unas cuantas veces.

En un plazo bastante corto, ver la rata desencadena llantos y malas caras por parte del niño.

Hala, conducta modificada.

Ey, pero si esperas un poco a que el cerebro del niño medite sobre el asunto, resulta que cualquier animalito mediano y peludo y blanco desencadena la misma reacción.

¿A qué es genial?

Lo mismo esto te suena familiar, tus deberes para hoy son pensar en este asunto aplicado a perros.

Ah, a la mamá del niño traumatizado le dieron un dólar de la época para el psicólogo.

En fin.

Ahora extrapolas estas ideas a la publicidad, y ya está liada.

Te encuentras eslóganes publicitarios como éste:

A tu alrededor la gente te juzga en silencio

¡¡Bum!!

¿Cómo te quedas?

Duele, ¿verdad?

Comprarías lo que sea que estén vendiendo para evitar que eso ocurra.

Es un anuncio de productos cosméticos.

Pero siendo francos, podría anunciar pasta de dientes.

O desodorante.

O champú anticaspa.

O, la verdad, casi cualquier cosa.

Ropa elegante.

Calzado de marca.

Un teléfono más grande, más caro y con más cámaras de fotos.

Un adiestrador canino.

Oh, wait, qué ideaza se me acaba de ocurrir.

No, mejor no, que ya lo están usando muchos otros y yo remo justo en sentido contrario.

Bueno, aquí lo dejo, ya tienes algunas ideas a las que darle vueltas.

Ya sabes, para mejorar la convivencia con tu perro de modo amable, sin castigos ni órdenes ni premios ni bebés llorando, por el enlace.

Y para todo lo demás, en otros sitios.

PD- El libro se llama Comerciantes de atención, de Tim Wo, por si te apetece echarle un vistazo.

Irene
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