Cómo evitar que dos perros se peleen

Hace muchos años, pero muchos, estaba en el centro de una ciudad, esperando a una amiga.

Era una plaza peatonal, y mi otra amiga y yo nos habíamos sentado en una repisa para estar cómodas.

Entre tanto por allí estaba mi perro de entonces, un husky llamado Akela.

Akela tenía una peculiaridad: era gruñón.

No es que tuviese mal carácter, es que era gruñón.

Si estaba contento, gruñía.

Si estaba enfadado, gruñía.

Si estaba jugando, gruñía.

Es como ese tipo que habla siempre gritando.

Y le dices que no hace falta que grite, y te grita que él no grita.

No se da cuenta.

Lo hace y ya.

Y hay que aguantarse.

Pues igual.

El caso es que sabíamos que por la zona vivía un dogo de Burdeos con  muy mala fama.

Por si no lo sabes, un dogo de Burdeos es un bicho de entre 60 y 70 kilos con una cabeza del tamaño de una sandía.

Y una boca a juego.

Así que ahí estábamos, sentadas las dos esperando mientras el gruñón de mi perro olfateaba por allí.

Y pasa lo que suele pasar en estos casos.

El dogo aparece por la esquina de la calle.

Camina a trote suave, con la cabezota bien alta y un aire de chulería importante.

Como si el barrio fuera suyo.

Probablemente lo era.

Yo le veo y dejo de respirar.

Gruñir constantemente no es una cualidad que ayude a hacer amigos.

Así que en mi cabeza empiezo a ver una película muy gore sobre el encuentro entre dogo mafioso y mi perro gruñón.

En la que mi perro no sale nada bien parado.

El dogo se detiene a unos 20 metros, y en ese momento Akela levanta la cabeza y le ve.

Y yo pienso  “qué hago qué hago qué hago qué hago qué hago”

Así que opto por la técnica de la zarigüeya.

Que por si no la conoces, es básicamente no hacer absolutamente nada.

Bueno, igual no la elegí.

Es que no tenía ni puñetera idea de qué hacer, y me quedé allí como congelada.

Mi perro fijó la mirada en el dogo.

El dogo hace rato que la había fijado en mi perro.

Los dos tenían la cara tensa.

Los músculos tensos.

La boca tensa.

Todo era tensión.

Como en la película del oeste de turno, donde los dos vaqueros están valorando quién será capaz de desenfundar primero.

Pero en perro.

Y de pronto Akela hizo algo que no había hecho nunca antes.

Y que jamás volvió a hacer después.

Dobló los codos.

Bajo el pecho hacia el suelo.

Levantó el culo mientras movía el rabo.

Y le dijo al dogo con una gran sonrisa: “¡Guau!”

El dogo le miró con cara de “pero qué hace este payaso

Creo que elevó las cejas y todo.

Se le quedó mirando unos segundos más, sin moverse.

Y con las mismas, se dio la vuelta y se marchó por dónde había venido.

Mi perro se dio la vuelta hacia mí con una gran sonrisa de autocomplacencia, y cara de “bueno, no ha ido mal, no?”

Y yo creo que empecé a respirar en ese momento.

Que se me había olvidado.

Mi táctica de “hacerme la muerta” funcionó.

Ahora entiendo porqué.

Pero durante muchos años, no supe que “no hacer nada” era lo que tenía que hacer.

El dogo no tenía una persona detrás para liarla.

Mi husky no tenía una persona detrás para liarla.

(Bueno, la tenía pero se había quedado petrificada).

Y ellos dos solos resolvieron la situación limpiamente.

No siempre va a ser así, claro.

Pero la mayoría de las veces, es así.

Ahora sé que las dos mejores maneras de encarar aquella situación son:

No hacer nada (salvo respirar. Eso sí hay que hacerlo).

O invitar a tu perro gruñón a marcharos en una dirección que permita alejarse del dogo sin darle la espalda.

No llamarle.

Ni atarle.

Ni gritar.

Ni echar al dogo.

Simplemente ampliar el espacio entre ambos perros, para que ninguno de los dos considere necesario pelear.

Hay ciudad para todos.

Si te gustaría aprender qué es lo que más ayuda a tu perro (y a ti) en estas situaciones y otras similares, puedes contratarme.

O puedes seguir aguantando la respiración sin entender nada

O intervenir de mala manera y llevarte una pésima experiencia.

Una de las tres opciones tiene más probabilidades de evitar peleas con dogos.

Irene
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