Una de las situaciones que vives a diario y que nadie te cuenta antes de tener perro es el efecto de la presión social.

 A menos que seas un poco extraterrestre y vivas en un lugar aislado donde nadie te mira ni te juzga, te toca compartir espacio durante más o menos tiempo todos los días con otros seres humanos.

 Y aunque no nos guste, los seres humanos traemos un mecanismo automático de “juzga a los demás” que nos hace ser cotillas y criticones.

 Y además, traemos también de serie otro mecanismo que nos hace ser muy sensibles a las críticas y juicios de los demás.

 De modo que cuando tienes perro, te da la impresión de que todo el mundo te juzga, evalúa y critica en función de cómo se comporta tu perro.

 (Por lo que me han comentado, ocurre exactamente lo mismo cuando tienes niño, qué curioso).

 Y tú haces cosas que ni te gustan ni tienes muy claro para qué sirven (o por desgracia te das cuenta de que solo valen para empeorar la relación con tu perro) solo para encajar en el molde que los demás han fabricado (o que tu cabeza dice que los demás han fabricado), para así evitar que te juzguen y te critiquen.

 De modo que regañas a tu perro, le castigas, le tironeas de la correa, le arrastras de un lado a otro, a menudo sin darte ni cuenta, para evitar el “qué dirán”.

 El resultado es que en lugar de centrarte en lo verdaderamente importante (tu perro) te centras en un montón de desconocidos (o de conocidos que ni siquiera te caen bien).

 Y actúas y reaccionas sin pensar ante cualquier conducta de tu perro que PODRÍA ofender o molestar o ser juzgada por otras personas.

 Sí.

 Es así de idiota y de cruel: ni siquiera hace falta que nadie diga nada.

 Tú supones lo que piensan y en función de eso, actúas y limitas a tu perro y le haces la vida imposible.

 No vaya a ser que te digan algo.

 Eso se llama “creencia limitante” o “barrera mental”.

 Y nos las ponemos nosotras mismas (y no solo en lo que a nuestro perro se refiere).

 Nos hacemos zancadillas a nosotras mismas para intentar agradar a todo el mundo.

 Menos a nuestro perro.

 Que curiosamente es el único importante en esta ecuación.

 Y al único al que deberíamos prestar atención.

 Porque esos desconocidos (o esos conocidos que ni siquiera te caen bien) no estarán a tu lado cuando estés triste.

 Ni cuando te sientas sola.

 Ni cuando hayas tenido un mal día y necesites un par de lametones y un cuerpo suave y calentito a tu lado.

 Tampoco estarán ahí cuando tengas una gripe monumental o cuando ocurran cosas verdaderamente importantes en tu vida.

 Y lo que es mejor, tu perro, el que siempre estará ahí, nunca juzgará nada de lo que hagas ni te criticará.

 Así que, ¿en quién debes centrarte?

 En tu perro.

 ¿Y a quién debes ignorar?

 Al resto del mundo.

 Y te voy a dar una buena razón para ello.

 No es una razón agradable, pero a menudo las verdades importantes no suelen serlo.

 El resto del mundo pasa bastante de ti.

 En serio.

 Aunque parezca que te miran mal.

 Incluso si alguno llega a “decirte algo”.

 En realidad no les importas nada.

 Ni tú ni tu perro.

 Está todo en tu cabeza.

 Es una manera (un tanto triste) de sentirnos importantes.

 Pensamos que nuestra vida y nuestra presencia les importa a los otros.

 Pero en general, a los otros solo les importa una cosa: ellos mismos.

 Puede que en algún momento dado alguien se te quede mirando con mala cara.

 Pues es posible que en realidad no te mire a ti, sino en tu dirección.

 Y que su mala cara se deba a algo que le preocupa y en lo que está pensando en ese momento.

 El resto te lo imaginas tú (eso te hace sentir importante, aunque sea a malas: ey, mira, alguien se interesa por mí, soy importante).

 Pero no.

 Y si estás pensando en ese señor o señora que sí te dijo algo desagradable una vez, puede ser que simplemente odie a los perros (y por extensión, a cualquiera que tenga perro).

 Y por lo tanto no le molestas tú, le molesta la cuarta parte de la humanidad (y justo pasaste por delante de él).

 Pero lo suyo no es nada personal contigo.

 Es un amargado y descarga contigo.

 Luego descargará con algún niño que corretee por la calle, y luego contra una bicicleta que invade la acera.

 De ti se olvidó en cuanto se cruzó con el niño.

 Es decir, incluso la persona que se tomó unos segundos para recriminarte que tu perro hace o deja de hacer algo, se olvidó de ti un minuto después.

 Así de importantes somos para los desconocidos que nos cruzamos cada día.

 Y así de importantes deberían ser para ti.

 De modo que esa barrera mental que impide que actúes con tu perro como realmente él necesita debe ser derribada ya.

 Empieza a pensar que en realidad a los demás no les interesas ni tú ni tu perro.

 Que tienen sus propios problemas, y que por otro lado ni siquiera es asunto suyo.

 Y cuando tu perro se comporte de un modo “inadecuado” (según un patrón de conducta basado en los perros Disney, que te recuerdo que no existen), céntrate en pensar y en evaluar porqué lo hace y cómo puedes ayudarle.

 Si es que su conducta es realmente un problema.

 Si simplemente está actuando como un perro pero no hay problema ninguno (más allá de que tu perro no está siendo “políticamente correcto” según los parámetros humanos), entonces déjalo estar.

 O disfruta de sus conductas de perro.

 Te pongo un ejemplo de algo que me pasó una vez en una calle céntrica.

 Iba con mis tres perros (un husky y dos galgos).

 Al llegar a un semáforo, íbamos a cruzar la calle.

 Esperando para cruzar estaba una señora con su perro, un mestizo de caniche de unos 6 kilos.

 Yo pensaba que conocíamos al perro (aunque no a la señora), así que dejé que mis perras se acercarán sin más.

 Y no me percaté de que el caniche estaba abstraído, y no nos había visto llegar.

 Y la señora tampoco, a todo esto, pero no suelo fijarme en la gente.

 Así que mis perras le olieron el trasero a la otra, mientras la caniche se daba la vuelta sobresaltada y se llevaba un susto de muerte.

 Empezó a gritar, y mis perras, asustadas también por su reacción, saltaron sobre ella.

 Dos perras de veintitantos kilos sobre una perra de seis.

 Y todo por un error mío.

 Así que en lugar de fijarme en el qué dirán, en pensar “qué van a decir todos de mí. Me están mirando” y gritar y regañar y tironear de la correa a mis perras, hice lo que me pareció mejor para los perros implicados, sin preocuparme en ningún momento de las persona que nos rodeaban.

 Solté las correas, me eché literalmente sobre la caniche, e hice una “bola” con mi cuerpo sobre ella, cubriéndola por todos los ángulos posibles.

 De ese modo me interponía entre esa perra y las mías, pero ningún perro sufría en el proceso: ni tirones ni gritos ni golpes ni arrastres.

 Pedía calma a mis perras mientras protegía del susto a la pequeña caniche.

 Tenía muy claro que no le harían daño físico, pero sí pueden causar un daño emocional importante a otros perros, y eso también hay que evitarlo.

 Y así me quedé, de espaldas a mis perras, de cuclillas en el suelo, con la caniche casi en mi regazo y esperando.

 Mientras el mundo se paraba a mi alrededor.

 Y seguramente TODOS me miraban.

 Pero a mí me daba igual.

 Porque estaba poniendo el foco en lo importante: había metido la pata hasta el fondo, mis perras no conocían de nada a esa otra perra, y todas se habían asustado mutuamente en un lugar y en un momento en que no podían moverse con libertad para resolver aquello sin mayor complicación.

 Y los tres perros implicados eran mi prioridad en ese momento.

 Todo esto que relato sucedió  en apenas unos segundos, 🙂

 Al poco de cubrir a la perrita, mis perras captaron el mensaje y se calmaron, quedándose quietas tras de mí.

 Y al levantar la cabeza, me fijé que efectivamente el mundo sí se había detenido un poco en ese momento: un amigo había visto el jaleo, y dado que estaba conduciendo, había parado su coche en el sitio, y se había bajado a echar una mano.

 Deteniendo todo el tráfico con su acción.

 Otro al que tampoco le importa nada el qué dirán, le importan los perros.

 Cuando llegó a mi lado y le vi, aparte de saludarle con total naturalidad, le di las gracias y le indiqué que ya lo tenía todo resuelto.

 Y fue cuando me percaté de que su coche estaba con el motor en marcha y la puerta abierta bloqueando la calle, 🙂

 En fin.

 Si eso no es dar la nota y que todo el mundo te mire (te juzgue y te critique), nada lo es, jajajaja.

 Pero estoy totalmente segura de que ninguno de los que estaban allí en ese momento se acuerdan de nada de todo esto.

 Salvo quizá mi amigo, 😉

 Y yo sí me acuerdo.

 No porque me avergonzara.

 Al contrario.

 Lo recuerdo porque supe resolver en unos segundos una situación muy delicada que yo misma había provocado.

 Y los perros implicados pudieron salir airosos de la situación sin que supusiera un conflicto importante para ellos.

 Pero sobre todo, me acuerdo porque me importa mucho lo que mis perros piensan de mí, y en aquel momento conseguí que pensaran bien.

 Porque les puse como prioridad.

 La dueña del caniche, a todo esto, permanecía en silencio y en segundo plano.

 Eso también fue una gran ayuda.

 Aun no sé si lo que me dijo es verdad, o simplemente estaba tan asustada que no fue capaz de reaccionar.

 Cuando le pedí disculpas y le expliqué que me había equivocado y que todos  los perros se habían asustado por el error, y de ahí todo el enredo, me dijo: “bueno, sé quién eres, y cómo en seguida actuaste, preferí dejarte hacer a ti, porque pensé que sabías lo que hacías”.

 Después de aquello nos cruzamos varias veces más.

 La caniche se hacía un poco la sueca, y mis perras simplemente la ignoraban.

 Y la señora me saludaba con una sonrisa.

 Como verás, monté un buen espectáculo en plena calle, y en ningún momento me preocupé ni actué movida por lo que los demás pudieran pensar de mí.

 Porque algo que tengo muy claro desde hace tiempo es que hay que delimitar problemas.

 Yo me hago cargo de los míos, y los demás deben ocuparse de los suyos.

 Y lo que los demás puedan pensar de mí, si es que realmente están pensando algo que dure más de 10 segundos, es problema de ellos, no mío.

 Yo no puedo dirigir los pensamientos de los demás.

 Así que no debo preocuparme por ellos.

 Solo debo centrarme en mis perros.

 Y sí, en los perros de los demás, si acabo de meterlos en un conflicto, 🙂

 ¿Cuáles son tus barreras limitantes cuando sales a la calle con tu perro?

 ¿Eres consciente de las cosas que no le dejas hacer o que le obligas a hacer a tu perro condicionada por el “qué pensarán de mí”?

 Te animo a que empieces a focalizarte en tu perro y en lo que siente y necesita, y dejes a los demás que se ocupen ellos mismos de lo que sienten y piensan.

 Porque ese es su problema, no el tuyo.

 Es un cambio que parece no tener nada que ver con perros, pero va a mejorar mucho la relación con tu amigo.

 Ni te puedes imaginar cuánto.

 Y aquí tienes una de las CLAVES para convivir con tu perro.

 Que la presión social te resbale y que te preocupes más por lo que tu perro piensa de ti que por lo que piensa el vecino del quinto.

No es fácil, es cierto.

Y no lo es porque está en nuestra naturaleza sentirnos así.

Pero eso no quiere decir que no se pueda cambiar.

¿Y sabes lo mejor?

Cuando lo consigas, te vas a quitar un gran peso de encima.

Y tu perro te va a mirar con otros ojos.

En serio.

Si no sabes ni por dónde empezar, a lo mejor puedo orientarte.

 

 

Irene
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