El otro día volvía de dar un paseo con mis perros.

Estábamos en un parque muy grande que hay en la capital.

Y por el camino me crucé con una señora que llevaba un niño de unos dos años en un carrito.

Justo en ese momento empezó a llover.

No mucho, una lluvia de esas ligeras.

De esas que piensas “bah, no llueve apenas, no me mojaré

Pero luego sí que te mojas, claro.

Así que la señora paró el carrito, sacó la cubierta de plástico transparente que se coloca sobre los carritos para que los nenes no se mojen, y procedió a colocarla.

Pero el niño empezó a dar manotazos y a quejarse: no quería la burbuja de plástico.

La señora entonces empezó a pelear con la cubierta y con las manitas del niño que soltaban cada cierre que ella ponía.

Y a eso se le sumó un poco de viento, que no ayudaba, precisamente.

Yo estaba parada cerca, porque mis perros habían decidido oler algo por la zona.

 Así que no perdía detalle.

Como el nene seguía protestando y dando manotazos, y la señora no lograba colocar la cubierta, se enfadó y le gritó al niño, al tiempo que le zarandeaba de uno de los brazos.

“¡¡Para ya, estate quieto, que tengo que poner esto!! ¡¡Que pares te digo!!!”

El niño entonces paró quieto.

Y empezó a llorar.

Ya sabes, lloran a todo pulmón mientras se frotan la cara con las manos y eso.

La señora terminó de colocar el plástico.

Pero no parecía satisfecha y así se lo hizo saber al niño:

“¡NO-LLO-RES! ¡Qué dejes de llorar!  ¡Los niños no lloran!”.

Ahí me empecé a calentar un poco, la verdad.

Pero lógicamente no me entrometí, porque no era asunto mío, no tengo hijos, no sé nada de niños y nadie me ha preguntado.

Pero sentí bastante pena.

Por el niño al que nadie estaba escuchando y además estaba siendo empujado a no manifestar sus emociones y su malestar.

Por la señora, que seguramente estaba cansada, quizá le duele algo, y seguramente no conoce otro modo de manejar estas situaciones.

Probablemente está repitiendo los patrones que aprendió cuando era pequeña.

O tan solo hace lo que su entorno social le indica que hay que hacer “para ser una buena madre”.

También sentí pena porque esta escena se repite, exactamente igual, con muchos perros.

Cuando manifiestan su descontento o que se sienten molestos o que algo no les gusta, les intimida, les asusta……. Simplemente no se les escucha.

Y cuando tratan de expresar sus emociones en “voz alta”, se les reprime, porque “los perros buenos no gruñen” o “no ladran”, o “no enseñan los dientes”.

Probablemente las personas que actúan así también están cansadas y estresadas.

Seguramente no conocen otro modo de gestionar estas situaciones.

Y lo más posible es que estén repitiendo patrones que han aprendido en la tele y en los parques caninos.

Porque creo que nadie quiere estar sordo con aquellos a los que ama.

Y menos aun reprimir nada porque “no esté bien visto”.

Se puede hacer de otro modo.

De un modo en que tanto perros como personas se escuchan.

De una manera en la que las emociones no se reprimen sino que se gestionan.

De una forma en la que hay respeto mutuo y la comunicación es importante.

Esa forma no la puedes aprender del entorno social y menos aun de la tele o en los parques caninos.

Puedes aprenderla aquí:

Irene
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