Lo mismo no es buena idea que te acompañe a TODAS partes

 

Hace poco, tras pasear con mis perros, me he acercado al Decathlon.

Necesitaba unas botas de agua finas. Tengo unas tipo pocero, pero forradas por dentro.

Y cuando la hierba de la finca está mojada en verano tengo que elegir entre empaparme los pies o cocérmelos.

Así que he pensado que igual mejor unas botas donde mantener los pies secos y más o menos ventilados.

He tardado unos cuatro minutos en ir a por las botas (sabía dónde estaban) y elegirlas.

Tampoco es que te ahoguen con opciones, lo cual está bien, odio la parálisis por análisis.

Me hace sentir idiota.

Luego lo de pagar no ha sido tan rápido, parece que todo el mundo ha decidido que el miércoles a las 12 es un buen momento para comprar allí.

Así que a esperar.

Tras un rato de curiosear lo que puedo ver desde mi sitio, me adelantan tres personas.

Dos chicas y un chico.

Hablan español, pero tienen un ligero acento que no sé reconocer.

Pero la razón por la que me fijo en ellos es porque llevan tres perros.

Ahora ya tengo algo interesante que mirar.

Llevan dos chihuahuas de pelo largo y un ratonero de unos 5 kilos.

Y se colocan en la cola de pago con tarjeta.

Que también es un rato larga.

Los chihuahuas parecen un poco desorientados con tanta luz y tanto movimiento de piernas a su alrededor.

Los pobres no creo que vean mucho más desde su escasa altura.

Pero el ratonero es otra historia.

Está gritando su incomodidad a los cuatro vientos.

Aunque nadie le escucha, claro.

Bueno, yo, pero no le sirve de nada.

Tiene el rabo bajo, con esa posición típica de “yo lo subiría pero estoy desbordado”

La base está horizontal, y sigue así unos centímetros.

Para luego caer en picado hacia el suelo.

Sin meterse entre las patas.

Su cara es el vivo retrato de la preocupación.

Labios apretados.

Mirada huidiza.

Ojos como platos.

Ceño fruncido.

Y orejas como alas de aeroplano.

Por si eso no bastara, tira de la correa.

En concreto, tira hacia la calle.

Que la tiene a solo diez metros.

El perrillo tira y tira, mientras intercala miradas.

Ahora hacia su humana.

Ahora hacia la calle.

A su humana.

A la calle.

A su humana……

Solo le falta un cartel de neón para que esté más claro.

Pero su humana no escucha.

Se cansa de la tensión de la correa, y da dos secos tirones colocando al perrillo a su lado.

El perro encoje el cuerpo como si le hubiesen dado una patada.

Menos mal que lleva un arnés.

Seguramente no es dolor físico lo que ha expresado con ese encogimiento.

Será más bien dolor emocional.

Por estar a la fuerza en un sitio donde no quiere estar.

Y por la incomprensión de aquella que seguro dice quererle mucho, pero no se está preocupando por su bienestar en esos momentos.

Hay una pared entre ese perro y la humana.

Claro que el chico decide que ella no está controlando adecuadamente al perro y pone orden.

Toma la correa de su mano y da otro tirón.

Arrastrando al perro a sus pies.

Entonces el perro simplemente se rinde.

Le cambia la cara.

Ahora es de absoluta resignación.

Ya no se mueve.

No tira de la correa.

No intenta alcanzar el objetivo, tan cercano.

No mira a ninguno de los humanos que le acompañan.

La comunicación simplemente se ha roto.

Hay mucha gente que confunde esta actitud con “calma”

Ahora el perro está tranquilo, verdad?

Pero no. No es eso para nada.

Los perros como ese solo muestran un absoluto abatimiento en esos momentos.

Un dejarse llevar por los acontecimientos.

Puesto que nada de lo que hacen sirve para nada.

Ese es el paradigma de la educación canina más popular.

“Promover” la calma en los perros simplemente ignorando sus peticiones, impidiendo todas sus iniciativas, interrumpiendo cualquier comunicación.

Eso no es calma, es rendición ante el abuso y la indiferencia.

No caigas en ese truco de feria.

Para los humanos es cómodo.

El resultado es agradable y el esfuerzo que hay que invertir, escaso.

Pero en serio, no es tan complicado hacerlo mejor.

Solo hay que fijarse.

Y pensar en que a nadie le gusta que le obliguen a ir a lugares donde se aburre o se siente incómodo.

Igual tu perro no disfruta nada mientras tomas un café en una terraza.

O cuando te lo llevas de compras.

O cuando…..

Solo hay que escuchar para saberlo.

Y ser generosa para aceptarlo y darle una salida que le haga sentir mejor.

Hay otras muchas cosas que podéis hacer juntos.

En lugar de pedir a un profesional que solucione lo de no poder tomarte un refresco tranquila en una cafetería porque tu perro ladra a todo y arrastra la mesa a donde le has amarrado.

Esos pequeños detalles marcan la diferencia en una relación.

Y tu perro puede mejorar mucho sus comportamientos en contexto cotidianos solo cuidando los pequeños detalles.

Tengo un servicio donde hablamos de pequeños detalles.

Y de cuestiones importantes para tu perro.

Igual no conseguimos que se tumbe tranquilo mientras tomas unos pinchos.

Pero seguro que cuando veas lo que yo veo en esos perros abatidos y sepas que el tuyo no se siente así, no te preocupa en absoluto.

Y si quieres saber cómo funciona, tendrás que apuntarte a los correos que mando.

Todos los días, con historias y reflexiones como la que acabas de leer.

Y de paso, te mando un libro, uno donde te cuento algunas ideas para mejorar la convivencia con tu perro.

Solo tienes que darle al botón, y a ver qué pasa.

Irene
Estoy en:
error: Este contenido está protegido