Y tienes unas cuantas

 

¿Sabes?

 El cómo enfocas ciertas situaciones, sobre todo si son conflictivas, puede marcar una gran diferencia.

 Habitualmente tendemos a ser reactivos con nuestro entorno.

Pero incluso esa reacción puede ser muy diferente.

Y, en consecuencia, todo lo que pase después, también será diferente.

Por ejemplo.

Sé de un chico que fue con unos amigos a visitar a otro amigo.

A su chalé de no sé dónde.

El amigo visitado tiene un mestizo de terrier, de unos 8 kilos.

Es un perro, digamos, tenso.

Todo él parece tenso.

Su mirada, su cuerpo, su muñoncito de rabo.

Hasta su pelo áspero parece tenso.

Pero se quedó con la etiqueta de “es así”, y salvo alguna que otra bronca, su cuidador no hace mucho más por mejorar.

Bueno, esa es su elección.

El caso es que el chico llega a la casa, se monta un jaleo de bienvenida, y el perro, que había salido como un tornado ladrando y saltando.

Se le tira a los tobillos y le muerde.

Así, sin que le hagan caso y tal.

O quizá precisamente porque no le hacen caso.

Pero claro, a nadie le mola que le muerdan en los tobillos.

El cuidador se mosquea, empieza a gritarle al perro.

Los amigos se cachondean, que si lo tienes mal educado, que a ver si le das de comer, que se cree que es un pit bull y no tiene ni media torta.

Ahora ya no sabemos si el cuidador está mosqueado porque su perro ha mordido a su amigo.

O porque está sufriendo un claro rechazo social por parte de su grupo.

Seguramente lo segundo.

Pero mira tú por dónde, que el afectado, tras mirar al perro un rato, le dice a su amigo.

Espera, tío, deja, no le hagas nada, no le grites, que tampoco es para tanto y no me ha hecho daño. Mira, mejor dame la correa y nos vamos los dos por ahí. Vosotros empezar con las cervezas si eso

El cuidador le mira con cara de vinagre, sin entender muy bien si es una broma, una burla, o qué.

Pero le da la correa.

Y el chico se lleva al perro de paseo.

Se tiran fuera como una hora.

Y al volver, el perro es otro.

Le ha cambiado la cara.

Ya no está tan tenso.

Y mira a su nuevo amigo con interés.

Parece que ha sido un buen paseo.

Y una buena segunda impresión.

La primera quedó fatal, claro, pero hay que saber dar segundas oportunidades.

Pues esto es lo que hay.

El afectado podría haberse enfadado.

O chillar él mismo.

O exigir un castigo ejemplar para ese perro.

Incluso podía haber dicho que se largaba y no volvía.

Podría haber reaccionado de muchos modos.

La mayoría negativos.

Pero prefirió no tomarse el ataque como algo personal.

 Y actuar de un modo más constructivo.

 Una gran elección.

 Ojo, no digo que es lo que haya que hacer en situaciones como esa.

 Ni que ya esté todo resuelto y ese perro no vuelva a morder a las visitas.

 Solo te cuento que se puede reaccionar de muchos modos ante la misma situación.

 Y el modo en que reaccionamos lo elegimos nosotros.

 Es fácil ser simpático y atento con un perrito que te salta y te gimotea mientras da vueltas.

 Es sencillo sentirse compasivo e interesado con un perrito que se encoge, tiembla como gelatina y se mete en un rincón para que nadie le vea.

 Es más complicado mostrarse amable y comprensivo cuando un perro te ataca.

 Pero es una opción.

 Y una manera fantástica de “apagar” fuegos que en algunos perros arden con demasiada intensidad.

 No echando más leña, como suele hacerse.

 Requiere de más autocontrol.

 Más paciencia.

 Y algo de empatía.

 También ayuda mucho entender qué estás haciendo, qué efecto tendrá sobre el perro, y por qué un perro puede estar comportándose así.

 Con todo esto te puedo ayudar, si andas algo perdida.

Y puedes empezar por apuntarte a los correos diarios.

Recibes una guía para empezar a cambiar la relación con tu perro, y un email en tu buzón, cada día. 

Lo mismo te inspiran y te dan un nuevo enfoque para convivir con tu perro.

O lo mismo te aburren y me odias por ello.

En el segundo supuesto, no problem, te das de baja y sigues con tu vida.

Por el botón.

 

Irene
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