Cómo ser un referente emocional para tu perro

 

Hace algún tiempo conviví con un husky llamado Yarok.

Yarok era un perro grandote, rubio y de carácter pausado y tranquilo.

Como suelen ser todos mis perros, en realidad.

Así que creo que eso dice más de mí que de mis perros.

Bueno.

El caso es que recuerdo un día paseando por la playa, que se hizo amigo de un dogo alemán.

Como buen dogo, pues era muy grande. Y todo lo que tenía de grande lo tenía de inocentón.

Era solo un cachorro de 10 meses.

Yarok le echó un par de miradas intimidatorias cuando se conocieron, para dejarle claro que él no era un juguete de peluche, pero que si le respetaba el espacio, podían ser amigos.

Y el dogo aceptó encantado

Así que ahí iban los dos, correteando e investigando juntos por la arena y las rocas.

Ah.

No lo he dicho, pero Yarok odiaba el agua.

He vivido con huskies que ni fu ni fa, y con otros a los que les encantaba darse baños y nadar como los patos.

Pero Yarok no era de esos.

El agua para los peces, debía de pensar.

Beber, y ya. Incluso en verano.

Bueno.

El caso es que mientras paseábamos, el dogo se detuvo frente a una poza enorme y profunda que había quedado en la arena al bajar la marea.

Y empezó a ladrar a todo pulmón. Y un bicho de 60 kilos tiene mucho pulmón.

Miré a ver qué pasaba.

Yarok miró a ver qué pasaba.

Una bolsa de plástico.

En mitad de la poza.

Flotando indolente y tremendamente amenazadora.

A ojos del cachorro, claro.

A mis ojos solo era una bolsa.

A los ojos de Yarok, era un contratiempo.

Miró la bolsa unos segundos evaluando su peligrosidad.

Miró al dogo unos segundos, evaluando el aprecio que le tenía y el compromiso que había establecido con él.

Y yo le miré a él mientras me reía disimuladamente y esperaba a ver cómo resolvía la situación.

Se lo pensó un poco más, puso cara de resignación, y se dirigió hacia el agua.

Mientras tanto su amigo no le quitaba el ojo de encima, y seguía ladrando y dando botes en la orilla de la poza.

Yarok entró en el agua, caminó dentro del agua, empezó a nadar cuando no pudo seguir andando y enfiló hacia la bolsa de plástico.

La atrapó con la boca, y volvió nadando hacia la orilla.

La verdad es que se le veía algo mosqueado, jajajajajaja.

Salió del agua, soltó la bolsa delante del dogo, y se tomó su tiempo para sacudirse todo el líquido que llevaba encima.

Entre tanto, el dogo, con una cara que oscilaba entre la expectación y la ilusión, dejó de ladrar, se acercó al trofeo, y lo olió con mucho detenimiento.

Le hizo un par de fiestas a mi perro, y siguió con su paseo.

Yarok me miró unos segundos, con la expresión tensa.

“¡¡¿Qué?!!”

No, nada” (mientras me aguantaba la risa)

Y seguimos paseando también.

A veces es duro ser un referente, alguien a quien otros puedan tomar de ejemplo y en quien puedan confiar.

Pero todos necesitamos alguien así en nuestra vida.

Tu perro también. Sobre todo tu perro.

Yarok no eligió morder al dogo para que no ladrase.

No le dio un empujón para que cerrara la boca.

No le dio la espalda, ignorando su reacción de alarma ni su malestar “para no reforzar sus ladridos y evitar así que luego ladre para todo”.

Tampoco le tachó de tonto, miedoso, cobarde o exagerado.

Para nada.

Yarok eligió escuchar al dogo.

Eligió no juzgarle ni darle la espalda.

Eligió ayudarle a superar su miedo, aunque él pensara que era un miedo estúpido y sin fundamento.

No trató de convencerle de que era un miedo estúpido y sin fundamento.

Se lo demostró, sin forzar ni exigir.

Simplemente dio ejemplo.

Aunque para ello tuvo que meterse en una situación realmente desagradable e incómoda para él.

Y gracias a eso, fortaleció la relación con el otro perro, sin esperar nada a cambio.

Solo porque quería ayudarle a ser un perro más seguro y tranquilo.

Como lo era él.

Tú puedes hacer lo mismo por tu perro.

Es lo que está necesitando.

Que le escuches, que le apoyes, que le des ejemplo. Que no le juzgues y que le ayudes.

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Irene
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