Necesitas entender a tu perro

 

En el puente aproveché para ir a visitar a mi padre.
 
Que le veo menos de lo que me gustaría porque Brianna lo pasa mal en entornos urbanos.
 
Y lo pasa aun peor en los ascensores y en los sitios con suelo de parqué.
 
La ves feliz y cachorril corriendo por la playa o siguiendo rastros por el bosque.
 
Y preocupada y seria en las calles de la ciudad.
 
En el ascensor directamente le castañetean los dientes y tiembla como una hoja.
 
Ha mejorado desde la primera vez que ni entraba en el ascensor, pero lo paso mal cuando la veo así.
 
Esta actitud es frecuente en perros con problemas de locomoción.
 
Lo de ser reacios a moverse en suelos de cierta textura o por sitios donde los suelos son de diferentes materiales.
 
Brianna encaja en ese perfil, por eso tenemos un techo en lo que a mejorar ese miedo se refiere.
 
(Aunque estoy haciendo algunos experimentos que parece que le ayudan)
 
Lo de ir a disgusto por el entorno urbano le pasa más bien a perros campestres.
 
Como los galgos.
 
Vaya, Brianna también encaja en ese perfil.
 
Bueno, el caso es que llego a casa de mi padre, con los tres perros, la bolsa con mi equipaje, la bolsa con el ajuar de los chuchos, las camas de los animalitos, y pensando en porqué la evolución no nos puso cuatro manos, que ahora me vendrían de fábula.
 
Entro en el ascensor, lo lanzo todo al fondo sin muchos miramientos, miro que los perros estén dentro y aprieto el botón.
 
“¡Mierda, le he dado al primero!”
 
Y es el segundo.
 
Señores que diseñan ascensores: debería existir un botón o un modo de desbloquear un piso que se ha pulsado incorrectamente.
 
Así nos ahorraríamos las esperas idiotas de puertas que se abren y se cierran sin que nadie entre o salga.
 
Sobre todo si los que han pulsado el botón han sido críos y le han dado a todos los pisos.
 
Ahí dejo la idea.
 
El caso es que llegamos al primer piso, y estiro las piernas de modo extraño intentando bloquear el paso de mis perros, para que no salgan.
 
Y casi lo consigo.
 
Jimena se escurre como una anguila y se va al descansillo de la primera planta.
 
Y para cuando quiero llamarla, las puertas ya se han cerrado de nuevo y nos vamos.
 
Uuppss.
 
Llego a la segunda planta, saco todos los bártulos, salen los perros, y oigo ladrar a mi princesa.
 
Y con el eco de las escaleras, no veas cómo retumba.
 
Vale, chicos, esperadme ahí un momento que voy a buscarla
 
Bajo por las escaleras, que resulta que tienen puertas, por lo que no están fácilmente accesibles desde el descansillo.
 
Es decir, para Jimena esas escaleras no existen.
 
No las conoce y no puede acceder a ellas.
 
(Le ha costado ocho años abrir con la pata una puerta entornada, imagina si tiene que manipular un picaporte)
 
Así que llego a la primera planta, abro la puerta, y aparezco justo tras su trasero.
 
Ahí está la pobre, mirando fijamente la puerta del ascensor.
 
Convencida de que nos hemos ido sin ella a alguna parte.
 
Que en cierto modo es lo que ha ocurrido.
 
La llamo.
 
Ni gira las orejas.
 
Para mí que esta perra se ha quedado sorda con los años y no me he dado cuenta.
 
(Es que en realidad nunca me hace mucho caso cuando la llamo, la verdad, pero eso nunca ha sido un problema para mí)
 
La llamo otra vez, hago ruiditos, y nada, sigue mirando la puerta del ascensor.
 
La toco suavemente, y se da la vuelta en cero coma tres segundos.
 
Entre mosqueada y sorprendida.
 
Ah, si estoy aquí.
 
Venga, anda, vamos para casa.
 
Entra en la zona de escaleras.
 
Y se va hacia abajo.
 
Jajajajaja.
 
Creo que piensa que hemos vuelto a ir todos a la calle.
 
Lo de la planta equivocada ni se lo plantea.
 
Seguramente en su cabeza no existen las plantas.
 
Solo una puerta por la que entras a una caja.
 
Y cuando sales estás en la entrada de una casa.
 
Y ya.
 
Yo subo, y en seguida se da cuenta y cambia de dirección.
 
Bueno.
 
Lo más probable es que Jimena no entienda en absoluto cómo funciona un ascensor.
 
Pero no le hace falta para poder usarlo.
 
Ahora bien ¿sabes quién sí necesita entender a su perro para poder convivir tranquilamente con él?
 
Cualquiera que conviva con un perro.
 
Cuando comprendes cómo razona un perro, por qué se porta como se porta y cuáles son sus conductas normales, todo cambia.
 
Tu perspectiva se ajusta más a la realidad.
 
Tus expectativas se aproximan más a lo que tu perro puede dar.
 
Te resulta mucho más sencillo gestionar las situaciones cotidianas, en casa y en la calle.
 
Y si algo no sale bien, puedes fácilmente detectar por qué y mejorar para la siguiente vez.
 
Muchos de mis clientes se sienten muy aliviados cuando empiezan a entender a sus perros.
 
Lo que hacen y por qué lo hacen.
 
Y curiosamente muchos de los problemas dejan de serlo cuando esto ocurre.
 
Otra carga que se quitan de encima.
 
A lo mejor tú estabas buscando algo parecido.
 
Vives cada día con tu perro entre el estupor y el desconcierto, y eso te genera ansiedad.
 
Pues con eso puedo ayudarte.

Irene
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