Las primeras noches

¿Cómo conseguir que tu cachorro no llore las primeras noches?

No hay nada tan emocionante como los primeros días con tu nuevo cachorrito. Tan lindo y simpático, y con tanta curiosidad por todo…. Esas primeras horas juntos se las pasa explorando cada centímetro y jugando con todos, es fantástico.

Pero tras un día largo, se puede avecinar una noche eterna.

La queja “no sé qué hacer para que se duerma por la noche y deje de llorar” es muy habitual.

Es una fase, y en pocos días seguramente cese, pero no es agradable para nadie (especialmente para los vecinos que NO tienen perro). Y no es un buen precedente en vuestra relación el que tu cachorro llore desconsoladamente y no hagas nada para solucionarlo.

Él espera que te ocupes de atenderle, de día y de noche.

Así que aquí va un truco que suele funcionar, pero antes unos comentarios que también juegan a tu favor.

Elige bien el momento

Si puedes evitarlo, no adoptes cachorros demasiado jóvenes.

Un perrito de cuatro semanas llorará seguro porque debería estar con su madre, y la ha “perdido”. Es difícil convencerle de que no hay peligro y que no merece la pena llorar. Y puede ser una experiencia realmente traumática para él, que quizá le marque para el resto de su vida.

Llevar a  un cachorro con al menos ocho semanas de edad sería lo ideal.

Si tienes contacto con el dueño de la madre, pedirle que coloque un trapo o toalla vieja junto a la zona de descanso de la perra para que retenga su olor, y llevártela junto con tu cachorro puede ser una ayuda la primera noche. Así la transición no será tan violenta.

También tienes que asegurarte antes de ir a dormir de que sus necesidades más básicas están cubiertas: comida, agua y necesidades fisiológicas.

Seguramente durante la noche también tenga que cubrirlas, así que procura que pueda hacerlo (la comida no es necesario a menos que sea realmente muy pequeño).

¿Y cómo puedo ayudarle las primeras noches?

Y ahora el truco en sí mismo: no intentes que duerma solo.

A menudo se decide el lugar donde dormirá el pequeño, y se cree que debe ir a ese lugar desde el día uno “para que se acostumbre”.

La opción suele ser una habitación fácil de limpiar y con pocas opciones de destrozos, como la cocina.

Pero no se puede dejar a un perro tan pequeño solo durante ocho horas justo después de haberse separado de su madre y hermanos.

Así que las primeras noches, mientras se adapta a sus nuevos horarios, su nueva casa, y forma un vínculo contigo, prueba a meterlo en tu dormitorio.

Si has elegido una caja cerrada para que duerma en ella, puedes probar a colocarla algo elevada junto a la cama.

Así, si lloriquea un poco, puedes darle unas caricias tranquilizadoras para que se calme.

Si va a dormir en una camita propia, ponla junto a tu cama, lo más cerca posible de tus manos, por la misma razón.

Seguramente en algún momento llore un poco, pero se calmará al saber que no está solo y que le apoyas.

Más adelante, cuando gane en confianza, conozca a fondo su entorno, y empiece la fase de “emancipación”, él mismo preferirá un lugar algo más apartado para dormir, y se alejará voluntariamente.

Pero al principio necesita tener muy claro que cuenta contigo.

Así confiará más en ti, y seguro que los vecinos lo agradecerán.

 

La teoría del Tonto Alfa

Tú también has picado, verdad?

Te han contado ese rollo sobre el macho dominante de la manada que manipula a los demás a base de fuerza bruta y chulería, y te lo has creído.

Te han contado, con la expresión muy seria, que así es como funcionan las manadas de lobos en la naturaleza y que es así como debes tratar a tu perro, porque es lo que necesita, lo que está esperando de ti.

Porque de lo contrario, él será el lobo alfa.

Sin términos medios, o manda él o mandas tú.

Sin embargo, tú miras a tu querido amigo tumbado en su camita, tan tranquilo, que en casa ni se le siente, que te saluda todos los días como si hiciera meses que no te ve, que te hace reír con sus payasadas y ocurrencias, y que bueno, a veces en la calle tiene algún problema que te trae un poco de cabeza, pero no parece que esté intentando dominar nada.

O tal vez es que a ti eso de dominar (abusar) no te sale. Lo has intentado, pero como que no va contigo.

Pero por eso tu perro te da los problemas que te da, te han dicho.

No importa si tira de la correa como si no hubiese un mañana, si ladra a los niños o al timbre, si rompe mobiliario cuando se queda solo o se pone muy tenso cuando ve a otros perros acercarse: la cuestión es que es dominante, y sobre todo, la cuestión es que es dominante PORQUE TÚ SE LO PERMITES.

(Suspiro).

Pero lo mejor viene después.

Una vez queda claro que tienes que dominar a tu perro, los modos de lograrlo son de lo más variopinto, y a menudo no parecen ser nada naturales (un collar eléctrico o estrangulador no parece algo que un lobo vaya a usar con otro, no?).

Tampoco te suena haber visto en los documentales de la tele a ningún lobo chistando a otro. Gruñendo tal vez, pero mira, nadie te ha dicho nada sobre que empieces a gruñirle a tu perro (espero).

Algo no cuadra, verdad?

De hecho, no lo notas a nivel consciente, pero te da la impresión de que hay muchas cosas que no cuadran en absoluto.

Pero los que te lo dicen en el parque, en los paseos e incluso desde la tele parece que saben lo que dicen.

Buenas noticias: tú tienes razón.

Y el problema es que ellos son Tontos Alfa, y van por ahí abusando de todo el que se pone a tiro, y no solo de su propio perro.

Porque no te despistes, lo que realmente hacen es abusar física y emocionalmente de su perro hasta convertirlo en un animal resignado y carente de iniciativas, sin autoestima ni valor para hacer nada.

Le amedrentan de tal modo que el miedo en su vida es muy intenso, tanto que no se atreve ni a respirar sin permiso. Lo han convertido en un perro-marioneta.

Y lo peor es que quieren que tú hagas lo mismo.

Pues tenlo claro: no solo no es necesario, sino que es totalmente contraproducente, y no tiene nada de natural, y sí mucho de mentira.

Te cuento. Muy brevemente.

Hay un señor llamado Dave Mech, que lleva toda su vida (y es mayorcito) estudiando a los lobos y su estructura de manada.

Cuando empezó, por distintas razones, solo tenía acceso a lobos en cautividad: ejemplares traídos de aquí y de allá que tenían que compartir un reducido espacio, rodeados de rejas y paredes.

Muy natural todo.

En este contexto, el señor Mech observó que los lobos se organizaban por las malas, siendo el más fuerte y abusón el que tenía más privilegios, y el más apocopado el que cobraba todos los días, con motivo o sin él.

A partir de ahí elaboró la teoría del Lobo Alfa o de la dominancia.

Unos años después, cuando todo el planeta conocía su teoría y la aplaudía enconadamente, Mech pudo por fin estudiar lobos en libertad, en su contexto (esta vez sí) natural.

Y lo que pudo ver le dejó estupefacto: no había peleas ni apenas roces, nadie abusaba de nadie, y no se seguía al más fuerte sino a la pareja reproductora (padre y madre). Nadie obligaba a los demás a someterse, y la mayor parte del tiempo las relaciones eran de tipo amistoso.

Y es que las manadas silvestres tenían una organización familiar.  Y en una familia puede haber roces  y discusiones de vez en cuando, pero en general reina el cariño y el deseo del bienestar de todos.

Eso ya se ve más natural.

El señor Mech lleva desde entonces tratando de deshacer su error, “borrando” la teoría de la dominancia y explicando por todo el mundo cómo se relacionan en realidad los lobos.

Pero mucha gente se niega a escuchar y se agarra a una teoría de los años 50.

Porque lo del rollo familiar no mola.

Lo de abusar de alguien que confía en ti, que no puede evitarte y que no va a defenderse mola mucho más.

Por eso son Tontos Alfa. Prefieren negar una realidad y retratarse tal cual son que reconocer que no sabrían entablar una relación con otro ser mediante la amabilidad, la comprensión, la confianza y el interés sincero en el otro.

Eso cuesta mucho y no les permite apuntalar su frágil ego.

Aceptar eso les convertiría en pavos reales sin plumas en su cola.

Por otro lado dejan de lado algunos “pequeños” detalles que echarían por tierra esa teoría, por la misma razón: enfrentarse a la realidad es complicado. Fabricarte tu propia realidad es más sencillo.

La teoría es para lobos. Lobos. No perros, ni gallinas, ni gatos, ni caballos. Ni mucho menos personas. Solo lobos.

Tu perro tiene muchas cosas en común con un lobo, igual que tú las tienes con un chimpancé. Pero no son lobos, y nosotras no somos chimpancés.

Una manada está formada por individuos que pueden elegir marcharse si la situación no les gusta. En la observación inicial de Mech, no eran una manada, eran lobos de diferentes orígenes reunidos a la fuerza.

Igual que en una cárcel. Nadie creería que la dinámica de grupo de una cárcel mexicana (por ejemplo) es un buen ejemplo de un grupo social humano, verdad?

Curiosamente aquí si hay un paralelismo contigo (y con el Tonto Alfa): tu perro y tú no formáis una manada,  pues él no puede marcharse si lo desea.

Pero sí puedes ser su amiga, y él quiere ser tu amigo. Quiere una relación de cooperación y compañía, no una relación carcelaria.

Seguro que tú también.

Como dije más arriba, los manejos recomendados para someter a tu perro tienen poco de naturales: collares de pinchos, ahogadores, eléctricos….. correas cortas, pataditas, llamadas de atención constante…..

Todos estos sistemas no son naturales, y tienen un claro punto en común: una obsesión enfermiza por controlar al otro.

Si rechazas todas esas herramientas y sistemas por ser claramente dolorosos y generadores de miedo y abuso, pierdes el control sobre tu perro.

Y eso un Tonto Alfa no puede soportarlo.

¿Puedes tú?

¿Te has planteado que tal vez tu perro no necesita que le controles a cada paso y le protejas de todo daño (imaginario o real)?

¿Qué quizá sería más pragmático preguntarte cómo se siente y qué necesita, y ayudarle en todo lo que puedas en esos dos aspectos?

¿Que en el fondo es justo en eso en lo que se basa una relación de amistad?

Esta vez sí, con un perro, con un caballo, con un gato, o con una persona.

Así que déjalo, no te esfuerces en ser una Tonta Alfa por mucho que te bombardeen con ese mensaje desde todos los ángulos.

No tiene sentido ninguno, no tiene nada de natural (ni para tu perro ni para ti) y no es el modo en que quieres pasar los próximos 15 años de tu vida con tu perro.

Cuesta dejar de escuchar ese mensaje, pero sabes que no es el camino.

En lugar de eso, concéntrate en aprender cómo puedes ayudar y apoyar a tu perro cuando te necesite, en cubrir sus necesidades (averigua primero cuáles son, igual te sorprendes) y en estar a su lado, en lo bueno y en lo malo.

Olvídate de controlarlo todo, y deja a tu perro ser perro. Y tú, esfuérzate por ser tú misma.

Y verás como vuestra relación cambia. Por supuesto, a mejor.

 

¿Adiestrador o domador?

Esta mañana te ha pasado algo extraño en el paseo.

Ibas con tu perro y un chico se ha abalanzado sobre ti muy decidido, explicándote que tienes un serio problema, que tu perro es muy dominante y terminará por darte muchos quebraderos de cabeza si no actúas a tiempo

Y cuando has querido darte cuenta, te ha quitado la correa de las manos, le ha hecho un lazo corredero y se lo ha puesto a tu amigo en el cuello.

A continuación ha realizado una demostración rápida de cómo debes manejar la correa para que tu perro no te domine y para que pasee como debe: a paso firme, a tu altura, sin quedarse atrás ni adelantarte (sobre todo nada de adelantar), sin mirar en ninguna dirección que no sea al frente y sin pararse a olisquear ni a chorradas por el estilo.

Luego te ha dado una tarjeta para que le llames y contrates sus servicios, dado que está claro que necesitas ayuda para manejar a tu díscolo animal.

Y te has quedado preocupada

¿Tendrá razón?

Tú no lo tienes nada claro, pero parece que el chico sabe. Desde luego cuando ha dado vueltas y más vueltas con la correa, tu perro le ha seguido muy mansamente. Y contigo no se porta así de bien.

Es posible que tengas problemas en la relación con tu perro.

Tal vez la convivencia sea mejorable en muchos aspectos.

Quizá incluso hay algunas situaciones que realmente te preocupan desde hace tiempo, porque ves que van a peor y te generan mucha ansiedad en el día a día

Y tú ves a otros que pasean con sus perros y parecen todos muy relajados y tranquilos, y te gustaría que fuese así para ti.

Pero déjame decirte una cosa: sea lo que sea lo que te preocupa o lo que haga tu perro, no necesitais un domador.

Y es que eso es lo que son esos señores: domadores de perros.

Eligen a sus víctimas en los parque, sobre todo. En cuanto un perro muestra alguna salida de tono y si creen que quien lo lleva se va a dejar apabullar, se lanzan a la caza.

Te venden la moto y se van tan contentos, confiando en que tu perro te importe lo suficiente como para que les llames, y que su retórica haya calado de tal manera que creas que les necesitas a ellos.

Estos señores, que  parece que tras ver 5 temporadas seguidas de “El encantador de perros” han tenido una epifanía (“eso puedo hacerlo yo también”) no deberían tocar a un perro ni en una foto.

Porque básicamente eso es lo que venden: tu perro es una bestia rabiosa, y si no te has dado cuenta es porque aun no lo han demostrado.

E incluso puede que esos ladridos y tirones de correa que sufres a veces sean el comienzo. Y si no les pides ayuda, pronto no habrá quien pueda manejar a Pelusín.

Pero ellos llegan dispuestos a salvarte con su dialéctica impecable y su herramienta imprescindible: un lazo corredero.

Con él se solucionan todos los males del universo. Al menos durante el paseo. Y en casa, pues mira, también.

A menos que tus problemas aparezcan cuando tu amigo se queda solo. Pero algo se podrán inventar para eso, seguro.

Y es que esas personas no son adiestradores de perros.

Ni educadores tampoco.

Son domadores.

Doman a tu salvaje can para convertirlo en un ser dócil y sumiso (sobre todo sumiso, esto es importante).  Y así podreis ser felices juntos. O al menos tú serás feliz.

¿Sabes qué? Si te cruzas con uno, huye. Aléjate lo más que puedas de su radio de influencia (incluyendo de aquellos que probaron y lograron lo que querían, o sea, domar a su perro).

Lo primero que tienes que saber es que “El encantador de perros” es un reality show.

¿Y eso qué quiere decir?

Que es entretenimiento, no educación. Los que lo hacen y los que lo emiten no buscan que aprendas nada sobre perros, solo que pases el rato (y veas sus anuncios, que de eso viven).

Y el hecho de que en cada programa se maltrate sistemáticamente a tres o cuatro perros para que la gente se asombre  y divierta a partes iguales es irrelevante.

Porque el maltrato disfrazado de educación es socialmente aceptado. Pero eso no cambia lo que es realmente.

Y maltratar a tu perro, aunque se vea elegante y sencillo, aunque a él no se le oiga quejarse (“si no se queja será que no le duele, no?”) ni es lícito, ni va a resolver realmente tus problemas.  

Menos aun los de tu perro.

Porque a nada que te fijes, a nada que te esfuerces en aprender comunicacón corporal canina y retires la atención del domador para ponerla en el perro, te vas a dar cuenta de muchas cosas.

La principal, que no le están educando, están abusando de él.

Y él sí se está quejando, pero nadie le escucha ni le presta atención.

Es como el ilusionista al que nadie le pilla el truco porque está canalizando tu atención hacia otro lado.

Tu perro ya es un animal doméstico. No necesita que le domen. Necesita que le ayuden y le comprendan.

Y eso un domador no lo hará jamás.

En cambio tú sí puedes hacerlo.

 

 

No son educativos

Existen en el mundo de la educación canina una serie de herramientas, mal llamadas “educativas”, que se venden como un modo rápido, sencillo y eficaz de corregir ciertos problemas de conducta comunes a muchos perros, básicamente dándote un buen control sobre el perro.

En este artículo me voy a referir a los collares de ahogo, de pinchos y eléctricos.

Si tienes claro que el fin justifica los medios y que es lícito causar daño y miedo en tu perro para  mantenerle controlado y que se muestre ante los demás como un perro “bien educado”, entonces ahorra el tiempo que te llevaría leer este artículo y dedícalo a algo más productivo.

Si no estás segura de cómo funcionan estos collares, qué efectos pueden tener sobre tu amigo, pero te han dicho que son excelentes para conseguir que deje de tirar de la correa, de comer cosas del suelo, de ladrarle a otros perros o de saltar sobre las personas, he escrito este artículo para ti, para que tengas los conceptos muy claros y recapacites sobre el empleo de estas herramientas sin dejarte influir por los cantos de sirenas de quienes argumentan que “bien usados no hacen daño” o que “la naturaleza también castiga y por lo tanto es razonable castigar de vez en cuanto a tu perro” o que “para ciertas conductas es la única alternativa que funciona”.

Lo que se oculta realmente detrás de estos comentarios es básicamente una insana necesidad de control obsesivo sobre el entorno y/o una intencionalidad de engañarte para que les “compres la moto” sin complejos ni sentimientos de culpa.

Si bien usados no hacen daño, bueno, no son malos. Es verdad que la naturaleza castiga, a mí me castigaban de pequeña, y no he salido mala persona. Por lo tanto castigar al perro de vez en cuando tiene sentido, así es como aprenderá ciertas cosas. Y claro, si para conseguir lo que yo quiero es la única alternativa, bueno, no hay más opción.

Así que vamos a verlos en dos grupos, para dejarte las ideas bien claras y que puedas pensar y decidir por ti misma sin que te engañen.

Collares de ahorque/pinchos

Primer grupo, las herramientas meramente mecánicas (en el segundo, las eléctricas).

Un collar de ahorque, ahogo, estrangulador, cordino o similar es una cinta de eslabones de metal,  de cuero o cuerda que se coloca alrededor del cuello del perro y que pasa por una anilla situada en su extremo, de modo que al tensar la correa, la cuerda se desliza por la anilla y aprieta el contorno del cuello de tu perro.

O sea, ahoga, estrangula, ahorca.

El nombre me parece muy correcto.

Creo que con solo oír eso ya debería estar todo claro.

Te proponen ahorcar a tu perro cada vez que se porte de un modo que el humano considera inapropiado.

Y si no estás pendiente a cada segundo del paseo, se auto-ahorcará cada vez que intente alejarse un poco de tus pies, pararse a oler un árbol, colocarse para hacer caca, salude a otros perros o quiera oler cualquier cosa. O sea, un montón de veces en cada paseo, cada día, durante el resto de su vida.

Ya solo leyendo esto, ¿a que suena genial?

El collar de pinchos o de castigo es un dispositivo formado por una serie de eslabones que incluyen un par de pinchos en su estructura. Conforme se unen más eslabones, más pinchos tiene. Termina en una cadena circular que sujeta dos anillas, una a cada extremo de los eslabones de pinchos. Esa cadena es el punto de amarre de la correa.

De ese modo, cuando la correa se tensa, tu perro se pincha o se castiga.

También queda bastante claro el concepto.

Al tensarse la correa, los extremos del collar se juntan, haciendo presión en torno al cuello de tu perro, y por lo tanto clavando los pinchos sobre él.

Aquí puedes tener versiones edulcoradas (con capuchas sobre los pinchos para que “haga menos daño”, con pinchos más romos, con pinchos de goma) e incluso de camuflaje, con una funda exterior que le da apariencia de collar normal, no vaya a ser que alguien te mire mal o que te estés saltando alguna ley de protección animal (hay comunidades autónomas en España que prohíben el uso de estos dispositivos).

Pero la finalidad última es la misma: cuando se tense la correa, tu perro debe recibir una buena ración de pinchos.

Y la correa puedes tensarla tú, para corregir algo que no te gusta o evitar ciertos comportamientos. En ese caso se da un tirón seco (toma castigo) y luego se “libera”, es decir, se relaja la tensión en la correa. Se supone que así el perro se da por enterado de lo que puede y no puede hacer.

O puede que la tense tu perro, de nuevo cuando va a oler algo, saludar a otro perro o a un niño, hacer pis, intentar jugar con un colega o cualquier otra actividad normal y sana propia de un perro que quiera hacer y que quede restringida por la escasa longitud de muchas correas.

Así que la idea de funcionamiento es muuuy sencilla, se lo pones a tu perro, lo atas (con una correa corta, si no te va a costar dar tirones, en cambio a él no le va a costar nada), y en cuanto haga o tenga intención de hacer algo inapropiado, das un tirón seco de la correa.

En ese momento, tu perro recibe su castigo, y cesa en su empeño.

Se supone.

Y tras unas cuantas repeticiones, por ejemplo diez (y quien dice diez, dice diez a la hora durante los próximos cinco años, por lo menos), tu perro aprende y se comporta como un perro bien educado.

Lo que suele ocurrir en realidad es algo diferente.

Este tipo de collares actúa en dos planos diferentes. Voy a separarlos.

El plano consciente

Cuando tu perro recibe un golpe seco en la tráquea y momentáneamente se queda sin aire, su cerebro activa todas las alarmas para tratar de evitar la situación. Es una respuesta lógica de supervivencia.

Si tú entras en una habitación y al rato ésta se llena de humo y no puedes respirar, empiezas a pensar el buscar activamente una salida.

Tu perro trata de hacer lo mismo.

Tras la repentina sorpresa empieza a moverse nervioso, intentando determinar qué ha pasado. Si los tirones se repiten entonces empieza a buscar una pauta, un patrón en el entorno que le permita anticipar el problema.

Así que a pesar del momentáneo ahogo y de la sensación dolorosa (un golpe seco en la parte frontal del cuello duele, puedes probarlo en cualquier momento), trata de encontrarle la lógica.

Y aquí es donde empiezan los problemas. Lo que a nosotros nos parece obvio (le doy un tirón para que no tire de la correa) a él no se lo va a parecer tanto: recibe un tirón cuando la correa se estira, y se estira cada vez que va a saluda y jugar con otros perros. Por ejemplo.

¿Conclusión?, los demás perros son un problema serio. Así que es hora de evitarlos.

Pero no puede, porque está atado.

En tal caso, hay que ahuyentarlos, evitar que se acerquen a toda costa, por ejemplo, ladrando a todo pulmón.

Y si eso tampoco funciona y se acercan demasiado, posiblemente muerda.

Y este razonamiento  tu perro puede hacerlo extensible a casi cualquier situación: tú das un tirón cuando intenta comer algo del suelo, y justo dos veces seguidas pasaba un niño cerca. Los niños son peligrosos.

Tú buscas que no salte sobre los corredores, los corredores son peligrosos (cuidado si alguno decide pararse a saludar a tu perro porque le gustan los perros).

Tú te esfuerzas para que camine pegado a tu lado todo el tiempo dando tirones cada vez que te sobrepasa, y él….. bueno, ahí el número de patrones que puede establecer es casi infinito. Así que optará por pensar que el mundo exterior en general es peligroso, y que salir a la calle es una mala idea: no le gustará pasear, se pondrá a la defensiva constantemente, e, ironías de la vida, tirará y tirará durante todo el trayecto intentando llegar a casa cuanto antes (único lugar donde no se ahoga).

El plano visceral

Todos sabemos que contamos con una serie de mecanismos internos que automatizan muchas funciones, notamos que están activas, pero no las controlamos, simplemente ocurren: hacer la digestión, los latidos cardíacos, el ajuste de la vista, la trasmisión de sonidos al cerebro, fabricar pis, sudar, respirar….. todo eso está regulado por precisos mecanismos químicos dirigidos por una parte de nuestro cerebro que se ocupa de que todo funcione.

Cuando se da una situación de alerta máxima en el exterior (y qué es alerta máxima y qué no lo decide cada cual, no tiene porqué corresponderse con un peligro real), esa parte del cerebro activa unas cuantas sustancias químicas que ponen todo el organismo en modo “lucha o huye”, o modo supervivencia.

Se cancelan cosas más triviales como la digestión, y se activan a tope los sistemas respiratorio y circulatorio, además de afinar al máximo los sentidos para recibir estímulos que permitan evitar el peligro  del modo más eficaz.

Una de las sustancias estrella en este proceso seguro que te suena, es la adrenalina. Acelera el pulso y la respiración, manda sangre a músculos, abre las pupilas al máximo….. entre otras muchas acciones.

Cuando tu perro recibe una tanda de pinchos o se ahoga, la adrenalina se dispara.

Y todos los mecanismos asociados también.

Es decir, su cuerpo, de modo totalmente involuntario e incontrolable, entra en un estado de PELEA o HUYE.

Y tu correa suele impedir la huida.

Aunque muchos lo intentan igualmente tirando cada vez más y más, desconocedores de que esa misma tensión es la que va a aumentar su sensación de ahogo y su estado de alerta.

Ahora vamos a ponernos un poco técnicos. ¿Te suena de algo el “condicionamiento clásico”? ¿El perro de Pavlov? ¿No? Te lo explico muy brevemente:

Podemos asociar una respuesta visceral a un estímulo neutro si previamente asociamos el estímulo neutro a algo que tenga importancia para el animal (o la persona).

En el caso de Pavlov, campanita + filete  = perros babeando. Tras unas cuantas repeticiones, filete y campanita se convierten en sinónimos para la parte automática del cerebro.

Y con solo oír la campanita, babeaban. Y el filete no aparecía por ningún lado.

Esto también funciona con estímulos aversivos: perros desconocidos + dolor y falta de aire = perro cargado de adrenalina que manda PELEA o HUYE.

Tras unas cuantas repeticiones, el ahogo ya no será necesario, la simple presencia de otro perro (o un niño, o una caja de cartón, o una bicicleta, o un señor con muletas…..) será suficiente para desencadenar una sensación interna de alerta máxima, un pico de adrenalina.

Y eso predispone a tu perro a ponerse a la defensiva (o salir corriendo, si puede) frente a gran cantidad de estímulos cotidianos aun no llevando el collar o estando suelto. Y no lo puede controlar, simplemente tiene subidones de adrenalina.

Si quieres hacer una pequeña prueba, colócate un collar de ahogo en el cuello. ¿No tienes ninguno?, no importa, puedes improvisarlo con una correa: pasa el mosquetón por el asa, y ya tienes un collar de ahogo.

Te lo pones, y le pides a otro que desde atrás (para que no lo veas venir, como le ocurre a tu perro) dé un tirón seco, sin avisar, en los siguientes 30 segundos.

Tú mientras tanto ponte una mano en el pecho, donde notes latir el corazón.

Te garantizo que si da un buen tirón (rápido, apretar y soltar) vas a notar claramente cómo se te disparan las pulsaciones. Incluso aunque a nivel consciente no hayas sentido dolor, solo una molestia moderada o un cierto susto, pero “nada grave” (porque la otra persona no desea hacerte daño, claro).

Ahora suma todos esos picos de adrenalina, uno tras otro, varias veces en cada paseo. Varios paseos al día. Durante meses o años.

¿Ves el problema y las implicaciones asociadas?

Incluso si logras que un collar “educativo” detenga la conducta que consideras inapropiada, los efectos colaterales son desastrosos, afectando tanto al estado emocional como visceral de tu perro.

Y eso terminará derivando en conductas realmente problemáticas.

Así que tenlo claro: de ahorque, de pinchos, de ahogo, de castigo… sí. Educativos, no.

Para terminar, quiero resaltar algo que he visto en muchas ocasiones por la calle, y que  me pone los pelos de punta: te han dicho que es mejor que tu perro lleve una correa larga para poder moverse, así que le pones una extensible de 5 metros.

Pero necesitas controlarle cuando se encuentra con otros perros (o niños, o gente que corre o lo que sea), así que le pones un collar de pinchos o uno corredero.

Pésima idea.

La extensible necesita que el perro tire para poder extenderse.

El collar de pinchos o corredero se activan cuando la corra está tensa.

¿Ves por dónde voy?

Estás amplificando el efecto de esos collares a TODO el paseo de tu perro. Se auto-castigará cada vez que dé un solo paso. Desastre total.

Collares eléctricos

El collar eléctrico es un modo refinado de castigar a tu perro cuando no está atado (principalmente).

Dado que los collares mecánicos pierden toda su esencia si tu perro  no va atado, ¿cómo puedes mantenerle bajo control y asegurarte de que se porta correctamente cuando está suelto y no te hace caso?

Poniéndole un collar que lleva un mando a distancia.

Así podrás explicarle lo que no puede hacer aunque esté a bastante distancia de ti. Incluso puedes obligarle a venir a tu lado aunque no quiera.

El collar eléctrico, electromagnético o de impulsos  es una cajita de plástico que contiene un dispositivo que emite descargas eléctricas. De esa cajita salen dos pinchos de metal que deben apoyarse sobre el cuello de tu perro (son dos para cerrar el circuito, ya sabes, como los enchufes).

Y tú tendrás un mando a distancia con el que dirigirle. Suele contar con un grado variable de intensidades, con el fin de proporcionar la “descarga mínima eficaz”, es decir, ajustar el grado de descarga a lo que tu perro puede soportar antes de ceder.

Me explico. Si tú te lo estás pasando bomba con tus amigos, en uno de esos momentos de “desearía que esta noche durase eternamente”, y alguien te da la mano y te suelta una descarga estática, es casi seguro que seguirás con tu juerga como si nada tras un gritito y unas risas nerviosas.

Si en el local en el que estáis tus amigos y tú sale el camarero y os echa a todos, y os negáis a moveros, y te da un toque con un bastón eléctrico, se acabó la fiesta, gritas, te levantas y sales de allí a la carrera.

En el primer supuesto no interrumpes lo que estás haciendo: dosis insuficiente. En el segundo tienes miedo y quieres salir de allí, ya no importas lo bien que lo estuvieses pasando.

Si el camarero te suelta una descarga estática, seguramente le ignores por completo, aunque sea algo molesto.

Así que como hay perros más “duros” que otros, el collar tiene niveles de descarga para todos los gustos.

La mecánica es sencilla si solo deseas interrumpir conductas.  En cuanto le veas iniciarlas, le das al botón.

Si deseas aprendizaje, muchos llevan un sonido que suena justo antes de la descarga. De ese modo, si cada vez que intenta hacer algo inadecuado oye el sonido y luego la descarga, en muy poco tiempo (casi ningún perro necesita más de dos descargas) con solo escuchar el sonido, no será necesaria la descarga.

Este es uno de los argumentos de los que están a favor de su uso. Una descarga (quizá dos) y no volverá a hacerlo, sea lo que sea lo que estaba haciendo. No es tan malo.

Con solo escuchar el sonido, se detendrá de inmediato. Perro de Pavlov, ¿recuerdas?

Ahora bien, si tu perro deja de realizar conductas que antes hacía a diario, y que generalmente necesita hacerlas o está muy motivado para ello, con solo una o dos descargas, ¿te imaginas cómo de fuerte debe de ser el castigo?

Tú vas conduciendo por una carretera local. De pronto te para la Guardia Civil, y te hace una prueba de alcoholemia. Como vienes de la fiesta de antes, pues das positivo. No mucho.

Te ponen una multa, que por pronto pago se queda en 50 euros.  Bueno, qué rabia.

¿Cuánto crees que tardarás en olvidarte del asunto y tomarte un par de vinos en la siguiente fiesta? Más  bien poco.

Ahora en lugar de ponerte educadamente una multa, te bajan de tu coche, te gritan y amenazan con las pistolas, te humillan delante de otros conductores a los que han parado también, y te llevan detenida, dejándote 48 horas incomunicada en una celda a oscuras.

¿Qué tal ahora? ¿Crees que volverías a beber en una fiesta? ¿O qué volverías a ir a una fiesta, por mucho que te gusten? ¿Crees que volverías siquiera a conducir?

No te han causado ningún daño físico, pero el daño emocional producido por el trato que te han dado es tan intenso que renuncias a repetir la conducta que crees ha causado el problema. Y las que están asociadas también, por si acaso.

Esa es la idea del collar eléctrico: producir tal trauma emocional que se le quiten al perro las ganas de volver a hacer nada por su cuenta.

Además, produce dolor. Los que lo defienden argumentan que para eso se puede graduar. Y que puedes probarlo, ¿ves?, solo es un cosquilleo, como una descarga de estática.

Inofensivo.

Lo que no te cuentan es que hay ciertas diferencias entre tu perro y tú, y ciertas cuestiones subjetivas.

Las diferencias están en:

A) tu perro tiene una concentración de electrolitos en sangre mayor que la tuya. Los electrolitos son buenos conductores de la electricidad. A igualdad de condiciones de descarga, la sensación producida es más intensa en un perro que en una persona.

B) tu perro va descalzo. Cuando una persona prueba uno de estos collares, suele llevar calzado, a menudo con suela de caucho (aislante).

C) Las pruebas “sobre la marcha” suelen hacerse en la muñeca. No se pone un collar al perro en la muñeca, sino en el cuello. En el cuello hay una serie de estructuras nerviosas, respiratorias y circulatorias que no existen en la muñeca. Y está mucho más cerca del cerebro.

Así que si tienes un collar de esos a mano, haz la prueba: te descalzas, te lo colocas alrededor del cuello (los pinchos van a los lados de la tráquea, ahí es donde está todo concentrado), y te mojas las plantas de los pies (por lo de los electrolitos). Y si te atreves, aprieta el mando con el nivel 1, a ver si sigue pareciendo un cosquilleo.

Supongo que no te atreves, wink.

O simplemente no tienes uno a mano.

No importa, dejemos que otros lo hagan por nosotras. Teclea en un buscador “shock collar in persons”, y elige de la sección de vídeos el que quieras de la enorme lista que aparece.

Sí, salen personas probando el collar eléctrico, generalmente en sus propios cuellos. Algunos hasta lloran. Otros se caen literalmente al suelo de golpe. La mayoría chillan. Casi todos se lo arrancan del cuello.

Por otra parte, seamos serios. Si solo produjese un simple cosquilleo, una molestia, ¿por qué iba a funcionar?, ¿de verdad tu perro va a dejar al instante cualquier conducta que llevas meses o años intentando corregir por un simple cosquilleo, y con solo una o dos aplicaciones?

Luego nos queda el factor subjetivo.

El dolor es algo subjetivo.

Y la sensibilidad a la electricidad es muy variable entre individuos.

Lo que a ti te supone una pequeña molestia fácil de ignorar, para mí puede ser un gran aversivo. Y es que quien decide cómo de intenso es un castigo no es quien lo imparte, sino quien lo recibe.

Cuando mi coche me suelta una descarga estática al cerrar la puerta me enfado tanto que si no fuera de metal, le soltaría un puñetazo.

Mis amigos se ríen de mí, “no es para tanto, solo es un cosquilleo”.

Ya.

Parece que soy muy sensible a la electricidad, y a mí con eso me llega para sentir dolor.

“Pero no dejas de cerrar la puerta del coche, ¿a que no?”

No. Porque es una conducta bien motivada (no quiero que me lo roben), así que empiezo a hacer cosas raras, como cerrarla con el pie, o enrollándome la mano en una manga (aislamiento), o mejor, le pido a mis amigos que la cierren por mí.

Total, si solo es un cosquilleo, que les haga cosquillas a ellos.

En perros ocurre lo mismo.

Incluso poniendo el collar a una intensidad mínima, hay muchos individuos que ya consideran ese grado de estímulo como altamente perjudicial.

Y a diferencia de mí, no pueden  pedirle a sus amigos que hagan las cosas por ellos.

Finalmente tenemos el aspecto visceral.

Igual que con los collares mecánicos, la electricidad activa los mecanismos de PELEA o HUYE.

Pero las descargas de adrenalina aquí son mucho más intensas.

Por distintas razones, entre ellas que el estímulo punitivo no se centra en un punto concreto (el cuello) sino que se extiende rápidamente por todo el cuerpo: la electricidad va desde el collar hasta las patas, provocando un dolor generalizado.

La percepción inconsciente de amenaza es muy elevada.

Y los estímulos neutros que estén delante del perro cada vez que reciba una descarga se van a convertir en los detonantes de esa sensación de dolor.  Niños, perros, coches, estatuas de bronce o buzones de correos.

Lo que sea.

Y cada vez que tu perro vea algo de eso, sentirá físicamente dolor aunque no lleve un collar eléctrico (o lo lleve pero no lo uses).

No se lo deseo a nadie.

Y termino con un detalle importantísimo sobre el problema real de fondo en toda esta cuestión.

La mayoría de las conductas que te has planteado corregir en tu perro entran dentro de uno de estos dos grupos:

1 -Conducta normal: te parece antihigiénica, socialmente inaceptable, peligrosa o te da asco. Pero forma parte del patrón de conductas normales de cualquier perro.  Igual deberías repensar tus prioridades al respecto: humanizar a un perro no es darle muchos mimos, hablarle como a un bebé o dejarle dormir en tu cama. Humanizar a un perro es bloquear el desarrollo de sus conductas normales para obligarle a cumplir nuestras normas de conducta (humanas).

2 -Conductas motivadas por emociones intensas: aquí entran muchos de los comportamientos problemáticos en la convivencia. Ladridos excesivos, rechazo a otros perros, destructividad, nerviosismo….. Y a menudo estos comportamientos tienen una base clara de miedo. ¿Crees que electrocutar a un perro le servirá para tener menos miedo y así corregir esas conductas? En realidad el efecto suele ser el contrario: la conducta se agrava, o se oculta para reaparecer de un modo aun más grave (el miedo se incrementa pero sigue ahí, lo que cambia es el modo de manifestarlo).

En el caso de que tu perro presente conductas de tipo emocional, comprenderle y tratar de ayudarle a gestionar esas emociones (sin intervenir directamente sobre las manifestaciones visibles) será mucho más eficaz y productivo.

Y desde luego, no será doloroso.

“Helicópteros” y perros

Sobreprotección

¿Te suena el concepto “crianza helicóptero”?

Es un término muy popular últimamente, y hace referencia a un tipo de manejo en el que un cuidador se transforma en una sombra de su protegido,  dirigiendo constantemente su conducta, estando  pendiente de todos sus movimientos y poniendo límites excesivos que le coartan todo tipo de libertad.

“No te metas por ahí que te vas a manchar”, “cuidado con ese perro que igual te hace daño”, “no toques eso que te puede sentar mal”, “no te acerques a esa persona no vaya a ser que le molestes”.

Frases que se oyen a menudo y que en realidad no tienen significado para tu perro, pero suelen ir acompañadas de conductas de bloqueo físico (con el cuerpo, la correa, sujetando del collar) por parte del humano. Y eso sí que es importante para él por el efecto acumulativo que tiene en el día a día.

¿Eres un humano-helicóptero?

Un humano-helicóptero es aquel que está controlando constantemente a su perro, le dice cómo, cuándo y a qué debe jugar, qué y cuándo comer, a quién puede acercarse y a quién no, cómo y con qué perros relacionarse, entre otras  muchas cosas

La razón para llevar a cabo este tipo de manejo es evitar cualquier tipo de experiencia negativa, tanto a nivel físico como emocional.

Todos sabemos lo que implica el sufrimiento físico o emocional, y es lógico querer evitárselo a quienes amamos, por lo que las conductas cotidianas van dirigidas a conseguir que no sufra por nada, que no se exponga a nada que les pueda causar malestar.

Y para lograrlo se ejerce un control férreo y constante sobre la vida del protegido. 

Equivocarse es una vía de aprendizaje

Ensayar conductas, fracasar e intentarlo de nuevo, las pequeñas frustraciones cotidianas, alguna que otra tristeza o decepción….. son grandes maestros para la vida.

No son amenazas para la existencia, pero permiten valorar las cosas y luchar por conseguirlas.

Al no permitir ningún tipo de ensayo y error, no se puede aprender de los fracasos ni se incentiva la búsqueda de nuevas soluciones a los problemas, por lo que se genera una personalidad insegura y dependiente.

También es frecuente la influencia social, si ves a otros ejercer este tipo de cuidado, piensas que es el modo lógico y correcto,  y que si no lo haces es que eres dejado o irresponsable o que no te importa nada.

El sentimiento de culpa puede llevarte a pensar que no lo haces bien si no sobreproteges.

Por cierto, estoy hablando de perros, 🙂

Y es que a nivel emocional, hay muy poca diferencia entre perros y niños de corta edad en lo que a desarrollo y crecimiento se refiere.

Y por miedo o por desconocimiento, a menudo se intenta educar a un perro como se educaría a un niño, por lo que la sobreprotección es un problema frecuente también en el mundo canino.

Y el problema aparece cuando las personas se dejan arrastrar por el miedo a “lo que podría pasar” y se toman decisiones para evitar todo potencial mal, sin valorar siquiera cómo de malo es lo que “podría” pasar.

Y sus consecuencias

El animal así manejado empieza a su vez a sentir miedo de tomar sus propias decisiones por temor a equivocarse, a no saber qué hacer, o simplemente a que se le llame de nuevo la atención o se le corrija o inhiba de nuevo.

El fracaso y los desafíos sirve para aprender a desarrollar habilidades físicas, sociales y emocionales, y les enseñan  a los perros a resolver problemas y conflictos cotidianos.

Cuando un perro convive con un humano-helicóptero, su confianza y autoestima caen en picado. El mensaje que recibe alto y claro es que no es capaz de hacer nada por sí mismo y que los humanos a los que quiere no confían en él.

Otra consecuencia importante es la falta de desarrollo de habilidades sociales, hacia otros humanos y hacia los demás perros, por lo que es la persona que le acompaña quien tiene que resolver cualquier encuentro y dirigirlo todo.

Entramos así en un círculo vicioso, en el que el perro no aprende a manejarse en situaciones corrientes porque se le dirige a cada paso, y hay que dirigirle a cada paso porque él solo no sabe hacer nada (ya que se ha bloqueado el aprendizaje)

Los perros deben exponerse desde cachorros a dificultades, pequeñas frustraciones, problemas que puedan resolver (o a veces no)….. situaciones cotidianas en las que tú debes ser su apoyo y su referente, pero no dárselo todo masticado y hecho.

Los humanos sobreprotectores y ultracontroladores tienen un efecto muy negativo sobre el desarrollo emocional y conductual de sus perros.

Este exceso de protección y control termina por reducir la capacidad del perro para establecer relaciones tranquilas con otros perros, para saludar o jugar con calma con otras personas, o simplemente para comportarse con naturalidad y autocontrol en situaciones cotidianas. Se anula además capacidad de desarrollar mecanismos de resolución efectivos para enfrentar conflictos y tratar con los estresores de la vida cotidiana

La respuesta que genera en el perro este tipo de manejo es variable en función de distintos factores, algunos presentan un alto grado de frustración (que no saben manejar) por todo lo que quieren pero no pueden hacer, otros se vuelven apáticos ante su entorno y no tienen iniciativa ninguna, y los hay que se “rebelan” mostrando conductas de agresión hacia sus cuidadores.

La ecuación entonces es “humano sobreprotector = perro que no sabe manejar sus emociones”. Y esto deriva en conductas excesivas y desproporcionadas que todos conocemos, como hiperactividad, destructividad, ladridos descontrolados, ataques a otros perros, a niños, a desconocidos….. entre otros muchos problemas.

¿Y qué hacer entonces?

Así que una de las opciones para no terminar ahogando a tu perro es ser solo su guía, no su colchón ante el mundo. Permitirle que se enfrente a los problemas sin interferir ni solucionárselo todo para que pueda conseguir los objetivos por sí mismo.

Otra opción es ser un buen ejemplo, aplicando en ti misma estrategias de resolución positiva a la hora de manejar las emociones y comportamientos propios cuando estás enfadada o asustada.

¿Te sientes reflejada en este modelo de manejo? ¿crees que sobreproteges a tu perro por el miedo a lo que podría pasar? Deja tu comentario abajo.