Es normal que un perro muerda

 

¿Sabes?

Uno de los mitos sobre perros que más cuesta erradicar es el del “perro Disney”.

Esa imagen idílica de perros salvando niños caídos en pozos (echándoles una escalera de cuerda, no te vayas a creer)

Y dando de beber a cervatillos indefensos llevándoles agua en un cubo (publicidad subliminal: “tienes que ver Bambi”)

Y rescatando a los vecinos a los que ni siquiera les gustan los perros de un pavoroso incendio en su propia casa.

Y haciéndote la declaración de la renta y que te salga siempre a devolver.

Bueno, esto último Disney no lo menciona, pero  porque no se le ha ocurrido.

Gracias a esta irreal imagen de los perros, para muchos hay determinadas conductas caninas que son absolutamente inaceptables.

Como morder.

Cuando digo inaceptables no quiero decir que haya que mirar para otro lado como si no hubiese pasado nada.

Quiero decir que no lo aceptan y sacrifican al perro por ser agresivo.

O lo dejan en la perrera o en una cuneta, me da igual.

Pero resulta que morder es una conducta normal dentro de los patrones de conducta normales en la especie.

No estoy diciendo que como es normal tengamos que dejar que pase sin más y no mover ni un dedo al respecto.

Para nada.

Me refiero más bien a que hay que ponerla en contexto y valorar qué circunstancias llevan a un perro a morder, para ayudarle a que la situación no se repita.

Y no necesite morder.

No buscar culpables y flagelarlos (incluyendo al perro).

No.

Ayudar a que la situación no se vuelva a dar, asumiendo que morder es una conducta normal y esperable en muchas situaciones.

Y que podemos, una vez aceptamos la normalidad y que es esperable que ocurra, realizar cambios para que no vuelva a ocurrir.

Por ejemplo.

Uno de los galgos que vivía en mi casa se llamaba Menta.

Entró en mi vida con unos 8 años y estaba hecha polvo en muchos sentidos.

Nos cogimos mucho cariño, esa perra y yo.

(Ahora que mis otros perros no me oyen, era mi favorita, jajajaja)

Bueno.

Pues en una ocasión estábamos en casa de una amiga.

Era verano, hacía calor y estábamos todos disfrutando en el jardín.

Menta debía de estar aburriéndose, porque decidió irse de paseo por su cuenta.

Lo cual es raro, porque no solía ir a ninguna parte sin mí.

Como estaba tratando de salir por una portilla que da al campo, pensé “pues vete, y cuando te parezca vuelves”.

El caso es que cabía entre los barrotes de la portilla.

O eso pensamos todos.

Incluida ella.

Al llegar a la cadera se atascó.

Ella empujó con las patas traseras para intentar liberarse, y resulta que la portilla, que no estaba bien cerrada, se abrió.

Y como daba a unos escalones (descendentes) la portilla arrastró a Menta y la dejó colgando por el abdomen a un metro sobre el nivel del suelo.

No veas cómo chillaba, la pobre.

Me levanté y salí a la carrera para ayudarla.

Estaba en bañador, y ya veía lo que iba a pasar.

Mi amiga también se metió a saco.

No, ni la toques, ahora va a morder, así que mejor que me muerda a mí

Pues así fue.

Me llevé cuatro o cinco mordiscos bastante enérgicos en el brazo mientras intentaba levantarla para liberarla de la portilla.

Hasta que no pude aguantar más y le pedí a mi amiga que me dejase algo de ropa con la que cubrirme el brazo y así soportar mejor los bocados.

Entonces pude liberarla de ahí.

Automáticamente dejó de chillar (y de morder) y se alejó para luego tumbarse en la hierba con cara de dolor.

Bueno.

Ese día compartimos los antiinflamatorios, que a mí me dolía lo mío también.

Pero solo el brazo, mi amor propio estaba intacto.

En ese caso puedes pensar que el contexto está claro y que si no se repite el perro no volverá a morder.

Es cierto.

Pero hay gente que se sentiría profundamente traicionada por haber sido mordida.

Si solo quería ayudar. Y mira cómo me lo agradece.

Es lo que te decía de normalizar y aceptar que los perros muerden.

Igual que las personas dan puñetazos, patadas y bofetadas.

Que socialmente es una malísima idea.

Sí.

Pero que ocurre, también.

Si anticipamos que pueda ocurrir y gestionamos las situaciones para que no tenga que ocurrir, ni puñetazos, ni patadas ni mordiscos.

Y este modo de manejar al perro puede hacerse extensiva a todas sus conductas poco adecuadas socialmente.

Gestionamos el entorno para que no necesite manifestarse de según qué maneras, y resolvemos muchos problemas.

Con un poco de práctica no es tan complicado como suena.

Y si quieres saber cómo va eso para aplicarlo con tu perro (y contigo), pues date de alta en el botón, y recibe contenido como este en tu buzón, cada día.

 

Irene
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