Te cuento mi paseo de ayer.

Me fui con mis perros (son tres, por si no lo he mencionado) a una pista que va junto a un río.

Es un sitio tranquilo, agradable, y sobre todo, seguro.

Así pueden ir sueltos y hacer cosas de perros.

Que es lo que deberían hacer todos los perros del mundo.

Yo voy acompañándoles y pensando en mis cosas de persona.

Así que eso hacen, van oliendo de un lado para otro.

Se meten en un prado a olfatear madrigueras.

Echan un par de carreras entre ellos.

Miran al horizonte y ventean.

Caminan haciendo eses.

Se bañan en el río.

Se encuentran con un labrador.

Saludan al labrador.

El labrador les saluda.

El dueño del labrador espera pacientemente a que su perro salude, mientras yo espero pacientemente a que mis perros saluden.

Así da gusto”, me dice el hombre.

Eso pienso yo”, le contesto.

Seguimos nuestro camino.

Otra carrera.

Otro baño.

Cavar un hoyo.

Revolcarse en “algo”.

Comer un poco de hierba.

Más eses por el camino.

Y volvemos a la furgoneta.

Se suben y para casa.

Ese  es el paseo que quería contarte.

“¿Ya está? ¿Dónde está la anécdota chistosa? ¿O el suceso espeluznante?  No ha pasado nada interesante en ese paseo”

En realidad han pasado muchas cosas.

Muchas.

Lo que no ha ocurrido es que mis perros pasearan subidos en una montaña rusa emocional.

Y yo tampoco iba subida en una montaña rusa emocional.

Así son mis paseos habituales.

“Aburridos”.

Esa es una de mis responsabilidades como amiga de mis perros: proporcionar paseos sin sobresaltos emocionales, y no proyectar mis propios sobresaltos emocionales sobre mis perros.

El resultado son paseos donde “no ocurre nada”.

Si te gustaría bajarte de la montaña rusa emocional y dar paseos “aburridos”, mi servicio puede serte útil.

Para las que prefieren pasarse los próximos 10 años en un parque de atracciones no es, la verdad.

Irene
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