Pero seguro que él nunca lo olvidó

 

¿Sabes?

Resulta que el mismo hecho puede cambiar mucho según la perspectiva de quien lo mira.

Y es que acabo de leer una anécdota de uno de mis perros en uno de mis libros, y me he dado cuenta de que la había olvidado por completo.

Todos deberíamos escribir más nuestras batallitas, o el negro agujero del olvido terminará por hacerlas desaparecer.

Y encima para visualizar la situación, hay que tener ya unos años.

En concreto los años en los que los teléfonos no podían salir de casa.

Allá por el Pleistoceno, más o menos.

Entonces, si tenías que recibir una llamada en la calle, bueno, pues no podías.

Y si tenías que hacerla, La Compañía Telefónica (solo había una) tenía la obligación de poner teléfonos en la calle.

De pago claro.

Para protegerlos, los metía dentro de una cabina metálica con lunas de cristal.

Como un acuario gigante.

Y allí iba yo todas las semanas cuando era estudiante, a llamar a mi familia para contarles las novedades.

Pues en una ocasión estaba lloviendo en plan diluvio universal.

Y metí a mi husky, Akela, en la cabina, a mi lado.

Y mientras descolgaba el auricular, el perro chilló.

Chilló como si una rata le estuviese royendo las tripas.

Iba atado, y yo sentí a través de la correa lo que ocurría.

Una descarga eléctrica.

Me llegó la electricidad a través de una tira de tela.

Y llevando botas de montañismo con varios centímetros de suela de goma.

Imagina la peazo de descarga que tuvo que ser.

Gracias a eso pude comprender lo que pasaba, así que salí de la cabina todo lo rápido que pude.

Luego intenté calmar a Akela.

Lo cual no fue sencillo, y daba algo de miedo.

Se erizó como un puerco espín cabreado, y plantó cara a la cabina.

Empezó a gruñirle en un tono bajo y gutural, el reservado para aquellos a los que piensas degollar en los próximos minutos.

Y sacó todos los dientes que tenía.

Si la cabina se hubiese movido, me apuesto algo a que la habría atacado.

La chica que esperaba para entrar a la cabina miraba la escena con cara de desconcierto, pero en silencio.

Es que le ha dado una descarga la cabina”

“Ah. Ya. Pensé que le habías pisado o algo

Jajajajajajaja.

Si yo convivo con un perro que se convierte en un gremlin rabioso por darle un pisotón accidental, tenemos un problema de convivencia muy grave.

Bueno.

Las siguientes veces me tocó desplazarme a otro barrio para poder hablar por teléfono.

Ya que Akela se pasó meses dando un rodeo de varios cientos de metros a aquella cabina (que estaba en una plaza)

Y aun así, se negó a acercarse a menos de diez metros de los teléfonos públicos que empecé a usar desde aquello.

Unos que no tenían ni cabina ni nada, solo un poste con un teléfono tragaperras en él.

Qué interesante, el efecto de la electricidad, ¿verdad?

Gracias a eso tuve un perro que odió los teléfonos públicos el resto de su vida.

Menos mal que no le dio por generalizar a los buzones y las fuentes de agua, o algo así.

Pues este es un buen ejemplo de lo que puede significar un castigo para un perro.

Y no conociste a Akela, pero era un perro duro como el granito.

Esto mismo le toca a Dune (mi otro husky entonces), y no vuelve a pisar la calle en su vida.

Lo mismo crees que hay categorías.

Que una descarga eléctrica es algo duro.

Pero que unos cuantos gritos o un tirón de correa no es para tanto.

Para Akela no sé.

Para Dune hubiera sido parecido.

Posiblemente para tu perro también.

Así que lo de regañar y castigar no solo es que dé problemas.

Es que puede destrozar emocionalmente a un perro.

¿Estarías dispuesta a arriesgarte?

Igual no.

Pero igual no se te ocurre otro modo de gestionar la convivencia.

Ojo, no hablo de educar a tu perro.

Hablo de gestionar la convivencia.

O sea, lo que haces el 99 % del tiempo que pasas con tu perro.

Pues te puedo contar cómo.

Irene
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