Mi perro tiene miedo a los niños

 

Willow, el husky con el que convivo ahora, le tiene miedo a los niños.

Es uno de tantos miedos que traía cuando entró en mi vida.

Pasamos varios meses trabajando aquello, recuerdo.

Porque cuando tienes pinta de osito de peluche, los niños vienen hacia ti como si fueras un helado de chocolate en un día soleado.

Y no es plan que te pases el resto de tu vida atemorizado por eso.

Así que trabajamos juntos ese tema, y podemos decir que lo tiene superado.

Pero no es del todo cierto.

Los miedos no se superan.

Están ahí para algo, tanto si son prácticos como si son inútiles o limitantes.

Los miedos simplemente se afrontan.

Se aprende a convivir con ellos y a impedir que controlen tu vida.

Con eso basta.

Así que Willow tendrá miedo a los niños toda su vida.

Pero lo tiene controlado.

Y además, me tiene a mí.

Que sé cómo se siente y estoy ahí para apoyarle, siempre.

Y lo sabe.

A día de hoy cuando los niños se abalanzan sobre él gritando y moviendo mucho los bracitos, le suelto.

Así puede contar con toda la movilidad que necesita.

Y a partir de ahí, observo qué ocurre.

A veces les esquiva como quien esquiva una bicicleta que invade la acera.

Otras veces va hacia ellos, con las orejas replegadas y un movimiento lento de rabo alto.

Le han caído en gracia, por lo que sea, y se deja achuchar y manosear.

Otras  veces les ignora.

En esos momentos es cuando los niños, que en general están bastante bien educados, se acuerdan de que hay que seguir un protocolo de seguridad.

“¿Podemos tocar al perro?”

Y tras muchos años de ensayo y error en torno a esa pregunta, he encontrado la respuesta definitiva:

No sé. Pregúntale al perro

Algunos niños me miran raro.

Otros lo ven lo más normal del mundo.

Suele depender de lo mayores que sean.

Pero todos hacen lo que digo, le preguntan al perro.

Y el perro contesta, con su actitud, si le parece bien o no.

Hasta ahora todos los niños han respetado la respuesta de Willow.

Tanto si ha dicho que sí, como si ha dicho que no.

Así que todos contentos.

Solo tuve que intervenir una vez.

Dos niñas que le habían preguntado recibieron una respuesta afirmativa.

Así que empezaron a acariciar a Willow.

Él estaba relajado y parecía a gusto con las caricias.

Pero conforme pasaba el tiempo las niñas parecían cada vez más excitadas.

Bueno, Willow está suelto, puede marcharse.

Pues no, no puede.

Porque resulta que una de las niñas le dijo a la otra que iba a enseñarle ese perro tan precioso a su amiga Martita.

Y cogió a Willow de la parte alta del arnés y se lo llevó a rastras.

Literal.

Willow entonces me miró a mí con una cara mezcla entre susto y desconcierto.

(Mientras se dejaba arrastrar)

“¡Eh!. Suelta al perro ahora mismo. NO es un bolso”.

No di más explicaciones ni me molesté en ser amable.

Y debí de transmitir muy mal rollo, porque le soltaron al instante y se marcharon sin siquiera mirar atrás.

Bueno.

Situación controlada.

Una manera muy eficaz de que un perro no necesite ladrar, gruñir o incluso morder es ponerse siempre de su lado.

Y en cuanto nos pida ayuda, dársela.

Sin importar qué piensen los demás.

(Bueno, igual se puede hacer esto sin ser una borde, pero es que me cuesta lo mío)

Cuando un perro sabe que si una situación le viene grande le vas a echar una mano, prefiere pedirte ayuda que tener que enfrentarse él solo.

Y por lo tanto los ladridos, los gruñidos y los mordiscos se los ahorra.

Que a él también le suponen un problema muy grande y preferiría no tener que hacerlo.

Lo mismo te gustaría plantearte la relación con tu perro en estos términos.

Pues eso enseño en mi servicio de asesoría, entre otras muchas cosas.

Lógicamente para los que están convencidos de que los perros tienen que aguantarlo todo o que deben acostumbrarse no vale.

Irene
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