César Millán no rehabilita perros

El otro día estaba viendo un vídeo que me ha pasado una colega de profesión.

Es una gran profesional, y además comunica muy bien.

Me encanta cuando me manda vídeos de sus trabajos.

En este vídeo se veía una jaula grande, de alguna protectora.

En ella había una caseta, y dentro se intuía que había un perro.

Un perro mediano y de color oscuro.

Es todo lo que se podía ver.

Porque el pobre animal no salía de allí.

La gente le da pánico.

Y ese es su sitio seguro.

Mi colega estaba ayudando a que supere ese miedo y así encuentre una buena familia que le quiera.

En el vídeo, ella entra en la jaula, se coloca en el extremo más alejado de la caseta, se sienta tranquilamente, y empieza a leer un libro en voz baja.

No mira al perro.

No se coloca de frente a él.

No trata de convencerle de que ella es su  mejor amiga.

Ni de que rescata perritos y que el amor todo lo puede y que no pasa nada, bonito que yo te quiero mucho.

Solo entra, se sienta, lee.

Así está unos minutos, leyendo en voz baja.

Luego se levanta lentamente, y se va.

Es todo.

El vídeo dura unos 5 minutos.

Y a mí me encanta.

Pero a cualquiera que no entienda lo que está pasando le aburrirá soberanamente.

Empezaría a mirar, y al minuto preguntaría “¿es que no va a pasar nada?”

Y medio minuto después, dejaría de prestar atención diciendo “menudo rollo, en este vídeo no pasa nada”

Pero el perro no opina lo mismo.

Claro que pasa algo.

Pasan muchas cosas.

Solo que no es espectacular.

No es rápido ni vistoso.

No hay luces de colores.

Ni serpentinas.

Ni purpurina.

Ni bengalas luminiscentes.

Es una pauta para rehabilitar perros con miedo intenso a las personas.

No se puede hacer un programa de televisión con esto.

Nadie lo compraría.

Nadie lo vería.

A nadie le parecería divertido ni emocionante.

No vende.

Pero es así como hay que hacerlo.

Si lo que te importa es el perro.

Si lo que te importa es el espectáculo, pues entonces no, claro.

El perro percibe a la persona como una amenaza.

El visitarlo a diario, a la misma hora, pero sin interaccionar con él, sin forzarlo, sin invadirle el espacio, sin pedirle nada, le ayuda a generar familiaridad.

Eso da cierta seguridad.

El sonido suave de la voz de la persona le permite valorar, desde su “punto seguro”, que ese ruido no es una amenaza.

Lo está oyendo y no ocurre nada.

Pero lo oye desde su zona segura: no tiene una cabeza de persona pegada a la suya susurrándole cuánto le quiere.

La falta de movimiento.

La expresión corporal “indiferente” de la lectora.

La no interacción directa con el perro.

Todo ello va destinado a dar fuerza a un solo mensaje: “No soy una amenaza para ti. No tienes que preocuparte por mi presencia”.

El mensaje no es “quiero ser tu amiguita del alma, juguemos juntos y te doy mimitos”.

No.

El mensaje es “no soy una amenaza para ti”.

Y es coherente con la conducta de la persona.

Y cuando la persona se va, el perro puede oler a su gusto la zona ocupada por esa persona.

Y asimilar la información.

Y generar más familiaridad.

Un día, cuando el perro decida, se acercará a esa persona.

Cuando el perro decida.

No la persona.

El perro.

Y entonces habrá dado un gran paso para gestionar su miedo.

Esto puede llevar días.

Semanas.

Puede que meses.

Solo para acercarse a una persona.

Pero es así como se maneja la gestión del miedo en perros.

No con cordinos.

Ni con enfrentamientos.

Ni obligándole a caminar a la fuerza hacia el estímulo que le asusta.

Ni siquiera con salchichas.

O con pelotas.

No.

Con un mensaje: no soy una amenaza para ti.

Alto y claro, repetido cada día, y con coherencia.

Lento.

Aburrido.

Nada espectacular.

Pero eficaz.

Respetuoso.

Empático.

Amable.

Como debe ser.

Así trabajo yo también.
 

Si tu perro y tú necesitáis ayuda, no soy una amenaza para vosotros y podré ayudaros.
Irene
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