Neka es una mestiza de pastor alemán de cuatro años.

Convive en el jardín de un chalet con Luna, un cruce de cocker que fue recogida de la calle hace dos meses, y tendrá sobre dos años.

Sus dueños son una pareja joven con un niño pequeño.

El problema que tienen es que ambas perras se pelean constantemente, y no pueden estar juntas.

Sus dueños se quedaron con Luna pensando que a Neka le iría bien tener compañía.

Al principio Neka atacaba a Luna en momentos concretos, y Luna se limitaba a chillar y tratar de huir, pero conforme el tiempo fue pasando, Neka va a por Luna nada más verla, y Luna responde a los ataques, pero debido a la diferencia de tamaño, sale mal parada. Ya lleva dos visitas al veterinario por los mordiscos.

Sus dueños quieren acabar con esta situación.

Al estudiar el entorno de ambas perras, nos encontramos con que viven permanentemente en el jardín, sin salir apenas nunca (ahora mismo se turnan en su uso, una en exterior, y la otra en el garaje).

Tampoco tienen acceso a la vivienda, y sus dueños les dedican muy poco tiempo al día, pues ambos trabajan y el niño absorbe todo su tiempo libre.

En cuanto a las perras, Neka tiene una socialización nula con otros perros (se ha criado en ese jardín desde cachorra), se muestra constantemente tensa y vigilante ante cualquier movimiento, ladra con mucha frecuencia, y los dueños nos explican que sigue a Luna a todos lados y la acorrala constantemente, no la deja comer, no la deja acercarse a ellos, en resumen, no la deja vivir. No parece interesada en las caricias (los propietarios la describen como “independiente”).

Luna en cambio muestra ser una perra alegre y con muchas ganas de contacto social. Es muy apaciguadora, un poco miedosa, y recibe con gusto los mimos y las invitaciones de juego.

El problema que vemos es que Neka tiene un importante estrés crónico debido al estilo de vida que lleva y a la falta de estímulos físicos y mentales, unido al aislamiento social al vivir en exterior y sin que le dediquen tiempo de modo regular.

Ese estrés produce irritabilidad, que dirige fácilmente hacia Luna, dado que por otro lado tampoco está habituada a relacionarse con otros perros. Luna simplemente ha intentando apaciguarla, pero Neka no responde a sus señales, por lo que se tiene que defender.

Por lo tanto, hay que replantear el estilo de vida de ambas perras, proporcionándolas estimulación física (paseos diarios) y mental (juegos de distintos tipos, en los paseos y en el jardín, con los dueños, y dejando “tareas” para que realicen cuando están solas).

Plantear la posibilidad de introducirlas en el interior, al menos a ratos, para que puedan compartir las rutinas familiares, estar acompañadas por personas, y establecer un vínculo con sus propietarios, que ahora mismo es bastante débil.

Entre tanto, deben permanecer separadas para evitar repetir las peleas. Plantearemos la reintroducción más adelante, cuando Neka dé muestras de haber rebajado su estrés.

Sin embargo, aunque los dueños dicen comprender que las necesidades de ambas perras no están bien cubiertas (darles agua y comida no es suficiente, las necesidades sociales y emocionales, de juego y de actividad no están satisfechas), alegan no tener tiempo para sacarlas de paseo. Tampoco parecen dispuestos a pasar tiempo con ellas en el jardín, ya que “hace malo” y están cansados tras el trabajo y cuidar del niño.

Meterlas dentro para pasar ese tiempo en el interior no es aceptable, ya que “manchan mucho, sueltan pelo, rompen cosas y además no quieren que se acerquen al niño”.

La opción de recurrir a terceras personas que ayuden (aunque en ese caso el vínculo con los dueños no se vería beneficiado, pero la calidad de vida de las perras sí), como familiares o amigos, también es desechado.

Tampoco admiten contratar a un paseador profesional, porque sería para largo plazo y al menos dos veces al día, y les parece muy caro.

Llegados a este punto, en el que el primer paso, que es mejorar la convivencia entre dueños y perras (y por extensión entre las propias perras), no es viable, porque en realidad los dueños no tienen intención de invertir en dicha convivencia (que actualmente no existe), planteamos las dos únicas soluciones que pueden llevar a cabo: o dividir el jardín y mantenerlas permanentemente separadas (que no recomendamos, la calidad de vida de ambas sería pobre, y para Luna seguramente sería muy injusto. El estrés de Neka, lejos de disminuir, probablemente aumentaría al saber que Luna sigue allí presente). O buscar una familia de adopción para Luna.

Los dueños optan por lo segundo, así que con mediación de una protectora local, es lo que se hace.

Tras unas semanas, Luna encuentra una nueva familia que está dispuesta a cubrir sus necesidades. Tienen ya un perrito de 5 kilos muy sociable, con el que hace migas desde el primer minuto. Así que se la llevan.

Quince días después, hablamos con los dueños de Neka. Obviamente no ha podido repetir las peleas, y los dueños dicen verla “más tranquila”, por lo que quedan contentos así.

La nueva familia de Luna está muy satisfecha con ella, dicen que es una perra estupenda y muy cariñosa, y no detectan ningún problema significativo más allá de un poco de miedo a los desconocidos, que se le pasa rápidamente al darle éstos alguna golosina.

A veces, hay problemas que tienen difícil solución.

Otras veces no hay una voluntad real de solucionar el problema, y lo que se busca es un modo sencillo de hacerlo desaparecer.

En este caso, teniendo en cuenta las circunstancias, seguramente se ha optado por la mejor opción, reubicar a uno de los dos perros, ya que mejorar la convivencia entre ellos requería mucha implicación y trabajo diario, y los errores cometidos durante el desarrollo del protocolo los pagaría uno de los perros, por lo que lo más justo para ellos es deshacer una convivencia que en realidad ninguno de los dos pidió.

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