Somos idiotas

O tratamos de que no se nos vea

 

Mira.

Si algo está sobradamente demostrado es que los seres humanos somos más bien borregos.

Queremos ir en grupo, sentirnos integrados y aceptados, y formar parte de “algo”.

Y hacemos muchas tonterías para conseguirlo.

Luego lo ves desde fuera y piensas “somos idiotas”.

Pero cuando estás metido en el asunto, no te percatas.

Ya verás, demostrado científicamente.

Se coloca una cámara oculta en la sala de espera de un médico, o dentista o algo así.

En esa sala hay una hilera de asientos pegados a la pared, y un mostrador con una recepcionista.

Luego 5 personas, contratadas para la ocasión, se instalan en los asientos.

Obviamente la recepcionista está en el ajo.

Llega un paciente, se sienta.

Al poco suena un timbre, y sin mediar palabra ni cambiar el gesto, los 5 voluntarios se levantan.

Están de pie unos segundos.

Y se vuelven a sentar para continuar con lo que estaban haciendo.

El paciente se les queda mirando con cada de “esto de qué va”.

Pero no dice nada.

La recepcionista, como si no estuviese allí. Ni caso.

A los pocos minutos, el timbre suena de nuevo.

Todos los voluntarios se levantan de nuevo.

El paciente no sabe qué cara poner.

Ni qué hacer.

Seguro que piensa que se está perdiendo algo.

Un rato después, el timbre vuelve a sonar.

Esta vez son seis las personas que se levantan.

Y que se sientan al unísono.

Entonces un voluntario entra en la consulta.

Llega otro paciente.

El timbre vuelve a sonar.

Se levantan 5.

El nuevo les mira, desconcertado.

Cuando el timbre repite sonido, son seis los que se levantan.

El proceso se repite hasta que los 5 voluntarios han desaparecido de la sala.

Y solo quedan en ella personas que no tienen ni idea de qué va la fiesta.

Pero que cada vez que oyen un timbre, se levantan y se vuelven a sentar.

Nadie dice nada.

Nadie cuestiona nada.

Si el experimento dura lo suficiente, aparece alguno que sí.

Oye, perdona, ¿por qué os levantáis cuando suena el timbre?”

“No sé, todo el mundo lo hacía cuando llegué” contesta uno de los pacientes, orgulloso.

De pertenecer a un grupo.

De estar integrado.

De saber algo que los demás no saben y ser especial.

(O no)

De ser un lerdo sin criterio.

Luego tenemos dos vertientes.

Los que, tras haber preguntado, siguen sentados y pasan de todo.

Hay que tener valor para comportarse así, les admiro.

Y los que se unen al grupo, no vaya a ser.

Bueno.

Yo no sé lo que haría en un contexto como ese.

A veces ni siquiera se trata de pertenecer al grupo.

Sino de no destacar, no llamar la atención sobre ti.

No sé, si las gacelas corren sin motivo aparente y tú pasas de seguirlas, igual el león se fija en ti.

Por listilla.

Evolutivamente tiene sentido.

En la sala de espera de un médico, no tiene ninguno.

Pues ahora lo aplicas al parque canino (por ejemplo).

Y piensa cuánto de lo que haces con tu perro cuando llama la atención.

Cuando destaca o no se integra en un grupo que ni ha elegido y lo mismo ni le gusta.

Va encaminado a encajar en ese parque canino.

Y cuánto realmente tiene una finalidad meramente educativa.

Lo mismo si te fijas bien, te sorprendes.

Y ahora lo importante de este cuento.

Atenta, que esto es crucial.

El grupo en el que debes integrarte, en el que debes sentirte a gusto y por el que debes esforzarte no es el del parque canino.

Repito para las de la última fila.

El grupo que importa no está en el parque canino.

El grupo que importa sois tu perro y tú.

Cuando suene el timbre, en lugar de levantarte sin más.

Deberías mirar qué hace tu perro.

Y o decides por ti misma.

O haces lo mismo que él.

Que al final es con él con quien vives.

No con los de la sala de espera del médico.

Ni con los Tontos Alfa del parque.

Si vas a hacerlo, hazlo a lo grande

Que Dunning y Krugger están por todas partes

 

Esta historia está basada en hechos reales…..

En 1982, Larry Walters decidió llevar a cabo un experimento.

La finalidad de dicho experimento es aún confusa, probablemente porque al principal implicado le debe de dar algo de vergüenza hablar del asunto.

Larry era un camionero de California con mucho tiempo libre y demasiada cerveza en la nevera.

Un fin de semana estaba en el porche de su casa, y pensó que sería buena idea hacer volar un cortacésped.

En concreto, su tractor cortacésped.

Y es que el buen hombre, que a raíz de esta aventura quedó apodado como Larry “cortacésped” Walters, siempre había soñado con ser piloto.

Y esa era una manera como cualquier otra de lograrlo, ¿no?

Así que se puso a hinchar globos con helio.

Los fue amarrando al tractor.

Y cuando consideró que eran suficientes, se pilló unas cervezas, unos sándwiches y una pistola de balines.

La pistola era para lo de aterrizar.

Bastaba con dispararle a los globos uno a uno, y así descendería elegantemente de nuevo en tierra.

¿Qué podía salir mal?

Le pidió a un buen amigo que soltara las cuerdas que sujetaban el tractor.

Confiando en que los 45 globos que había amarrado a la máquina fueran suficientes para ir elevándola lentamente hacia el cielo.

Estaba convencido de que a unas pocas decenas de metros el invento se estabilizaría, y podría dirigirlo y pilotar por fin.

Pero no fue exactamente eso lo que ocurrió.

Cuando el amigo cortó las amarras, el tractor salió disparado hacia arriba, como una bala de cañón.

Y empezó a subir, y a subir, y a subir sin ningún control.

Finalmente se estabilizó, pero lo hizo a cuatro mil novecientos metros de altura.

E invadiendo el corredor aéreo del aeropuerto de Los Ángeles.

Los pilotos llamaban alarmados a la torre de control informando de que no podían creer lo que estaban viendo.

Imagina el plan, vas pilotando un avión de pasajeros, y de pronto Larry Walters se cruza en tu visual.

Señores pasajeros, les habla el capitán de la nave, regresen a sus asientos, apaguen sus dispositivos electrónicos y abróchense los cinturones. Hay un tractor interfiriendo la trayectoria de vuelo del avión, y vamos a ver cómo diablos lo esquivamos sin que nadie salga herido. No, no me he tomado nada raro en el café, ni me está sentando mal ninguna medicación. Muchas gracias por su comprensión”.

Asombrosamente, tras pasar 14 horas volando con su chisme aerostático casero, expuesto a temperaturas gélidas, y por qué no decirlo, un tanto acojonado, sobrevivió.

No queda claro cómo se las apañó para aterrizar.

Ni si el tractor pudo resistir el aterrizaje.

Eso sí, la multa por lo de colarse en el espacio aéreo controlado no se la quitó nadie.

Creo que el señor “Cortacésped” Walters fue una víctima del efecto Dunning Kruger, pero de manual.

Creía que sabía lo que estaba haciendo, pero no.

Y no sé si te has fijado, pero desde que tienes perro, te rodean personas que padecen este mismo efecto.

De hecho, todo el mundo sabe lo que hay que hacer, menos tú.

Pues tengo una buena noticia: la mayoría está invadiendo espacios aéreos controlados con su tractor volador.

O sea, que no tienen ni idea de lo que dicen o hacen.

Pero como parecen tan seguros de sí mismos, te arrastran en sus lecciones de adiestramiento canino.

Pues nada, puedes seguir sufriendo a este tipo de personas.

Y sentir cómo te explota la cabeza con tanta información contradictoria y simplista y estándar vale-para-todo.

O puedes buscar un poco de coherencia y sentido común en otro sitio.

Este podría ser uno de esos sitios

Preferiría que me persiguiera Jason Momoa, la verdad

Soluciones mágicas para problemas reales

 

Los sempiternos anuncios de Internet que me persiguen por todos lados me dan mucho en qué pensar.

El que ahora me acosa es de una escuela de adiestramiento, que se empeña en contarme el gran secreto nunca desvelado por el cual los perros tiran de la correa.

Y lógicamente, el modo de solucionar eso rápida y eficazmente.

Sale una señora explicándolo.

Ya sabes, que si tu perro tira mucho y te arrastra por la calle.

Que si te duele la espalda de tanto soportar la tensión.

Que si se lanza y te derriba como si fueras un bolo.

Que si el muy petardo se dedica a hacer eses por la calle incomodándote y metiéndose todo el tiempo entre tus pies, haciéndote tropezar.

Esas cosas.

Luego da detalles varios para llegar a la conclusión maestra: los perros tiran por la calle por una única razón, que todo lo que ven, oyen y huelen les distrae.

Y como les distrae, se olvidan de tu existencia y de que van unidos a ti por una cuerda.

Y claro, tiran.

Ya.

Cómo no lo habremos deducido antes.

Tú eres un lastre para tu perro.

Un fardo aburrido y cargante al que hay que soportar mientras a su alrededor solo suceden cosas divertidas e interesantes.

Eres el mayordomo que le conduce de casa al parque.

El chófer que le lleva a sitios varios.

Pues vaya.

Qué bajo hemos caído, ¿no?

Una vez tienes bien clarita esta idea, la solución es realmente obvia.

Solo tienes que convertirte en el centro de atracción gravitacional de tu perro.

Que todo orbite a tu alrededor.

Que seas lo único interesante que ocurre en su vida.

O sea, que le enseñes a mirarte todo el rato.

Todo

El

Rato

Si solo te mira y adora a ti, no puede tensar la correa.

No puede lanzarse a por otros perros.

Ni perseguir bicicletas o corredores.

Mucho menos ir a por gatos.

Ni siquiera puede cruzarse delante de tus pies haciendo esas molestas eses.

Solo caminará derecho y pisando donde tú pises.

Sin prestar atención a su entorno.

Vale, ahora para los que no viven en un mundo de piruletas y unicornios que corretean por luminosos arcoíris.

Por si te han dicho algo parecido a esto, o se te ha pasado por la cabeza, que sepas que a menudo es falso.

Que la mayoría de los perros no tiran porque el mundo sea super divertido y se olviden de ti.

Algunos tal vez, pero no es la norma.

Y que tratar de que te mire a ti todo el tiempo, además de complicado de conseguir, es bastante triste, ¿no?

Es como si necesitaras que te idolatren mientras caminas por la calle.

Como si no fueras capaz de acompañar a tu perro en el descubrimiento cotidiano de su entorno.

Y en el disfrute sosegado de sus caminatas, que también son tuyas.

Como si no fuerais capaces de compartir esos momentos de un modo equilibrado, sin que nadie tenga que forzar a nadie tirando en una u otra dirección.

Con correas físicas. O correas emocionales.

Bueno, yo no voy a decirte cómo corregir lo de la correa, si es lo que te preocupa.

Para empezar porque es un problema que tiene miga y diversas respuestas.

Y para terminar, porque a menudo la tensión no está en la correa, sino en otro lado.

Y es en ese otro lado donde hay que enfocarse para mejorar y lograr cambios.

Y entonces la tensión en la correa, simplemente, desaparece.

Con esa otra tensión sí que puedo ayudarte

Cuando eliges mal a tu perro

Y ya no hay vuelta atrás

 

Pues eso.

Que al perro que vive en nuestra casa casi siempre le hemos elegido nosotros.

Y a veces pues el azar se pone de nuestro lado, y todo encaja.

Pero otras veces Murphy viene a recordarnos que qué hay de lo suyo, y todo lo que se puede torcer, se tuerce.

En muchas ocasiones el error es al elegir la raza.

Hay demasiadas expectativas, falsas ideas y engaños sociales que llevan a escoger un perfil de perro que no se adapta para nada a ti.

Pero mira, eso, cuando lo he trabajado, suele tener arreglo.

No cambiando al perro, claro.

Sino entendiendo lo que necesita y lo que le falta, y cómo es realmente la raza elegida, mas allá de su bonita estampa.

Hoy quería hablar de otro error de elección.

Uno que es muy difícil ver venir.

Porque no se puede detectar desde fuera.

No va asociado normalmente al aspecto físico del perro.

Se trata de su personalidad.

De la suma de su genética individual, sus experiencias antes de llegar a tu vida, y otros factores sobre los que no tienes ni conocimiento ni posibilidad de cambio.

Dos ejemplos que me encuentro a menudo.

Eres una persona discreta.

Algo tímida a veces.

Llamar la atención te genera una gran ansiedad.

En tus relaciones sociales cotidianas dedicas gran energía a no molestar a nadie.

A pasar desapercibida.

A que nadie se fije en ti.

Y tu mejor amigo, que pesa 35 kilos, ladra durante todo el paseo a cualquier cosa con la que se cruza.

Y si no se cruza con nadie, pues da igual, le ladra a las hojas de los árboles.

Y se le oye desde Suiza, por lo menos.

Así que todo dios te mira.

Y te ven venir varios minutos antes de que pases por los sitios.

Por descontado, murmuran sobre ti en cuanto pasas.

Menos algunos, que te dicen las cosas a la cara, muy amables ellos.

Como si fuera asunto suyo.

Qué mal.

Y luego está el extremo contrario.

Eres una tía extrovertida.

Te encanta relacionarte con la gente.

Con toda la gente.

En cuanto alguien te pregunta la hora, ya tienes una buena excusa para entablar una conversación.

Te sabes la vida de medio vecindario, y te interesas por sus amistades, su familia, su salud y su trabajo.

Todo el mundo te saluda por la calle, y tú les devuelves el saludo con una gran sonrisa.

El tiempo vuela cuando encuentras a alguien que te da conversación.

Para ti es importante establecer una red de contactos amplia y variada.

Te hace sentir viva.

Pero resulta que tu perro no comparte tu afición.

No le gusta salir de paseo.

No soporta estar parado más de un minuto en ninguna parte.

En el parque canino solo se dedica a hacer ruido y meterse en líos.

Lo que genera rechazo por parte de los demás cuidadores.

Por la calle más de una vez le has tenido que llevar a rastras.

Literalmente.

Porque lo de caminar no va con él.

Y tú te desesperas porque lo que querías precisamente de un perro es poder compartir tus salidas sociales.

Bien.

No sé si alguna de esas dos situaciones te refleja a ti.

O a tu perro.

Pero es una situación muy complicada de resolver.

Porque son perros cuyas personalidades (y necesidades asociadas) son totalmente antagónicas de las de sus cuidadores.

El perro no puede cambiar de personalidad.

Y la persona, pues tampoco.

Una solución es buscarle una nueva familia al perro.

Donde encaje mejor.

Pero no es una idea muy seductora, claro.

Otra es obligar al perro a que ceda y se amolde.

Pero suele ser mala idea.

O le rompemos, o lograremos un efecto rebote que empeorará las conductas que tratamos de bloquear.

Mala cosa.

Y otra solución es ceder nosotros.

Hasta cierto punto, claro.

No hablo de que cambies de personalidad por tu perro.

(Seguramente no puedas, aunque quieras)

Sino de que adaptes ciertas costumbres y manejos a lo que tu perro necesita.

Y busques un punto de encuentro donde los dos estéis cómodos.

Y después, cada cual con su personalidad, sin mayores conflictos.

Si te interesa esta última opción, es la que puedo ofrecerte.

Las otras dos, pues no, claro.

Un señor en bicicleta me dice qué hacer con mi perro

Y lo mismo no está dando ni una

 

Ay, cómo cuesta eso de no juzgar a los demás ni andar dando consejos a quien no los pidió y a quien ni siquiera conoces.

Yo casi lo he conseguido, pero me cuesta un huevo.

Y no siempre soy capaz.

Pero no está mal que te lo recuerden de vez en cuando.

Como esta mañana.

Paseo por zona boscosa, pistas de grava, sol y nubes.

Sitio tranquilo y bonito.

Vamos ya de recogida hacia la furgoneta.

Oigo unas bicicletas detrás de mí, así que reviso dónde están los perros.

Me acerco a la cuneta, con lo cual ellos también.

Y sigo caminando.

Van detrás de mí, lentos, con el rabo bajo, jadeando.

Ya están cansados, y el sol no ayuda precisamente.

Nos alcanzan tres bicicletas, montadas por un señor y dos niños.

El señor me habla.

Ese husky necesita adelgazar, que mira cómo va el pobre, no puede ni andar”.

Oh.

Casi nos alcanza, y sigue hablando.

Hay que darle menos pienso, mujer

Oh.

Que yo de perros sé algo”

Se me dibuja una sonrisa en la cara.

Porque estoy esforzándome por no abrir la boca, y por ahora lo estoy logrando.

Igual el calor tiene algo que ver.

O igual las dos horas largas de paseo que llevo en las piernas.

Igual todo esto también afecta a mis perros.

Igual.

Me sobrepasan las bicicletas.

Mira los galgos, como no les pasa lo mismo”.

Oh.

Ahora se vuelve hacia los niños.

Es que la gente se empeña en darles comida a los perros, y como se ponen contentos y les quieren ver así, pues se pasan

Oh oh.

Estoy derretida con tanta sapiencia junta.

O quizá sea el sol, no lo sé.

Pero logro mi objetivo y no abro la boca.

Aunque ganas tenía.

De decirle que dónde ve la diferencia entre lo que hace el husky y lo que hacen los galgos.

Todos caminan lentamente detrás de mí con la lengua fuera.

Que cómo sabe lo que les doy de comer.

Porque pienso/balanceado precisamente no es.

Y cómo sabe cuánto les doy de comer.

Porque el husky come justo lo mismo que Brianna y menos que Jimena.

Que pesan casi la mitad que él.

Así que cebarlo, lo que se dice cebarlo, pues igual no.

Que por qué iba a cebar a uno y a dejar a las otras dos escasas.

Eso sería raro, ¿no?

Y que lo mismo también es raro que yo esté flaca, los galgos estén flacos, y el husky esté gordo.

Igual hay alguna razón que no está relacionada con la comida.

O no solamente con la comida.

También se podría zanjar con un “y a usted que más le da, ni que el perro fuera suyo”

Pero mira, me he callado y me siento orgullosa de mí misma.

Aunque sea una chorrada.

En fin.

A veces yo también me paso de listilla y voy por ahí criticando y juzgando a los demás.

Así que asumo que me merezco esos comentarios.

Pero te prometo que me estoy esforzando por mejorar esto.

Algún día lo conseguiré.

Entre tanto, no sé si me paso de listilla pensando que lo mismo necesitas ayuda para convivir con tu perro y limar unas cuantas asperezas que ahora mismo te traen de cabeza.

Igual no te hace falta.

O igual no te convence lo que ofrezco.

Yo qué sé.

Pero en realidad eso da igual.

Eres tú quien tiene que tomar la decisión.

No un señor en bicicleta que no sabe de lo que habla, aunque crea que sí.

Ni yo.

Solo tú.

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