Rony es un perrito de aguas de 11 meses de edad.

Sus dueños, una pareja joven, lo describen como juguetón, cariñoso, alegre y sociable. Pero desde hace unas semanas, a veces le ven raro. Gimotea sin motivo, se le ve nervioso en los paseos, y les ha mordido en dos ocasiones, sin razón aparente.

Cuando vamos a visitarle, comprobamos que Rony parece un perro en general equilibrado, con un buen vínculo con sus dueños, una buena rutina de paseos y juegos, y sin problemas relevantes.

En la relación con las personas se muestra confiado e interesado. Con otros perros, podemos observar un claro dimorfismo: con las perras se ve demasiado solícito, juega con tensión y excitación elevada, y llega a acosarlas ligeramente.

En cambio, con otros machos, especialmente grandes, muestra una gran tensión corporal y miradas de amenaza. No gruñe ni tiene conflictos con ellos (sus dueños consideran que “se lleva bien con otros perros”), pero la diferencia es evidente. Con cachorros juega encantado.

La única modificación que les recomendamos, en los paseos, es la correa, que apenas mide más de un metro, y al pasear por zonas urbanas, le resta bastante movilidad y no le permite desenvolverse con soltura, por lo que les explicamos que una de al menos dos metros supondría una mejoría, que aceptan sin inconvenientes.

Rony parece tener un problema de estrés de origen interno, en concreto, hormonal.

La testosterona está influenciando demasiado su conducta del día a día, produciéndole irritabilidad y frustración. En consecuencia, debido a su juventud, el tratamiento es sencillo y el pronóstico muy favorable. Recomendamos a los dueños la castración.

Por un lado les preocupa que Rony cambie de carácter con esta intervención. Les explicamos que esa es la idea, que vuelva a ser el perro que conocían, y no el perro en que se está convirtiendo, ya que no va a poder darle salida a la frustración que le supone el saber de la presencia de docenas de perras en su entorno, sin poder acceder a ninguna, como le mandan sus hormonas.

Por otro lado, la cirugía les asusta, y aunque les indicamos que es sencilla y rápida, es cierto que no está exenta de un cierto riesgo anestésico (como cualquier procedimiento que requiera anestesia).

Por ello, les proponemos que coloquen a Rony un implante subcutáneo, que se coloca en unos segundos, del mismo modo que el microchip, y que libera una sustancia que bloquea la testosterona. Tarda algunas semanas en hacer efecto, pero su duración es prolongada (los hay de al menos seis meses, o de al menos doce meses). Les parece una buena solución.

Unas semanas después, hablamos con los dueños de Rony, que confirman que ha vuelto a ser el perrito que ellos conocían, está mucho más relajado, con otros machos hay un cambio de actitud notable, no persigue a las hembras, y no ha vuelto a morder.

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