Usa la nariz. Piensa

Ayuda a tu perro a pensar

 

Hace poco organicé una comida familiar en mi casa.

Aprovechando que tengo espacio de sobra y una mesa de picnic muy mona, pues invité a toda la familia a comer.

Fue un poco raro, porque ellos trajeron la comida.

Y trajeron mucha.

Pero mucha mucha. Estuve comiendo “sobras” cuatro días, jajajaja.

Como en Navidad.

Bueno.

El caso es que mientras comíamos y charlábamos, Willow se había colocado estratégicamente bajo la mesa.

Y ahí estaba echándose una siesta.

Que mis perros no son de pedir, pero si cae algo, pues oye, no le dicen que no.

El caso es que en un momento dado cayó algo.

Un trozo de hamburguesa fue a parar entre la hierba, que por cierto estaba un poco alta.

Y ahí quedó.

Déjalo, tía, ya se lo comerá Willow”

“Uy,¿ tú crees que podrá encontrarlo con toda esa hierba?”

Mmmmmfffffff juajuajuajuajauajua

Que si podrá encontrarlo dice.

Willow estaba roncando a pata suelta, y unos minutos después abrió un ojo.

Luego abrió el otro.

Luego se medio incorporó como pudo entre tanta pierna.

Y estiró el cuello para alcanzar el trozo de carne.

Y después siguió roncando.

Ah, pues mira, sí que lo ha encontrado

Claro.

En fin, se nota que mi tía no tiene perro.

Todos los que tenemos perro sabemos que eso de buscar comida “perdida” o sin dueño se les da de maravilla.

¿A qué sí?

El caso es que mientras el perro está olfateando, piensa.

Y mientras está venteando, piensa.

Cuando usa la nariz, piensa.

Pero cuando no la usa, deja de pensar y empieza a actuar de modo irracional.

Ladrándole a todo lo que se mueve.

Persiguiendo corredores o ciclistas.

Tirando de la correa hasta descoyuntarte el brazo (mientras se asfixia lentamente en el proceso).

Saltando sobre otros perros.

Ya sabes.

Así que de esto se podría deducir algo: cuanto más usa tu perro su nariz, más piensa.

Y cuanto más piensa, menos se comporta como un capullo.

Luego una actuación importante que puedes introducir en su vida para que se porte mejor y te dé un respiro es animarle a usar la nariz.

Y hay varios modos para lograr eso.

Algunos muy divertidos.

Si quieres que tu perro aprenda a usar su nariz (y a pensar, entre otras cosas), te ayudo,

Mi perro reactivo ya no ladra. Pero no es lo que quería

Cuando lo consigas quizás ya sea tarde

 

Vi al otro perro muy rápido.

Me he vuelto una experta en detectarlos.

Como siempre, di un giro rápido para dar la vuelta y que no nos cruzáramos.

Pero qué tonta.

No hay nada rápido en la forma en que nos movemos últimamente.

Así que ahí estábamos, yo guiándote en lo que parecía el cambio de rumbo más lento de la historia, y tú siguiéndome con las patas rígidas y la mirada perdida.

Para cuando terminamos de caminar en la nueva dirección, el otro perro ya se había ido.

Cuando apareció el siguiente perro, te guié hacia un lado para darle espacio para que pasara.

Enrolle toda la correa en mi muñeca, la tensé con decisión y afiancé los pies, esperando a que vieras al otro perro y reaccionaras.

Pero te quedaste ahí, mirando, sin hacer nada.

Sonreí.

Mírate, no te has preocupado por el otro perro, lo lograste, abuelo”.

Solo te ha llevado diez años.

Es el momento con el que sueña toda persona que convive con un perro reactivo: mi perro permaneció tranquilo frente a otros perros.

Finalmente lo conseguimos.

Entonces me puse a llorar.

No ignoraste al otro perro porque por fin te acostumbraste.

Ni porque hayas aprendido a controlarte o a ignorar a otros perros.

No reaccionaste frente a ese perro porque eres demasiado mayor.

No estás siendo genial con otros perros.

Simplemente te quedas ciego.

Y sordo también.

Y ya no tienes fuerzas para explotar.

¿Viste siquiera al otro perro? No lo creo.

Y si lo hubieses visto, tu corazón ya enfermo o la espalda dolorida impedirían que te lanzaras con todo como solías hacer.

Amar a un perro viejo que solía ser problemático es algo agridulce.

Me siento muy aliviada de que ya no tengamos que escondernos tras los coches o de poder llevar despreocupadamente la correa laxa mientras desconecto pensando en mis cosas.

Entonces siento una opresión intensa en mi pecho: es mi corazón rompiéndose.

Esta paz tan deseada tiene un precio tan alto……

Esta es la última etapa de nuestro viaje juntos, mi viejo amigo.

Últimamente me encuentro recordando, mientras caminamos cada vez más despacio, la cantidad de veces que tuvimos que cruzar la calle a la carrera para escapar de aquella mujer que se empeñaba en que conociéramos a su perro.

Ese perro murió hace años.

Tú aun sigues aquí.

Pero cruzar la calle ahora nos llevaría tanto tiempo que cualquiera podría alcanzarnos.

¡Solíamos movernos tan rápido! Antes me costaba seguir tu ritmo.

Por aquel entonces explotabas cuando veías a un perro.

Dabas todo un espectáculo, y algunas personas me llamaban la atención y me daban todo tipo de consejos para que te educara correctamente.

Anhelo esos días ahora que sé que no volverán.

Hoy lloré mientras paseábamos.

Lo que daría por volver a verte con esa fuerza de nuevo.

Lo que daría por tener que volver a gritarle a alguien que retroceda para que pudiéramos escapar.

Amar a un perro viejo que solía ser reactivo es un tanto irónico.

Aquí estamos por fin, donde desesperadamente queríamos estar.

Todos estos años en los que las caminatas han sido una carrera de obstáculos, estrés, vergüenza y accidentes.

Ya no.

Estoy disfrutando de lo fácil que es estar en el mundo contigo ahora.

Pero lo que daría por volver a verte en la cima del descontrol de nuevo.

Por verte fuerte y saludable.

Por retenerte con ambas manos mientras intentas conquistar tu espacio.

Por sentirnos agotados tras cada paseo.

Esa paz tiene un costo tan alto.

Ahora que finalmente lo tenemos, ya no lo quiero.

Quiero el problema.

Quiero que te quedes.

Mi perro me ladra cuando le regaño ¿qué hago?

Regañar no educa, genera respuestas como esa

 

Bueno.

La respuesta corta es “no le regañes”.

Vale.

Ahora habrá gente que se esté partiéndo de risa.

Hablo en serio, y no es mi intención ofender a nadie ni burlarme.

Te explico lo que está pasando.

Para que veas que no es lo que tú crees que está pasando, y entiendas porque no debes regañar a tu perro.

Incluso aunque gruña.

O muerda.

Veamos.

Tu perro hace algo que crees inadecuado.

Le regañas.

Tú piensas que le estás educando.

Que así entenderá que eso que ha hecho está mal y que no debe repetirlo en el futuro.

Que así lo aprenderá y será un perro bueno.

Pero resulta que en la cabeza de tu perro está pasando otra cosa totalmente diferente.

Cuando le regañas, él simplemente percibe un conflicto social.

Una amenaza.

Y emite señales para calmarte.

Para que dejes de amenazarle.

Él no entiende por qué estás así.

Solo entiende que estás enfadada.

Pero tú, bien porque no te has fijado, bien porque no sabes reconocer las señales, no te das cuenta de que tu perro te pide que pares.

Que te tranquilices.

Y sigues regañando.

Así que tu perro, que ve que su comunicación no funciona y se siente realmente en peligro, empieza a emitir señales de amenaza hacia ti.

Sí.

Él cree que le estás amenazando, así que ahora te amenaza a ti.

Y ahora tú entiendes la señal (te sientes amenazada y te da miedo) pero no entiendes por qué se pone así.

Bueno, después de leer esto, confío en que sí lo estés entendiendo.

Y por eso no es buena idea regañar a tu perro.

Porque no entiende nada.

No aprende nada.

Y encima le das miedo.

Y cree que debe defenderse.

De ti.

Que no quieres hacerle ningún daño.

Así que mejor utiliza las alternativas al regaño para educar.

Las hay, y funcionan muy bien.

Si tienes más dudas de este tipo, puedo resolverlas.

En un servicio de consultoría que va precisamente de eso, de resolver dudas generales que te rondan la cabeza día y noche.

También pueden ser dudas veterinarias y de salud, ya que estamos.

Pero sobre todo de comportamiento. 

Si te parece interesante,

Dos cosas que no sirven para educar a tu perro. Y una que sí

Lo que haces cada día influye en la conducta de tu perro

 

Mi segundo husky se llamaba Akela.

Fui a buscarlo a un criadero de Salamanca hace ya una porrada de años, cuando era un cachorro de apenas siete semanas.

La verdad es que había dejado claro cuando lo reservé que no me lo llevaría con menos de diez, pero los criadores empezaron a ponerme excusas para que fuera antes a buscarlo, así que fui.

Después de enseñarme las instalaciones, los cachorros y los adultos que tenían, y de charlar un buen rato sobre siberianos, nos sentamos en el comedor a conversar sobre perros.

Entre tanto el pequeño Akela andaba por allí muy contento, revolviendo todo lo que podía, con su rabito muy alto, su barbilla muy alta, y sus orejas muy altas.

La criadora le dio un pequeño peluche, seguramente con la intención de que se centrara en él y dejara en paz la alfombra.

Akela empezó a jugar con el peluche, muy satisfecho con aquel muñeco blandito al que podía clavarle sus afilados dientecitos.

Apareció entonces una hembra adulta, joven, que viendo al cachorro se le aproximó moviendo el rabo, con una gran sonrisa, y tratando de compartir el juego con él.

Akela soltó el peluche, le clavó una mirada fría y dura, apretó los dientes, y saltó sobre la perra, derribándola.

A continuación se colocó sobre ella y le plantó su minúscula dentadura frente a los ojos mientras le gruñía enérgicamente.

Yo no podía dejar de mirar con los ojos muy abiertos, aunque creo que además había dejado de respirar.

“¿Pero qué me estáis dando?”

Creo que nunca había visto a un cachorro hacer algo así.

No recuerdo si la situación se resolvió sola o si la criadora los separó.

Solo recuerdo que me entró algo de acojono por lo que acababa de ver.

Pero Akela tuvo suerte, porque de esto hace tantos años que no existían los programas de la tele que te cuentan que debes ser un “líder calmado y firme”

Y te explican cómo lograrlo estrangulando a tu perro.

Tampoco existía Internet ni un ejército de bienintencionados opinadores que te presionaran para dominar a tu perro.

Especialmente si gruñía.

Cosa que Akela hacía a menudo.

Pero nunca hice nada al respecto.

Porque Akela fue el segundo perro con el que compartí mi vida.

Y tras cagarla en todo lo posible con el primero, había decidido que el problema real era yo.

Y que no iba a repetir los errores que cometí la primera vez.

Pero sobre todo que iba a cambiar totalmente de actitud para manejar y educar a mi perro.

Akela fue un perro bastante tranquilo y educado.

No solía meterse en líos, aunque cuando lo hacía tampoco había mucho drama.

De aquella no solo no existía el perro que iba dominando a los demás a base de peleas.

Es que tampoco existían los “perros agresivos” ni la ley de PPP ni tanta y tanta basura de presión social que nos han ido colando poco a poco.

Por lo que las situaciones que ahora resultan tan tensas y totalmente inaceptables no se veían de un modo tan dramático.

Ojo, no digo que todo dios pasara de todo, ni que los perros pudieran hacer lo que les viniera en gana.

Ni que optáramos por dejarles a su libre albedrío y ya se educarían ellos solos.

Para nada.

Pero tampoco nos íbamos al extremo de pretender que todos los perros fueran de peluche.

Akela fue un excepcional perro de trineo, y un gran perro de compañía.

Con sus buenos y sus malos ratos.

Pero una de las muchas cosas que aprendí gracias a él es la enorme influencia que tenemos las personas sobre la conducta de los perros.

Akela llegó a mi vida avisando de que con un manejo brusco, impositivo o amenazador se podría convertir en una bestia ingobernable y posiblemente atacaría.

Al menos a otros perros.

Pero no fue nada de eso porque yo no hice nada de eso.

Y tengo que decir en mi contra que cometí otros tantos errores (diferentes) con él, pero no fueron ni de lejos tan graves como con mi primer husky.

La genética es importante.

La personalidad es importante.

Las primeras semanas de vida son importantes.

La salud es muy importante.

Pero el manejo cotidiano y el modo en que enfocamos nuestra relación con el perro son definitivos.

Puede que pienses que tu perro necesita mano dura y que le corrijan a cada minuto.

Y no darte cuenta de que toda esa ira y frustración que sientes en cada paseo porque no para de ladrar y gruñir a todo lo que se mueve entre tirón y tirón está relacionado con esa idea.

O quizá pienses que el cariño todo lo puede, mientras tu amigo se lanza a todos los perros que ve y tú te ahogas por la ansiedad en cada paseo sin entender por qué se porta así a pesar de lo mucho que lo quieres.

No sé cuál es tu caso.

Sí sé cuál era mi caso con Akela.

Y cuál es mi caso con mis actuales perros.

Ni mano dura.

Ni el cariño es suficiente (aunque sí es importante).

Ni frustración.

Ni ansiedad.

Lo que hago y no hago cada día determina gran parte de las conductas de mis perros.

Las buenas y las malas.

Lleva un proceso asimilar y aplicar esto a diario, pero se puede.

Y merece la pena.

Puedes mandar la jerarquía a la porra

No necesitas pensar en jerarquías para educar a tu perro

Una vez recuerdo que discutí con un avestruz.

No sé por qué discutíamos, pero discutíamos.

Igual le estaba invadiendo el espacio, en su muy respetable opinión de gallina gigante.

Ella hinchó mucho las plumas y me miró fijamente.

Y yo, como no tenía plumas, puse los brazos en jarras y los sacudí.

Y la miré fijamente, muy concentrada.

Ella elevó el cuello y me miró muy  fijamente.

Yo me puse de puntillas y elevé mi cuello…. ..bueno, todo lo que pude, y la miré más fijamente aun.

Ella estiró el cuello aun  más y estiró las patas todo lo que pudo, y me siguió mirando.

Yo fruncí un poco los labios, así como con mosqueo, porque con ocho años mides lo que mides, y un avestruz con las patas y el cuello a todo lo que dan es muy alta.

Así que la miré aun más fijamente, estiré un brazo todo lo que pude hacia arriba, y puse la mano como si imitara una cabeza de pájaro.

El avestruz abrió mucho los ojos, encogió el cuello, replegó las alas, y se alejó de mí a trote ligero.

Gané.

En fin.

El caso es que fue una discusión estúpida.

A día de hoy no haría algo así, con ningún animal.

Para qué.

¿Para demostrar que yo tenía razón?

¿En qué exactamente?

El avestruz estaba en su casa y por lo que sea yo molestaba.

En lugar de aceptarlo y alejarme, pues hale, a discutir.

Quizá no era consciente del potencial riesgo de discutir con otro animal.

Puede elevar el tono de las amenazas.

O puede decidir que merece la pena darme una lección.

Una de la que no se olvidan.

Esto es algo que seguramente no te han contado los que te cuentan que “debes dominar a tu perro o te dominará él a ti

Que en realidad estás discutiendo con tu perro, y lo mismo él decide que tiene que defenderse.

De ti.

Muchos de los perros que ladran o gruñen a las personas con las que conviven están defendiéndose de ellas.

Sin darse cuenta, las personas han iniciado una discusión, y ese es el resultado.

Luego se sienten muy confusas mientras me preguntan qué tienen que hacer para que su perro no les ladre o les gruña.

O peor, les muerda.

Pues lo mismo que tenía que haber hecho yo con el avestruz, la verdad.

No iniciar una discusión.

Buscar formas más amables de lograr un consenso.

Con tu perro, no con el avestruz.

Con el avestruz lo que hay que hacer es dejarla en paz, claro.

Si hay un conflicto, el que sea, hay que pensar cómo se puede resolver sin que nadie salga herido, física o emocionalmente.

Y si no lo hay pero alguien desde fuera lo provoca con teorías trasnochadas e indicaciones aberrantes, pues a taparse los oídos.

Te sorprendería la cantidad de normas idiotas y límites absurdos que intentas poner en la vida de tu perro porque otros te han dejado caer que hay que hacerlo.

Y te han dejado caer cómo hay que hacerlo.

El resultado es que estás peleando a diario con tu perro.

Y tu perro responde como buenamente se le ocurre.

Igual estás cansada de tanta discusión.

Y de tanta norma ridícula.

Y de tantos pequeños problemas que suman y suman cada día, haciendo que vivir con tu perro sea como vivir con Sheldon Cooper.

Pues tengo buenas noticias: todo eso sobra en vuestras vidas.

Puedes olvidar casi todas las normas, las jerarquías, las dominancias y en general todo lo que tenga que ver con esos asuntos.

Y concentrarte en disfrutar de tu perro y con tu perro.

Y eso no tiene discusión posible.

Tu perro no quiere ser Usain Bolt

Podemos cooperar en lugar competir

 

Mira.

Una de las cosas que ocurre en el mundo del perro es que a menudo los profesionales no colaboramos entre nosotros.

Por lo que sea.

Se supone que todos buscamos el bienestar del perro y mejorar su calidad de vida y tal.

Pero luego cada uno toca la flauta por su lado y eso al final repercute en el perro.

Negativamente, claro.

Sin embargo a veces funciona: nos podemos de acuerdo y trabajamos en equipo.

Y entonces todo va a favor del perro.

Y me encanta cuando eso ocurre.

Una vez me remitieron un perro desde un hospital veterinario.

El perro era un teckel.

Y acudió al hospital para que le resolviesen un problema de oídos.

El perrillo sacudía la cabeza constantemente.

Y eso le provocaba otohematomas.

(Una lesión chunga de las orejas, que se hinchan y molestan mucho y es complicada de corregir).

Pero tras realizar su trabajo, la veterinaria que lo atendió no encontraba ninguna razón física que justificase el constante sacudido de las orejas.

Así que en lugar de pasar del asunto.

O atiborrar al perro de medicamentos que eliminasen los síntomas para parchear.

O simplemente inventarse algo y que el dueño asumiera que “su perro es así y estará haciendo esto toda la vida”.

Me lo mandó a mí.

Ya he descartado cualquier problema físico, así que es un tema de comportamiento, a ver si puedes ayudarle”.

Bien.

Vi al perro.

Hablé con la persona que le acompañaba.

Y me pareció correcto: ese perro mostraba su mala gestión del estrés diario sacudiendo la cabeza a lo loco.

Y eso, unido al hecho de que tenía unas señoras orejotas, provocaba las lesiones físicas.

Así que hay que trabajar sobre el estrés.

Sobre la conducta de sacudir la cabeza no.

Sobre el estrés.

Lo de sacudir la cabeza ni lo tocamos.

Se lo explico a la persona.

Le pongo algunos ejemplos.

Aprovecho un acceso de ladridos del teckel hacia la calle para hacerle una demostración.

La persona entiende y asimila.

Y empieza a trabajar.

A las dos semanas hablamos.

Su perro está mucho más tranquilo.

Casi no ladra.

Duerme mejor.

En la calle va más calmado.

No sé si te has dado cuenta de que el buen hombre en ningún momento consultó nada de eso como un problema.

Y tampoco trabajó directamente sobre nada de eso.

Trabajó sobre la gestión del estrés.

Ah, lo importante.

Llevaba varios días sin sacudir las orejas.

Listos.

Yo me sentí genial.

Y seguramente la veterinaria que lo atendió en primer lugar también.

Trabajar en equipo y cooperando mola mucho.

Y así es como los perros esperan que nos relacionemos con ellos.

En equipo y cooperando.

No compitiendo por todo y enfrentándonos por cualquier cosa.

Los enfrentamientos y la competición constante generan irritabilidad, inseguridad, ansiedad, frustración.

Y las manifestaciones visibles de todas esas emociones chungas son los ladridos por todo, los gruñidos, la tensión constante de la correa.

El destrozarlo todo. El comer todo lo que se  pilla del suelo. El no hacer ni caso.

Montar todo lo que se mueve. Aullar y gemir al quedarse solo en casa. Perseguirse el rabo.

Autolesionarse.

Morder.

Los perros están diseñados para cooperar.

Los humanos estamos diseñados para cooperar.

Todo encaja.

Si necesitas ayuda para que encaje también en tu caso, es justo lo que ofrezco.

En una relación de cooperación  no hay emociones chungas.

Y por lo tanto no hay comportamientos alterados.

Igual te interesaba algo así,