Aunque lo parezca, no nos hemos vuelto locos

¿Has visto lo que está pasando a tu alrededor?

No me refiero al hecho de que estemos confinados en casa (aunque si trabajas, entonces estarás trabajando hasta el agotamiento).

Sino a las consecuencias visibles.

Estoy leyendo anécdotas y viendo vídeos que cada vez son más extraños.

Ayer vi un vídeo de un señor que salía por la puerta de un balcón y entraba por otra, salía y entraba, salía y entraba.

Dando círculos.

Subido en una  bicicleta.

En serio.

Si fuera un perro eso sería una estereotipia.

Pero era un señor.

También veo y leo de personas que atacan verbalmente a otras personas.

Que gritan e insultan desde sus balcones y ventanas.

Si fueran perros, serían etiquetados como “territoriales” o “dominantes” o “reactivos”.

Veo vídeos de autoridades agrediendo físicamente a personas que no se resisten ni les desafían de ningún modo.

Les empujan, les sujetan del cuello contra una pared, les dan golpes en la cabeza…

Si fueran perros, estarían ya estigmatizados como “agresivos”.

Hay muchos videos de gente haciendo cosas sin parar, una actividad tras otra, sin descanso.

Otros rompen objetos o los lanzan por el aire.

Si fueran perros, serían «hiperactivos» o «destructivos«.

Muchos se atiborran de comida, buscan dulce por todas partes, están ganando peso, comentan.

Si fueran perros, serían “muy ansiosos con la comida”.

Puedo seguir y seguir.

Pero creo que ya ves por dónde voy.

Estas conductas aparentemente anormales, son respuestas predecibles a estrés intenso (ya crónico) y mal gestionado.

Nos han echado encima mucho más de lo que podemos manejar.

No estamos preparados para el aislamiento social, el encierro, la soledad impuesta, la restricción de movimientos.

Tampoco estamos en absoluto preparados para el miedo, la inseguridad, la incertidumbre, el no saber qué pasará mañana  o cuánto va a durar esta situación.

Así es como viven muchos perros su día a día cotidiano.

Y así es como se sienten.

Inseguros.

Asustados.

Ansiosos.

Estresados.

No hablo de cómo pueda estar tu perro ahora mismo, que seguramente esté igual o peor que tú.

Hablo de cómo se sienten el resto de su vida.

Y seguramente no te has dado cuenta, y por eso intentas resolver las conductas, en lugar de las causas.

Nadie sugeriría atar al señor de la bici en corto para que deje de dar vueltas.

Ni encerrar a los que no paran de hacer cosas para que se estén quietos de una vez.

Tampoco proponer a los se hinchan a comer que dejen de hacerlo o que pongan la comida bajo llave para que no puedan acceder a ella.

Y castigar a los que insultan o agreden no servirá para que dejen de hacerlo.

Recuperar la normalidad, la rutina y tener algo de certidumbre sobre lo que va a ocurrir los próximos meses sí será útil.

Y así es como hay que enfocarlo con los perros.

Darles normalidad, rutinas y certidumbre sobre lo que ocurrirá después es mucho más productivo que eliminar conductas.

También asegurar que sus necesidades de relación, de estimulación física y mental, de juego, de atención social están bien cubiertas es más eficaz que cualquier sistema de modificación de comportamientos concretos.

Con lo del encierro que nos han  impuesto no puedo ayudar, me temo.

Pero con tu perro, sí.

Es

Los macarrones te dejan un pelo precioso

Hace muchos años, cuando estaba iniciándome en esto de los perros, me apuntaba a todo lo que tuviese que ver con perros.

Así aprendía mucho, un poco de cada campo.

Y entre las muchas cosas a las que me apuntaba estaban las exposiciones caninas.

Son sitios curiosos, las exposiciones caninas.

El caso es que una vez pillas la mecánica, es todo bastante sencillo.

Yo iba con mis huskies, bien arregladitos y educados para….. para…. bueno, para no hacer nada y dejarse toquetear por un desconocido

Les daban una puntuación, y a veces hasta les daban el primer premio.

Eso a mi ego le iba de maravilla.

Aunque creo que a mis perros les daba bastante igual.

Bueno, cuando ya había aprendido unas cuantas cosas, dejé de ir.

El caso es que hay gente a la que solo ves en esos sitios, y haces un poco de colegueo, colocas tu mesa al lado de la suya, sacamos unas sillas, algunas cositas de comer, y montamos un picnic y tal.

Y en una ocasión ahí estábamos, con nuestro picnic rodeado de pelo de perro, cuando uno de  los chicos que conocía se me acerca todo emocionado:

Irene, jo, acabo de hablar con R.P.”

Ese era un tipo muy popular que se dedicaba a exhibir perros de modo profesional.

Sí, hay gente que se gana la vida haciendo eso.

Otros le contratan, y esa persona entrena al perro para…. para… bueno, para no hacer nada, y le saca al ring a que luzca lo más espectacular posible.

Y luego cobran un dinero.

Pero antes de sacarle al ring, le acicalan, le peinan, le empolvan, le recortan los bigotes, esas cosas que hay que hacerle a un perro para que esté guapo.

(Yo los veo guapos al natural, pero mi opinión no cuenta).

Y claro, ves a esos perros es-pec-ta-cul-la-res, con un pelo que parece un abrigo de visón,  y miras a tu “trapo viejo” que te recuerda a un teleñeco, y te preguntas cómo lo hacen.

Porque tú quieres hacer lo mismo.

Y ahí venía el colega.

Acabo de hablar con R.P. que estaba arreglando a Rainbow in the sky for you de Pocahontas (los nombres de los perros de exposición son así de elegantes) y le he preguntado, ¿cómo haces para que tenga el pelo así de brillante y sedoso?

“Aha. ¿Y qué te ha dicho?”

Pues me ha contestado: le doy de comer macarrones. ¿¿A que es genial?? Ya sé lo que tengo qué hacer para que mi perro tenga el pelo sedoso y brillante”

“…………..JUAJUAJUAJUAJUAJUAJUAJUAJJUA”

“Vamos a ver, pardillo, ¿no te das cuenta de que se está riendo de ti? Seguro que esa pregunta se la hacen 14 veces al día, y se ha pensado la respuesta más idiota que se le ha ocurrido para ver cuántos pican y le hacen caso. Y ahora está tomando un café con otros colegas expositores, y se están partiendo de la risa. Macarrones, dice.”

“¿Tu crees? Me lo ha dicho muy serio”

“Pues más a mi favor. Piensa, hombre. Los huskies toleran fatal los hidratos de carbono. Les dan una diarrea de grifo. ¿Y qué son los macarrones? ¡Hidratos de carbono!”

Mi colega se siente muy decepcionado, pero oye, le he ahorrado un mal trago a él y a su perro.

Y sobre todo, le he ahorrado el no entender lo que ocurre y la sensación de engaño cuando se diera cuenta de que se burlaban de él.

Porque para que un husky tenga ese manto tan espectacular, hay que hacer unas cuantas cosas.

Muchas cosas, en realidad.

Y ninguna de ellas es darle macarrones.

Seguro.

Hay gente que solo  busca que le cuenten el “truco mágico” para obtener el resultado que les gusta, sin tener que pasar por el proceso de trabajárselo.

Y esos se encontrarán con que les cuentan muchas tonterías y unos cuantas historias de hadas y unicornios.

Puede que tú prefieras ayuda real para resolver los problemas con tu perro en lugar de unos inútiles consejos de parque.

Si ese es el caso, aquí la tienes:

El ventilador es un monstruo

Willow es un perro con algunos miedos.

Por si no le conoces, es el husky con el que comparto mi vida ahora.

Según los he ido detectando, le he ayudado a gestionarlos mejor.

A que desaparezcan, no.

A gestionarlos.

Los miedos a menudo están siempre ahí.

Sirven para sobrevivir.

Pero cuando toman el control, sirven para amargarte la vida.

Y eso no es plan.

El caso es que los grandes miedos los tiene bajo control.

Pero de vez en cuando aparece alguno pequeño.

Un día fue hacia un calefactor de aire.

Estaba conectado.

Es un chisme de 3000 vatios con un ventilador.

No es muy grande ni hace mucho ruido, pero le intimidaba un poco.

Lo resolvía rodeándolo cuando estaba encendido.

Apagado no le preocupaba.

Un día estaba yo comiendo, y le di un currusco de pan.

Le gusta el pan, pero como buen husky, no le sienta muy bien, así que solo puede comer un poco de vez en cuando.

Pues resulta que le lanzo el currusco, y mira tú que cae debajo del calefactor.

Que estaba encendido.

Vaya.

No lo hice a propósito.

Es que tengo bastante mala puntería.

Willow fue a por el currusco, y al verlo bajo el calefactor, frenó en seco.

Me miró.

Miró el currusco.

Me volvió a mirar.

Sus ojos lo decían todo.

Ayúdame”.

Va a ser que no.

Los grandes miedos, los que te superan, requieren de ayuda y apoyo para poder dominarlos.

Con los miedos pequeños, puedes tu solo.

En serio.

Yo te acompaño.

Pero tú solo.

Todo eso se lo transmití con ondas telepáticas.

Es lo que hay.

No soy de darle conversación a los perros, prefiero hablarles por telepatía.

Juajuajuajuajua.

No, en serio.

No le dije casi nada, pero si me concentré en esa idea.

Porque así mi cara transmite esa idea.

Solo le dije “puedes tu solo. En serio, prueba. Puedes con ello”.

En voz bajita y con cara de amor.

Eso ayuda.

Y le miré mientras sonreía y me concentraba en esa idea, “puedes hacerlo”.

Él hizo varios intentos.

Fue bastante cómico.

Se acercaba por un lado.

Por el otro.

Daba con la pata en el suelo, pero a 50 cm de distancia, como si así el currusco fuera a salir de debajo del calentador.

Se tumbaba y lo miraba fijamente.

Supongo que intentaba lo de la telepatía.

Pero tampoco funcionó.

Aulló un poco.

Me miró unas cuantas veces.

En una creo que me dijo (telepáticamente) que era una cabrona con pintas.

No estoy segura.

Tengo que mejorar esto de la telepatía.

Finalmente, tras 20 minutos de lucha interior, se acercó despacito al calefactor y “cazó“ el trozo de pan.

Pero lo mejor vino después.

¡¡¡Fieeeeestaaaa!!

Empezó a lanzarlo por los aires, a dar gemiditos de emoción, y a mover mucho el rabo y dar saltitos.

También sonreía mucho.

Igual que yo.

Lo de sonreír, todo lo demás no, que estaba con el postre.

Ahora mis ondas telepáticas decían “estoy muy pero que muy orgullosa de ti”.

No sé si las oyó.

Se comió su currusco de pan.

Y él y su aumentada autoestima se fueron a dormir.

Solo era un trozo de pan.

No se pone tan contento por un trozo de pan.

Fue por otra cosa.

Lo entiendes, no?

Estos pequeños detalles cotidianos marca la diferencia.

Yo podría haber sacado ese trozo de pan y habérselo puesto en la boca.

Lanzando un claro mensaje: eres un tonto inútil, tú no puedes hacerlo, ya lo hago yo.

Y todo esto no habría ocurrido.

Y tampoco habrían ocurrido un montón de cosas en su día a día.

No habría mejorado la gestión de sus miedos.

Ni aumentado su seguridad en sí mismo

Ni su autoconfianza.

Ni su iniciativa.

El calefactor seguiría siendo un monstruo extraño e inmóvil.

Pero un monstruo al fin y al cabo.

Y el mundo seguiría girando.

Pero al dejarle hacer, darle tiempo y estar a su lado, ocurrió la magia.

Parece poca cosa, pero no lo es.

Y eso se refleja en su personalidad y en su comportamiento cotidiano en otros ámbitos.

Así funciona la gestión de emociones.

Y así te lo puedo explicar si decides contratarme.

Aunque si lo tuyo es hacer de “apisonadora” para que tu perro no tenga que resolver nada y tampoco tenga autoestima, entonces igual no.

Solo si deseas ver crecer a tu perro.

Y quieres sentirte orgullosa de sus pequeños grandes logros.

Nos parecemos tanto….

El otro día volvía de dar un paseo con mis perros.

Estábamos en un parque muy grande que hay en la capital.

Y por el camino me crucé con una señora que llevaba un niño de unos dos años en un carrito.

Justo en ese momento empezó a llover.

No mucho, una lluvia de esas ligeras.

De esas que piensas “bah, no llueve apenas, no me mojaré

Pero luego sí que te mojas, claro.

Así que la señora paró el carrito, sacó la cubierta de plástico transparente que se coloca sobre los carritos para que los nenes no se mojen, y procedió a colocarla.

Pero el niño empezó a dar manotazos y a quejarse: no quería la burbuja de plástico.

La señora entonces empezó a pelear con la cubierta y con las manitas del niño que soltaban cada cierre que ella ponía.

Y a eso se le sumó un poco de viento, que no ayudaba, precisamente.

Yo estaba parada cerca, porque mis perros habían decidido oler algo por la zona.

 Así que no perdía detalle.

Como el nene seguía protestando y dando manotazos, y la señora no lograba colocar la cubierta, se enfadó y le gritó al niño, al tiempo que le zarandeaba de uno de los brazos.

“¡¡Para ya, estate quieto, que tengo que poner esto!! ¡¡Que pares te digo!!!”

El niño entonces paró quieto.

Y empezó a llorar.

Ya sabes, lloran a todo pulmón mientras se frotan la cara con las manos y eso.

La señora terminó de colocar el plástico.

Pero no parecía satisfecha y así se lo hizo saber al niño:

“¡NO-LLO-RES! ¡Qué dejes de llorar!  ¡Los niños no lloran!”.

Ahí me empecé a calentar un poco, la verdad.

Pero lógicamente no me entrometí, porque no era asunto mío, no tengo hijos, no sé nada de niños y nadie me ha preguntado.

Pero sentí bastante pena.

Por el niño al que nadie estaba escuchando y además estaba siendo empujado a no manifestar sus emociones y su malestar.

Por la señora, que seguramente estaba cansada, quizá le duele algo, y seguramente no conoce otro modo de manejar estas situaciones.

Probablemente está repitiendo los patrones que aprendió cuando era pequeña.

O tan solo hace lo que su entorno social le indica que hay que hacer “para ser una buena madre”.

También sentí pena porque esta escena se repite, exactamente igual, con muchos perros.

Cuando manifiestan su descontento o que se sienten molestos o que algo no les gusta, les intimida, les asusta……. Simplemente no se les escucha.

Y cuando tratan de expresar sus emociones en “voz alta”, se les reprime, porque “los perros buenos no gruñen” o “no ladran”, o “no enseñan los dientes”.

Probablemente las personas que actúan así también están cansadas y estresadas.

Seguramente no conocen otro modo de gestionar estas situaciones.

Y lo más posible es que estén repitiendo patrones que han aprendido en la tele y en los parques caninos.

Porque creo que nadie quiere estar sordo con aquellos a los que ama.

Y menos aun reprimir nada porque “no esté bien visto”.

Se puede hacer de otro modo.

De un modo en que tanto perros como personas se escuchan.

De una manera en la que las emociones no se reprimen sino que se gestionan.

De una forma en la que hay respeto mutuo y la comunicación es importante.

Esa forma no la puedes aprender del entorno social y menos aun de la tele o en los parques caninos.

Puedes aprenderla aquí:

Cómo la presión social boicotea la relación con tu perro

Una de las situaciones que vives a diario y que nadie te cuenta antes de tener perro es el efecto de la presión social.

 A menos que seas un poco extraterrestre y vivas en un lugar aislado donde nadie te mira ni te juzga, te toca compartir espacio durante más o menos tiempo todos los días con otros seres humanos.

 Y aunque no nos guste, los seres humanos traemos un mecanismo automático de “juzga a los demás” que nos hace ser cotillas y criticones.

 Y además, traemos también de serie otro mecanismo que nos hace ser muy sensibles a las críticas y juicios de los demás.

 De modo que cuando tienes perro, te da la impresión de que todo el mundo te juzga, evalúa y critica en función de cómo se comporta tu perro.

 (Por lo que me han comentado, ocurre exactamente lo mismo cuando tienes niño, qué curioso).

 Y tú haces cosas que ni te gustan ni tienes muy claro para qué sirven (o por desgracia te das cuenta de que solo valen para empeorar la relación con tu perro) solo para encajar en el molde que los demás han fabricado (o que tu cabeza dice que los demás han fabricado), para así evitar que te juzguen y te critiquen.

 De modo que regañas a tu perro, le castigas, le tironeas de la correa, le arrastras de un lado a otro, a menudo sin darte ni cuenta, para evitar el “qué dirán”.

 El resultado es que en lugar de centrarte en lo verdaderamente importante (tu perro) te centras en un montón de desconocidos (o de conocidos que ni siquiera te caen bien).

 Y actúas y reaccionas sin pensar ante cualquier conducta de tu perro que PODRÍA ofender o molestar o ser juzgada por otras personas.

 Sí.

 Es así de idiota y de cruel: ni siquiera hace falta que nadie diga nada.

 Tú supones lo que piensan y en función de eso, actúas y limitas a tu perro y le haces la vida imposible.

 No vaya a ser que te digan algo.

 Eso se llama “creencia limitante” o “barrera mental”.

 Y nos las ponemos nosotras mismas (y no solo en lo que a nuestro perro se refiere).

 Nos hacemos zancadillas a nosotras mismas para intentar agradar a todo el mundo.

 Menos a nuestro perro.

 Que curiosamente es el único importante en esta ecuación.

 Y al único al que deberíamos prestar atención.

 Porque esos desconocidos (o esos conocidos que ni siquiera te caen bien) no estarán a tu lado cuando estés triste.

 Ni cuando te sientas sola.

 Ni cuando hayas tenido un mal día y necesites un par de lametones y un cuerpo suave y calentito a tu lado.

 Tampoco estarán ahí cuando tengas una gripe monumental o cuando ocurran cosas verdaderamente importantes en tu vida.

 Y lo que es mejor, tu perro, el que siempre estará ahí, nunca juzgará nada de lo que hagas ni te criticará.

 Así que, ¿en quién debes centrarte?

 En tu perro.

 ¿Y a quién debes ignorar?

 Al resto del mundo.

 Y te voy a dar una buena razón para ello.

 No es una razón agradable, pero a menudo las verdades importantes no suelen serlo.

 El resto del mundo pasa bastante de ti.

 En serio.

 Aunque parezca que te miran mal.

 Incluso si alguno llega a “decirte algo”.

 En realidad no les importas nada.

 Ni tú ni tu perro.

 Está todo en tu cabeza.

 Es una manera (un tanto triste) de sentirnos importantes.

 Pensamos que nuestra vida y nuestra presencia les importa a los otros.

 Pero en general, a los otros solo les importa una cosa: ellos mismos.

 Puede que en algún momento dado alguien se te quede mirando con mala cara.

 Pues es posible que en realidad no te mire a ti, sino en tu dirección.

 Y que su mala cara se deba a algo que le preocupa y en lo que está pensando en ese momento.

 El resto te lo imaginas tú (eso te hace sentir importante, aunque sea a malas: ey, mira, alguien se interesa por mí, soy importante).

 Pero no.

 Y si estás pensando en ese señor o señora que sí te dijo algo desagradable una vez, puede ser que simplemente odie a los perros (y por extensión, a cualquiera que tenga perro).

 Y por lo tanto no le molestas tú, le molesta la cuarta parte de la humanidad (y justo pasaste por delante de él).

 Pero lo suyo no es nada personal contigo.

 Es un amargado y descarga contigo.

 Luego descargará con algún niño que corretee por la calle, y luego contra una bicicleta que invade la acera.

 De ti se olvidó en cuanto se cruzó con el niño.

 Es decir, incluso la persona que se tomó unos segundos para recriminarte que tu perro hace o deja de hacer algo, se olvidó de ti un minuto después.

 Así de importantes somos para los desconocidos que nos cruzamos cada día.

 Y así de importantes deberían ser para ti.

 De modo que esa barrera mental que impide que actúes con tu perro como realmente él necesita debe ser derribada ya.

 Empieza a pensar que en realidad a los demás no les interesas ni tú ni tu perro.

 Que tienen sus propios problemas, y que por otro lado ni siquiera es asunto suyo.

 Y cuando tu perro se comporte de un modo “inadecuado” (según un patrón de conducta basado en los perros Disney, que te recuerdo que no existen), céntrate en pensar y en evaluar porqué lo hace y cómo puedes ayudarle.

 Si es que su conducta es realmente un problema.

 Si simplemente está actuando como un perro pero no hay problema ninguno (más allá de que tu perro no está siendo “políticamente correcto” según los parámetros humanos), entonces déjalo estar.

 O disfruta de sus conductas de perro.

 Te pongo un ejemplo de algo que me pasó una vez en una calle céntrica.

 Iba con mis tres perros (un husky y dos galgos).

 Al llegar a un semáforo, íbamos a cruzar la calle.

 Esperando para cruzar estaba una señora con su perro, un mestizo de caniche de unos 6 kilos.

 Yo pensaba que conocíamos al perro (aunque no a la señora), así que dejé que mis perras se acercarán sin más.

 Y no me percaté de que el caniche estaba abstraído, y no nos había visto llegar.

 Y la señora tampoco, a todo esto, pero no suelo fijarme en la gente.

 Así que mis perras le olieron el trasero a la otra, mientras la caniche se daba la vuelta sobresaltada y se llevaba un susto de muerte.

 Empezó a gritar, y mis perras, asustadas también por su reacción, saltaron sobre ella.

 Dos perras de veintitantos kilos sobre una perra de seis.

 Y todo por un error mío.

 Así que en lugar de fijarme en el qué dirán, en pensar “qué van a decir todos de mí. Me están mirando” y gritar y regañar y tironear de la correa a mis perras, hice lo que me pareció mejor para los perros implicados, sin preocuparme en ningún momento de las persona que nos rodeaban.

 Solté las correas, me eché literalmente sobre la caniche, e hice una “bola” con mi cuerpo sobre ella, cubriéndola por todos los ángulos posibles.

 De ese modo me interponía entre esa perra y las mías, pero ningún perro sufría en el proceso: ni tirones ni gritos ni golpes ni arrastres.

 Pedía calma a mis perras mientras protegía del susto a la pequeña caniche.

 Tenía muy claro que no le harían daño físico, pero sí pueden causar un daño emocional importante a otros perros, y eso también hay que evitarlo.

 Y así me quedé, de espaldas a mis perras, de cuclillas en el suelo, con la caniche casi en mi regazo y esperando.

 Mientras el mundo se paraba a mi alrededor.

 Y seguramente TODOS me miraban.

 Pero a mí me daba igual.

 Porque estaba poniendo el foco en lo importante: había metido la pata hasta el fondo, mis perras no conocían de nada a esa otra perra, y todas se habían asustado mutuamente en un lugar y en un momento en que no podían moverse con libertad para resolver aquello sin mayor complicación.

 Y los tres perros implicados eran mi prioridad en ese momento.

 Todo esto que relato sucedió  en apenas unos segundos, 🙂

 Al poco de cubrir a la perrita, mis perras captaron el mensaje y se calmaron, quedándose quietas tras de mí.

 Y al levantar la cabeza, me fijé que efectivamente el mundo sí se había detenido un poco en ese momento: un amigo había visto el jaleo, y dado que estaba conduciendo, había parado su coche en el sitio, y se había bajado a echar una mano.

 Deteniendo todo el tráfico con su acción.

 Otro al que tampoco le importa nada el qué dirán, le importan los perros.

 Cuando llegó a mi lado y le vi, aparte de saludarle con total naturalidad, le di las gracias y le indiqué que ya lo tenía todo resuelto.

 Y fue cuando me percaté de que su coche estaba con el motor en marcha y la puerta abierta bloqueando la calle, 🙂

 En fin.

 Si eso no es dar la nota y que todo el mundo te mire (te juzgue y te critique), nada lo es, jajajaja.

 Pero estoy totalmente segura de que ninguno de los que estaban allí en ese momento se acuerdan de nada de todo esto.

 Salvo quizá mi amigo, 😉

 Y yo sí me acuerdo.

 No porque me avergonzara.

 Al contrario.

 Lo recuerdo porque supe resolver en unos segundos una situación muy delicada que yo misma había provocado.

 Y los perros implicados pudieron salir airosos de la situación sin que supusiera un conflicto importante para ellos.

 Pero sobre todo, me acuerdo porque me importa mucho lo que mis perros piensan de mí, y en aquel momento conseguí que pensaran bien.

 Porque les puse como prioridad.

 La dueña del caniche, a todo esto, permanecía en silencio y en segundo plano.

 Eso también fue una gran ayuda.

 Aun no sé si lo que me dijo es verdad, o simplemente estaba tan asustada que no fue capaz de reaccionar.

 Cuando le pedí disculpas y le expliqué que me había equivocado y que todos  los perros se habían asustado por el error, y de ahí todo el enredo, me dijo: “bueno, sé quién eres, y cómo en seguida actuaste, preferí dejarte hacer a ti, porque pensé que sabías lo que hacías”.

 Después de aquello nos cruzamos varias veces más.

 La caniche se hacía un poco la sueca, y mis perras simplemente la ignoraban.

 Y la señora me saludaba con una sonrisa.

 Como verás, monté un buen espectáculo en plena calle, y en ningún momento me preocupé ni actué movida por lo que los demás pudieran pensar de mí.

 Porque algo que tengo muy claro desde hace tiempo es que hay que delimitar problemas.

 Yo me hago cargo de los míos, y los demás deben ocuparse de los suyos.

 Y lo que los demás puedan pensar de mí, si es que realmente están pensando algo que dure más de 10 segundos, es problema de ellos, no mío.

 Yo no puedo dirigir los pensamientos de los demás.

 Así que no debo preocuparme por ellos.

 Solo debo centrarme en mis perros.

 Y sí, en los perros de los demás, si acabo de meterlos en un conflicto, 🙂

 ¿Cuáles son tus barreras limitantes cuando sales a la calle con tu perro?

 ¿Eres consciente de las cosas que no le dejas hacer o que le obligas a hacer a tu perro condicionada por el “qué pensarán de mí”?

 Te animo a que empieces a focalizarte en tu perro y en lo que siente y necesita, y dejes a los demás que se ocupen ellos mismos de lo que sienten y piensan.

 Porque ese es su problema, no el tuyo.

 Es un cambio que parece no tener nada que ver con perros, pero va a mejorar mucho la relación con tu amigo.

 Ni te puedes imaginar cuánto.

 Y aquí tienes una de las CLAVES para convivir con tu perro.

 Que la presión social te resbale y que te preocupes más por lo que tu perro piensa de ti que por lo que piensa en vecino del quinto.

No es fácil, es cierto.

Y no lo es porque está en nuestrao naturaleza sentirnos así.

Pero eso no quiere decir que no se pueda cambiar.

¿Y sabes lo mejor?

Cuando lo consigas, te vas a quitar un gran peso de encima.

Y tu perro te va a mirar con otros ojos.

En serio.

Si no sabes ni por dónde empezar, a lo mejor puedo orientarte.

 

 

Si nos perdemos juntos no parecemos perdidos

Como ya he contado alguna vez, he ido durante muchos  años a la Travesía de Monegros con perros de tiro.

Eso da para unas cuantas batallitas, jajajaja.

El caso es que la mecánica es sencilla: te dan un libro de ruta donde viene indicados los sitios donde hay que girar o seguir de frente, y esos puntos aparecen asociados con la distancia kilométrica recorrida.

O sea, que vas mirando el cuentakilómetros de tu chisme con ruedas (cada uno llevaba lo que quería, siempre que no usara motor) y si dice que el km 6,7 hay que girar a la derecha, pues le dices al perro guía que a la derecha.

Pues te asombrarías del enorme fallo que puede dar en distancias largas un cuentakilómetros que lleve un pequeño error de, pongamos, 5 centímetros al introducirle el diámetro de tu rueda.

(Eso es necesario para que el cacharro cuente las vueltas de rueda y haga los cálculos de la distancia que recorre esa rueda).

O simplemente que el imán detector de vueltas se mueva un poco y deje de contar un rato, y no te des cuenta.

Vamos, que es fácil perderse.

A ello ayuda el hecho de que quien diseño el sistema de caminos que recorre ese desierto está claro que estaba muy borracho.

Hay tantos caminos que parece un laberinto sin paredes.

En serio.

Hay caminos paralelos, oblicuos, diagonales, perpendiculares, y todos se cruzan entre sí.

A veces en varias ocasiones.

Una locura.

Así que un día ahí iba yo, con mis perros y mi bicicleta, medio siguiendo a otro que iba con sus perros y su bicicleta.

Y en un momento dado nos juntamos cinco equipos en lo alto de una explanada.

Hay unas cuantas en Monegros.
 
Son como unos montículos muy muy grandes con la parte superior ancha y totalmente llana.

Como un gran mirador.

Y desde arriba tienes unas vistas estupendas.

En concreto, en ese momento teníamos unas estupendas vistas a un enorme desierto lleno de caminos y ninguna idea de cuál era el que debíamos seguir.

O sea, que nos habíamos perdido todos.

«¿Alguien sabe dónde estamos? ¿O para dónde hay que ir?»

«Yo la verdad es que te seguía a ti.»

«Y yo a ti.»

«Pues yo os he visto a todos y me he dicho, para allá que voy.»

«Ya. Pues creo que me seguíais a mí y mi cuenta kilómetros hace bastante que no da una en las ramificaciones de caminos.»

Pues eso.

Totalmente perdidos.

¿Pero sabes qué?

No estábamos preocupados.

Por una cosa muy tonta: nos habíamos perdido en grupo.

Menuda chorrada, no?

Pues no.

El ser humano es así.

Está programado para sentirse a gusto en un grupo donde le acepten.

Se siente cómodo cuando pertenece a una tribu, un clan, un grupo.

Aunque todos en ese grupo estén equivocados.

Da igual.

Estamos  juntos en esto, aunque sea para mal.

Es un sentimiento poderoso, el de pertenencia.

Más que nada porque te obliga a hacer cosas que quizá  no quieres hacer.

O que no te favorecen.

Hay experimentos al respecto, en los que un porcentaje importante de personas decían lo mismo que la mayoría sabiendo de modo certero que la mayoría estaba equivocada.

¿Y por qué lo has hecho?, les preguntaban los experimentadores.

Porque quería encajar.

Tal cual.

Esto nos afecta a todos, constantemente, todos los días.

Los seres humanos estamos más cómodos haciendo el idiota que sintiéndonos solos.

Es lo que hay.

Y a la hora de convivir con un perro es un gran problema.

Porque tenderás a actuar como la mayoría te dice que debes hacerlo, incluso aunque sepas que no funciona, te disguste mucho o incluso seas consciente de que es perjudicial para la relación con tu perro.

O te des cuenta de que lo que te dicen es una idiotez.

Cuesta mucho salir de esa influencia.

Para eso hay que ganar en seguridad y en conocimiento.

Y echarle un par para ignorar a los que siguen al grupo, ya que es posible que entonces “te quedes fuera”.

Justo lo que tu naturaleza quiere impedir que ocurra.

Así que hay que elegir: estar “en la tribu” o hacer las paces con tu perro y tratarle de un modo contrario al establecido.

Ah. Siempre puedes buscar otro grupo que haya hecho las paces con su perro también.

Será más reducido, pero existe.

El asesoramiento que ofrezco ayuda con este tema.

El de buscar nuevo grupo no.

El de hacer las paces con tu perro y enfrentarse (pero sin conflicto, simplemente dejando que ocurra) a la mayoría.

 

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