O tal vez no

 

Deberías haber impedido que tu perro ladrara a ese niño.

Deberías haberle dado un tirón cuando tomó las galletas que había en el suelo.

Deberías chistar cuando tu perro se lanza a por otros perros.

Deberías ponerle un collar estrangulador para que deje de dirigir el paseo y de arrastrarte por todas las calles de la ciudad.

Debería aprender a comportarse cuando vas a tomar un café a una terraza con tus amigos.

Y tú deberías enseñarle a ello.

Deberías corregirle de manera enérgica y firme cuando se ha metido entre los pies de ese corredor.

Deberías, definitivamente, darle un toque cada vez que gruñe al perro del vecino.

Deberías llevarle más horas al parque de perros para que juegue y socialice.

O se convertirá en un perro hostil y agresivo con otros perros.

Debería aprender a permanecer tranquilo y quieto, bien sentadito, en la puerta de los comercios mientras tú haces compras.

Si lo hace mal, es porque tu deberías saber enseñárselo y no te has tomado el tiempo para ello.

Deberías tener un perro capaz de estar calmado y parado en todos sitios, sin excepción.

Deberías tener un perro bien educado.

Y no lo tienes.

Eso es lo que te grita silenciosamente la sociedad cada vez que ponéis un pie en la calle.

 

 

 

 

 

Respira.

Respira hondo.

Y olvida los “deberías”

Puede que esto te afecte tanto que necesites cumplir con todos esos deberías.

Entonces tendrás que pedir ayuda a un “entrenador de perros”, de esos que te prometen justo esto.

O igual estás ya muy harta de tanta tontería, y quieres demasiado a tu perro para abusar de él hasta que se comporte “como debería”.

Y prefieres conocerle mejor, comprender su naturaleza (y la de todos los perros), sus conductas, necesidades y motivaciones.

Soltar los “deberías”

Y aprender cuál es el mejor modo de hacerle sentir seguro, respetado y querido en su familia.

Para evitar meterle en situaciones donde nunca podrá comportarse “como debería”.

Porque no son realistas.

A menos que rompamos al perro.

Pero si tenemos un perro para romperlo en lugar de para aceptarlo como el perro que es.

¿Para qué tenemos, en verdad, un perro?

¿Para qué queremos convivir con él?

¿Para convertirlo en un bolso?

Irene
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