La calma no es un ejercicio de obeciendia

 

Es la hora del paseo.

Sales a la calle con tu perro, que se pone medio loco de contento cuando te ve coger la correa y el collar.

Normalmente no tienes muchas ganas de salir a pasear, pero los últimos días has estado probando lo que te han dicho de darle unos premios bien ricos a tu perro cuando crees que se va a alterar.

Y la verdad es que está yendo bastante bien.

Eso te emociona y te entusiasma a partes iguales.

El paseo discurre con bastante calma, y efectivamente tu perro se porta bien.

Ha visto varios perros y apenas les ha prestado atención.

Un par de bicis, y solo ha hecho un amigo de lanzarse a por ellas, pero con el trocito de queso parece que se le ha olvidado.

Y ya vas de vuelta para casa, toda contenta.

Parece que lo de distraerle con comida funciona.

Pero poco antes de llegar al portal, te tropiezas con una señora con su perro.

Ese perro ladra y da tirones de la correa.

Y el tuyo se pone casi a dos patas y no te caes al suelo de puro milagro.

Te cuesta un mundo sacarlo de allí, y por supuesto el queso ni lo mira.

Cuando por fin llegas al portal te sientas exhausta en los escalones.

Te sientes agotada y frustrada.

Pero sobre todo, te sientes profundamente decepcionada con tu perro.

Si todo iba tan bien, ¿a qué ha venido ponerse así de pronto?

¿Por qué con los otros perros y bicis el queso te valía y con ese no?

Tampoco te ha hecho nada, no?

Bueno.

Esta  historia me la han contado unas cuantas veces.

Tanto clientes como personas que me conocen y quieren desahogarse.

Quizá sea tu caso.

Tal vez te haya pasado a ti alguna o muchas veces.

O igual no.

No lo sé.

Yo voy a hacer de abogado del diablo y plantear una sencilla pregunta:

¿Cómo crees que se siente el que va al otro lado de la correa en ese mismo instante en que tú estás decepcionada y frustrada?

Yo te lo digo: exactamente igual que tú.

Frustrado porque pensaba que había logrado comunicarse contigo, que entendieses lo que le pasa.

Y tras ese episodio ha visto que no es así, que era un espejismo.

Y decepcionado porque le habías hecho una promesa: fuera malos rollos y vamos a mantener la calma.

Él se ha esforzado.

Pero no es tan fácil, no.

A ver, mantén la calma, es una auto-orden.

La siguiente vez que te veas arrastrada a un concierto de tirones y ladridos, mantén la calma.

¿Podrás?

Seguramente no.

Tu perro tampoco.

Es necesario, claro, pero no se consigue simplemente diciéndoselo a uno mismo o diciéndoselo al perro.

Por mucho que te lo vendan por ahí, mantener la calma cuando tu perro enloquece es poner el listón muy muy alto.

La calma hay que cultivarla en otros momentos y en otros contextos para luego poder tirar de ella cuando el entorno se desmadra.

Y por eso los problemas como “le ladra a todo en la calle” no se trabajan cuando el perro le está ladrando a todo en la calle.

Porque ni tú ni él sois capaces de mantener la calma en ese instante.

Se trabajan en otros contextos.

Bajando mucho el listón.

Creando calma de modo cotidiano en momentos cotidianos.

Eso ayuda a mantener la calma cuando a tu alrededor las cosas empiezan a desmandarse.

Y vale también para tu perro.

Os ayudo a calmaros

Irene
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