Dos pilares para la convivencia con perros

 

Recuerdo un cuento que me leía de pequeña.

De muy pequeña.

De hecho, el cuento tenía muchos dibujos enormes y poca letra.

Quizá por eso lo recuerdo, no sé.

Iba de dos tortugas que estaban casadas.

El señor Tortugo quería mucho a la señora Tortuga.

Y la señora Tortuga, pues también quería mucho al señor Tortugo.

Una vez casados y metidos en sus rutinas habituales, el señor Tortugo se iba a diario a trabajar.

Y la señora tortura pues se quedaba aburrida esperando a que el señor Tortugo volviese del trabajo.

Supongo que no tiene sentido hacer de ama de casa cuando la casa la llevas puesta.

El caso es que el señor Tortugo se preocupaba por la señora Tortuga.

O quizá era porque pasaban poco tiempo juntos, no sé.

Y decidió llevarle un regalo.

Un collar de perlas.

La señora Tortuga se puso muy contenta.

Y se colocó el collar.

El señor Tortugo pensó que era una buena manera de tener entretenida a su señora.

Y de compensar el tiempo que la dejaba sola.

Así que empezó a cubrirla de regalos.

Que si un reloj.

Que si un libro muy gordo.

Que si calzado deportivo.

Que si un aparador.

Que si un trasto tras otro.

Pero como no tenían casa, y el señor Tortugo opinaba que la señora Tortuga era muy despistada.

Pues iba amarrando cada regalo al caparazón.

Es para que no lo pierdas todo, mi amor

La señora Tortuga al principio estaba contenta con los regalos.

Pero en cuanto empezó a ver que se convertían en costumbre.

Y que su caparazón estaba cada vez más cubierto de trastos.

Dejó de estar tan contenta.

Llegó un momento en que apenas podía moverse.

Y el señor Tortugo seguía con sus regalos.

Era surrealista, el aspecto de la señora Tortuga con docenas de cacharros, a cada cual más absurdo, formando una inmensa pila sobre su concha.

Un día el señor Tortugo llegaba de trabajar todo contento con el enésimo regalo.

Y se encontró un caparazón vacío.

Con todos los chismes atados sobre él.

La señora Tortuga había tomado una decisión.

Y se había marchado.

Ella sola.

Sin trastos.

Sin caparazón.

Sin el señor Tortugo.

Libre al fin.

Bueno.

Hay personas que intentan comprar a sus perros, sin darse cuenta.

Que les colman de regalos o de premios a todas horas.

Si conseguir que una relación funcione fuese una cuestión de premios.

Los que tengan más pasta o más creatividad serían los mejores, y a los demás nos podrían ir dando, que nos quedaremos solos.

Pero eso no es así.

Lo sabemos todos.

Piensa.

Está claro que todos agradedemos un buen regalo.

Pero no queremos más a una persona porque nos haya hecho un buen regalo.

Es más, si alguien te cubre de regalos, empiezas a sospechar que ha hecho algo horrible a tus espaldas.

O que quiere algo (muy gordo) de ti.

No es una base sólida para una buena relación.

Los perros saben mucho de eso.

De regalos, no.

De relaciones.

Y la base que ellos ponen tiene dos pilares: 

1- Estar ahí, apoyando al otro.
2- Evitar conflictos, a toda costa.

Y ya.

Mira que es sencillo, eh?

Pues a las personas no nos suele salir bien.

Igual a ti te ocurre.

No te sale.

Piensas que a tu perro te lo ganas con chuches, y como se le ve contento y apegado a ti, es que está funcionando.

Y el día que se te olvidan las chuches en casa, te da un ataque de ansiedad.

Pensando que ese día tu perro ya no te querrá.

No querrá estar a tu lado.

No te mirará dos veces siquiera.

Perderás el (poco) control que tenías sobre él.

Y eso le hunde el mundo a cualquiera.

Pues igual es hora de replantearse este asunto.

Y dejar las chuches en casa.

A propósito y para siempre.

Y enfocarse en los dos pilares.

A ver qué pasa.

Puede que te sorprendas.

 
Irene
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