Ni te das cuenta, pero lo que haces tiene consecuencias

 

No sé si has pensado alguna vez en los peligros invisibles.

Hay unos cuantos, pero no solemos reparar en ellos, porque, bueno, son invisibles.

Su efecto se nota mucho tiempo después de haberte expuesto.

En nuestro entorno tenemos unos cuantos en los que fijarnos.

Por ejemplo.

Una vez iba paseando por la calle con mis perros, por una zona donde solía pasear.

Y había una casa, decrépita y con el tejado medio hundido, que estaban derribando.

Querían usar el terreno, bien ubicado, para hacer unos cuantos pisos.

Todo correcto.

El caso es que un par de días después, el solar cubierto de escombros está rodeado por una valla de esas de reja y unos carteles que ponen:

“PELIGRO: AMIANTO”

Y se quedaron tan anchos los que pusieron el cartel.

Pero espera, que hay más.

Unos días más tarde, vuelvo a pasar por la zona, y veo algo.

Algo que hace que me lleve las manos a la cabeza.

Una familia gitana al completo, churumbeles incluidos, están dando saltos por encima de los escombros.

Mientras uno de ellos, que está junto a una furgoneta destartalada, les da indicaciones sobre dónde deben buscar.

Ahí están todos, revolviendo los escombros a la caza de algo que les pueda resultar útil.

Con la valla abierta, y el cartel ignorado.

Normal.

Eso del amianto es para nenazas.

Es un peligro invisible.

Tu te plantas allí, y no pasa nada.

Y seguramente no pase nada en mucho tiempo.

Pero al final sí que pasa, sí.

Otra cosa es que lo asocies con aquello.

A menos que un médico te lo deje caer.

Demasiado tarde.

La lógica me dice que ese lugar debería haber estado bien cerrado.

Con una valla sólida de varios metros de altura modelo “cárcel inexpugnable”.

Y quizá con algún guardia de seguridad que se pasara por allí de vez en cuando.

Y una lona gruesa e impermeable cubriendo los cascotes.

Por si hace viento y tal.

No sé muy bien cómo va lo del amianto, pero puesto que el riesgo es respirarlo, es lo que me dice la lógica que habría que hacer.

Y no confiarlo todo a un cartel y al sentido común de los que pasen por allí.

En la convivencia con tu perro hay muchos peligros invisibles.

No los ves, te parece que no pasa nada, pero sí.

Te dicen que hagas esto o aquello, y resulta que vas acumulando peligros invisibles.

Ese tirón de correa porque ladró.

Ese collar de ahogo que te dieron porque tira mucho.

Ese chistar cada vez que gruñe al peinarle.

Esa pelota lanzada 80 veces por hora para que se canse.

Esas dos horas de parque canino diario para que juegue y socialice.

Todo eso son peligros invisibles.

Parece que en el momento no pasa nada.

Y no pasa.

Pero luego sí.

A veces unos días después.

A veces semanas o meses después.

Cuando es imposible asociarlo a lo que está ocurriendo.

Y está ocurriendo que tu perro “se vuelve”.

Se vuelve reactivo.

Se vuelve agresivo.

Se vuelve hiperactivo.

Se vuelve “dominante”

Se vuelve.

Así que ya sabes.

Si pensabas que por un tirón.

O por un ¡EY!

O un “cchssssss”

O por todos esos detalles cotidianos que crees que te ayudan a educar a tu perro.

No pasa nada.

Lo mismo sí que pasa.

Y lo mismo tienen algo que ver con que estéis donde estáis.

Ojo, que hay más razones.

Muchas más.

Yo hoy quería hablarte de estas.

Para que no las infravalores.

Y seas consciente de que existen, y están ahí.

Como el amianto.

Impregnándolo todo.

Si te gustaría erradicar de vuestra vida estos peligros invisibles.

O revertir sus efectos.

Puedo echarte un cable.

Irene
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